viernes, 25 de mayo de 2012

Lo inevitable, lo posible y lo deseable (sobre la crisis del euro)

Hace ya tiempo (los agoreros del desastre son un espécimen parásito e inherente a cualquier crisis) que se viene prediciendo la inminencia de un corralito. En las últimas semanas la insistencia se ha recrudecido y ha alcanzado a buena parte de la opinión pública, sacudida por el marasmo griego y los rumores sobre su salida del euro, la nacionalización de Bankia y un comentario de Paul Krugman en su blog.

El término corralito procede de la inmovilización de las cuentas bancarias que decretó el Gobierno argentino en 2002, al romper la caja monetaria con el dólar. Hasta entonces, y durante muchos años, se había mantenido un tipo de cambio de un dólar por un peso y ambas monedas eran inmediatamente convertibles, lo que implicaba que se podían mantener cuentas indistintamente en dólares o en pesos. Ese mecanismo, que sirvió para cortar de raíz la hiperinflación, terminó siendo, por diversas razones, muy perjudicial para la economía argentina. Ahora bien, ¿cómo romperlo sin que los argentinos se lanzaran en masa (qué cosa, el patriotismo) a convertir sus pesos en dólares y sacarlos de los bancos? ¿cómo romperlo sin causar una sacudida devastadora en todo el sistema financiero? La respuesta gubernamental fue el corralito.

Parece claro que si Grecia decide salir, o se ve impelida a salir, del euro, será necesario establecer algún mecanismo similar, puesto que es de esperar que quienes tengan cuentas intenten convertirlas en efectivo, en euros, por supuesto, antes de que una conversión monetaria incierta reduzca sus ahorros en una proporción que puede ser elevada. O que (qué cosa, el patriotismo) se dediquen a comprar deuda pública alemana u otros activos exteriores.

No tengo claro que el empeño europeo, y especialmente alemán, por situarse en el borde mismo del abismo, maniobra ya de por sí arriesgada, obedezca a un cálculo puramente político o sea una fase más de ese fundamentalismo que parece haberse instalado en muchos ámbitos europeos de decisión. Pero si tal circunstancia llega a darse (que Grecia salga finalmente del euro) será imposible frenar los flujos de salidas de capitales de España e Italia y podría obligar a medidas similares, esto es, a la inmovilización de las cuentas bancarias.

Al igual que ocurre en Grecia con su moneda, en España hay muchos nostálgicos de la peseta, que piensan que con una moneda propia los problemas estarían resueltos. Olvidan que la historia de la peseta es más bien lamentable, precisamente porque la manipulación del tipo de cambio es un velo que tiende a ocultar la necesidad de reformas estructurales, de manera que el reiterado recurso a la devaluación no impidió un deterioro constante de la competitividad de la economía. Muerta y bien enterrada está la peseta, de infausta memoria.

Incluso hay quienes abogan por la salida del euro haciendo las cuentas del Gran Capitán a partir de modelos teóricos que olvidan demasiadas cosas de la realidad que pretenden explicar. En el fondo no es más que una cuestión de costes, pero me temo que éstos, en el caso de una ruptura del euro, serían inmensos, para los países que salieran, pero también para otros que, como Alemania, parecen pensar que con ellos no va la cosa. Y no se trata sólo de costes económicos sino, fundamentalmente, sociales. Quien esté dispuesto a arrostrarlos, ya sea en nombre de un patriotismo trasnochado, de una lectura ingenua de modelos teóricos o de un explicable impulso de rebelión contra un sistema a todas luces injusto, debería dejarlo claro e, incluso, explicarlo públicamente.

Pero lo que me interesa destacar es que ese desenlace ni era inevitable cuando empezó la crisis, ni lo es ahora. Se trata de un resultado que, si no ha sido abiertamente buscado, al menos sí se deriva de las decisiones adoptadas y las políticas seguidas en los últimos años. Para empezar, todo se subsume en una supuesta crisis de deuda que no lo es en su origen. Para seguir, los culpables no son únicamente los países con problemas, porque los defectos y las grietas en el diseño de la Unión Monetaria tienen también mucho que ver. Pero el único remedio que se encuentra es la aplicación de medidas que tienen más que ver con el implacable y dogmático Calvino que con el rigor científico o la sensatez política, al margen de cualquier ortodoxia económica.

Se suele asociar el neoconservadurismo inspirador de la política que se viene aplicando en Europa con la teoría monetarista y su principal adalid, Milton Friedman. Y es injusto. Así, en unas palabras referidas a la crisis de los treinta, pero que son de máxima actualidad, decia: "De 1930 a 1933 se dejó que siguiera su curso una serie de corridas y quiebras bancarias porque la Reserva Federal no aportó liquidez al sistema bancario (...) Resulta cristalinamente claro que en todo momento, durante la recesión, la Reserva Federal estaba en condiciones de impedir la caída de la cantidad de dinero y producir un aumento de la misma. No es que la política monetaria había sido puesta a prueba y fracasó. No se intentó ponerla en práctica. O, viéndolo desde un punto de vista alternativo, se la había puesto a prueba en forma perversa. Se la había utilizado para imponer una deflación increíble a la economía norteamericana y el resto del mundo". El resultado, una depresión más prolongada de lo que hubiera sido de otro modo. La aversión alemana a la inflación y su renuencia a encarar los problemas nos sitúa en un escenario similar.

Una muestra más, pues, del carácter puramente ideológico de la política que se está aplicando en Europa. Y por cierto, si el problema fuera puramente de deuda, ¿cómo es que Japón coloca deuda a tipos inferiores a Alemania (hay un diferencial de tipos a favor de Japón), cuando está mucho más endeudado?

En suma, nada es inevitable y es de esperar que prime la sensatez sobre otras consideraciones. Pero Europa está cada vez más cerca del desastre y, hoy por hoy, se está empujando en esa dirección.

1 comentario:

  1. Puede influir que los principales tenedores de deuda publica japonesa sean japoneses según recogía le monde diplomatique.

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