domingo, 17 de junio de 2012

¿Nuevos tiempos?


En Navarra se ha abierto un tiempo —a falta de ver en qué resultará— que, cuando menos, es interesante, ya sea desde la posición del mero observador, del ciudadano involucrado o del actor político. El PSN ha necesitado un año en una inestable y estrambótica coalición con UPN (y muchos más de íntima colaboración) para percatarse que la alianza con la derecha es el equivalente político al abrazo del oso: no hay nada que ganar y mucho que perder. También el lehendakari López lo está experimentando en sus carnes.

El detonante ha sido, al parecer, la desconfianza en las cuentas del Consejero Miranda. No es algo que nos sorprenda, cuando desde el inicio mismo de la legislatura llevamos en Nafarroa Bai denunciando la falta de credibilidad de las mismas y el constante recurso a la contabilidad creativa. Denuncias que tuvieron la correspondiente, y a veces desabrida, respuesta por parte no sólo de UPN sino del PSN. Que este partido haya tardado un año, teniendo a su disposición mucha más información que la oposición, es llamativo. Pero más vale tarde que nunca. Está por ver, no obstante, que esa sea la única motivación. No se trata aquí de elucubrar sobre intenciones, pero creo que el plante tiene mucho que ver también con la perspectiva de nuevos recortes y la negativa a seguir poniéndoles cara y continuar maltratando a la sociedad bajo el maltrecho y poco creíble paraguas de la responsabilidad y la gobernabilidad. En román paladino: una espantada. El PSN ha hecho examen de conciencia, tiene al parecer dolor por sus pecados y proclama su propósito de enmienda. Habrá que ver cómo se materializa, porque razones para el escepticismo hay, y abundantes.

Lo que parece claro a estas alturas es que se necesita un cambio radical en el enfoque de los problemas a que se enfrenta la sociedad navarra. Hace mucho tiempo, ciertamente bastante más de un año, que Navarra carece de algo parecido a una política económica digna de tal nombre. Se va a remolque de las circunstancias y de las decisiones que se toman en otros ámbitos. Andamos a salto de mata, sin ningún marco de referencia. Así, hoy no ahorramos aspavientos para negarnos a lo que mañana habremos de hacer porque lo hace el Gobierno del PP en Madrid; eso sí, porque queremos y en el ejercicio de nuestra autonomía. Lo mejor de todo es que, para colmo, Miranda pretende convertir en virtud esta forma de gobernar y alardea de ello.

Desde luego, el fuerte del Consejero Miranda no es la diplomacia. Es proverbial su tendencia al exabrupto y a la incontinencia verbal —fruto quizá de la seguridad de sus convicciones (cualesquiera que estas sean)— que le pierde, al menos desde el punto de vista de la oportunidad, de la sensibilidad o, incluso, de la decencia. Como cuando soltó aquello de que Navarra tendrá la sanidad que pueda pagar, cuando reconoció sentirse mal pagado o, más recientemente, cuando afirmó sin rubor que Navarra ha vivido como nuevo rico (véase Diario de Noticias del 27 de mayo). Y dijo más: que se ha gastado más de lo debido por ser rehenes de la opinión pública y que Navarra tiene un problema de gastos, no de ingresos.

El pecado de Miranda es que administra Navarra con mentalidad de tendero, dicho sea con ánimo descriptivo, nunca despectivo. Es ésta, comparar la economía con un pequeño negocio o una familia, una idea muy apreciada por la derecha. Si en una tienda las cosas van mal, habrá que ajustar costes; si una familia ve reducidos sus ingresos, deberá reducir también sus gastos.

Este enfoque tiene dos problemas: el primero, que para saber si un negocio o una familia tienen problemas, es imperativo conocer sus cuentas y un tendero que se precie las tendrá claras y al detalle. No es ese el caso de Navarra, como digo, desde el momento en que el documento fundamental que rige las relaciones económicas de Navarra con el Estado, el Convenio, es un secreto sólo accesible a iniciados: su última actualización no ha sido publicada, lo que impide establecer desde fuera si las partidas presupuestarias afectadas por el mismo (varios cientos de millones de euros) están bien calculadas o no. A modo de ejemplo, el Estado prevé ingresar por ese concepto cien millones de euros más de los presupuestados por Miranda: ¿otro recorte en perspectiva? Por no hablar de los cálculos y previsiones que el Consejero se suele sacar de la manga, sin que nadie consiga que explique de dónde proceden, si de un programa de simulación, un ábaco o un juego de dardos. Cuando elaboró los presupuestos con una previsión de crecimiento a todas luces desmesurada, respondió con su habitual displicencia cuando se le hacía ver el disparate.

El segundo problema del “síndrome del tendero” es que olvida algo fundamental: que Navarra no es una tienda. Lo que es correcto para una tienda o una familia no lo es necesariamente para la sociedad entera, porque el todo es más que la suma de las partes. Así, si a la mayoría de las familias les va mal y reducen sus gastos (algo que individualmente es sensato), se reducirá la actividad global y habrá muchas más familias con problemas. ¿Quién puede salvar una situación así? Precisamente el sector público. Es el que está en situación de compensar las expectativas negativas y evitar la espiral depresiva. Si la Administración juega a los tenderos no hará sino multiplicar los efectos negativos y empeorar la situación del sector privado. Claro que el síndrome les ha venido después de años de jugar a “Navarra es mía” (está aún pendiente el juicio al sanzismo) y distribuir las partidas presupuestarias en función de afinidades de todo tipo. No hemos vivido como nuevos ricos, pero ellos sí que han vivido por encima de nuestras posibilidades.

Esperemos que lo acontecido en los últimos días permita, por fin, airear el enrarecido ambiente de la política navarra. Si hay razones para el escepticismo, también las hay para el optimismo. Que sea para bien.

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