Lo ocurrido desde el 27 de mayo muestra con toda claridad que el PSN no ha aprendido —diríase que no ha querido aprender— nada de su propia historia. O, quizá, sólo quiere saber hasta dónde puede llegar —hasta dónde puede caer— tensando la discrepancia entre votantes y dirigentes, a menudo más interesados en salvaguardar beneficios y prebendas que en construir una alternativa de gobierno. Los resultados del último congreso así lo corroboraron, al forzarse un cambio en la dirección para frenar la disposición favorable del anterior equipo a entenderse con otras fuerzas progresistas. El PSN de Chivite carecía —carece— de vocación de gobierno y su único fin era conseguir el número de escaños suficiente para evitar cualquier mayoría alternativa a UPN. La intervención de la dirección federal del PSOE para evitar que Chivite fuera candidato pretendía precisamente corregir esa situación y el propio discurso del candidato Puras, así como los lemas electorales, parecían indicar un cambio. Con todo, el mal ya estaba hecho, la desconfianza se extendía y pasó lo que tenía que pasar: a fuerza de querer no ser los primeros han terminado —cumpliendo el objetivo primordial, hay que reconocerlo— por ser los terceros (y esto no ha hecho más que empezar).
Pasadas las elecciones, la coyuntura política cambia drásticamente en Madrid. ETA anuncia el fin de la tregua, quizá no por casualidad en el momento en que más podía perjudicar a Nafarroa Bai. Al mismo tiempo, Rajoy y Zapatero se embarcan en un vergonzoso chalaneo
(«Cambalache: ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!», dice el tango y dice bien) a costa de Navarra en el que, para colmo, la torpeza del presidente no tiene parangón y el PP se mofa de él cambiando una y otra vez los términos de la negociación. Rajoy promete inicialmente moderación a cambio de Navarra y Zapatero accede, aunque «lo que le pide el cuerpo» es propiciar un gobierno alternativo. Navarra termina reducida para ellos a un puro proceso fisiológico, tal vez intestinal (la aportación de José Blanco está siendo inestimable). A pesar de todo, el PP no cambia un ápice —no puede, es lo único que sabe hacer— su estrategia de siempre, y se dedica a preparar el terreno para cuando se produzca ese atentado que todo el mundo está esperando. Digan lo que digan en UPN, se trata de una partida que se juega en Madrid en la que Navarra es sólo una arma arrojadiza sin nada que ver con lo que realmente se ventila y en la que los intereses de Navarra no sólo no se tienen en cuenta, sino que son conculcados flagrantemente. A tal punto llega la cosa que, por lo que se dice, el PP ha vetado iniciativas de UPN para llegar a un acuerdo con el PSN.
¿Qué ha sido de toda esa verborrea de los últimos meses? ¿Quién defiende realmente los intereses de Navarra y quién los quebranta? ¿No será el verdadero enemigo de la identidad institucional de Navarra (de que Navarra siga siendo Navarra) quien, como UPN-PP, se está ocupando de destrozar la autonomía de Navarra en unos tribunales bien domesticados? ¿O quien, como el PSOE, fía su actuación en Navarra al albur de unas elecciones generales a un año vista, desanimando y engañando a sus propios votantes? Sanz, por su parte, hace lo que puede, añadiendo a su infinito anecdotario una muestra más de la profundidad de sus convicciones democráticas: pretende ahora que se debe excluir sine díe, no ya del Gobierno, sino de cualquier cargo institucional, a la segunda fuerza política de Navarra. Es propio de demócratas intentar torcer la voluntad de los electores con maniobras pre o postelectorales o quejarse de las reglas del juego cuando ya no convienen. Habría que ver en qué pararía el partido del lehendakari en funciones si se le aplicara a rajatabla el fundamentalismo constitucional que profesa el PP (con la misma adhesión inquebrantable que en su día profesaron por principios fundamentales de movimientos inmutables).
El PSN, por su parte, aprovecha la coyuntura volviendo por sus fueros. Recuerda muchos episodios de la época de Urralburu, cuando se exhibía una voracidad desmedida por la acumulación de cargos sin ninguna justificación ideológica o política, y que parecía responder más a ambiciones individuales que a estrategias de gobierno (¿prebendas y honores compensan la indignidad política? Elena Torres tendrá, seguro, la respuesta). Lo que pasó después es de sobra conocido y sirvió para que UPN hiciera de Navarra su cortijo y Sanz mantuviera firmemente las riendas del PSN. Baste recordar la forma en que cayó el gobierno de Otano y los motivos reales de la maniobra. Quién sabe si ahora no se estará representando el mismo sainete, cada uno sabrá hasta dónde es vulnerable.
Es de sobra conocido que Puras no está donde está por sus dotes políticas o su brillantez negociadora. Está porque no generaba rechazos frontales: podía ser aceptado por Madrid sin incomodar demasiado a la dirección de Navarra. Pero su impasibilidad y cinismo al comentar idas y venidas, propuestas de negociación o la composición del gobierno, suscitan alguna alarma sobre sus dotes para la refriega política. A no ser que esté cometiendo un error que cualquier buen estratega debe evitar: minusvalorar, en la negociación o en el enfrentamiento, al socio o al adversario. Por no hablar de esa actitud que pretende ser equidistante entre la derecha y la izquierda, como si fuera el independiente perfecto, una suerte de «hombre bueno», capaz de traer el equilibrio a nuestro convulso panorama político y la paz a nuestros atribulados corazones.
Tanto devaneo, tanta vuelta y revuelta llevan a una única conclusión: salvo que en Madrid se diga otra cosa, el PSN hará lo posible porque no haya pacto de Gobierno progresista. Hasta Sanz está actuando con más coherencia. Y el PSN debería reflexionar si, como dice el lehendakari en funciones, sus programas coinciden en más de un noventa por ciento. Así las cosas, seguramente la única opción sea la repetición de las elecciones. Quizá a costa de la mayoría absoluta para UPN; pero servirían, al menos, para situar a cada uno, y especialmente el voto progresista y de izquierdas, donde corresponde.
La estomagante sensación de déjà vu que lo invade todo acrecienta la convicción de que con ANV o sin ella en el Ayuntamiento de Pamplona, el PSN nunca hubiera votado a Uxue Barkos, sino a su cabeza de lista, emulando la trampa de Balduz, que parece haberse convertido en
paradigma de lo que ese partido entiende por alta política. El resultado, simplemente que Barcina tendría hoy que dirigir su gratitud a Torrens en lugar de a ETA.
(Diario de Noticias, 20 de julio de 2007)
viernes, 20 de julio de 2007
PSN: déjà vu?
Etiquetas:
elecciones 2007,
Nafarroa Bai,
Navarra,
PSN,
UPN
viernes, 15 de junio de 2007
Cambalache: ¡Qué falta de respeto, qué atropello a la razón!
Después de tanto ruido en los últimos meses, después de proclamar unos que Navarra no se vende y otros que Navarra, siempre, les ha faltado tiempo para empezar a trapichear a costa de Navarra. El comunicado de ETA anunciando el final del alto el fuego ha contribuido decisivamente a embrollar aún más las cosas. Nada inesperado, por otra parte. Quedaba por saber el momento y ETA ha dejado clara su opción. Ha elegido la mejor coyuntura para dinamitar las negociaciones para la formación de gobiernos alternativos y, concretamente, la posibilidad de que Nafarroa Bai obtuviera la alcaldía de Pamplona. Existe un curioso maridaje entre ETA y UPN-PP, una confluencia de intereses que hace que cada uno se beneficie de las decisiones del otro. De hecho, el PP necesita a ETA y así lo ha reconocido implícitamente con su obsesión enfermiza tras el 11-M, que sólo ha comenzado a ceder cuando el juicio ha ido refutando las peregrinas hipótesis que sucesivamente se ponían sobre la mesa; pero para entonces el PP ya disponía de un nuevo juguete con el que mantener prietas las filas y arremeter contra Zapatero: Navarra.
A su vez, ETA también necesita al PP. Diríase que ha llegado a la conclusión de que Zapatero carece de capacidad de decisión a causa del estrecho marcaje al que está sometido, y que quien puede tomar decisiones efectivas es Rajoy. El corolario es obvio: hacer lo posible para que el PP vuelva al poder. Y hablando de ETA ese «hacer lo posible» pone los pelos de punta.
En medio, Zapatero. Su gran preocupación tras la ruptura del alto el fuego es suavizar la actitud del PP, para mitigar su repercusión en las próximas elecciones generales y lo que, como consecuencia, pueda ocurrir hasta entonces. Curiosamente, el cambio de estrategias da lugar a un nuevo escenario en el que todo vuelve a ser posible. Por un lado, la moderación del PP le puede facilitar la vuelta al gobierno. Por otro, ETA puede acobardarse y facilitar las cosas a Zapatero. Por último, el PSOE puede descubrir que la mano dura vende y optar por seguir esa vía...
Sea lo que sea, la primera víctima de la reunión Zapatero-Rajoy fue el Ayuntamiento de Pamplona. Podrán decir lo que quieran, el PSN podrá intentar salvar la cara —y la dignidad— apelando a que la decisión fue suya. Pero la evidencia es abrumadora, incluyendo la críptica apelación de Rajoy a Zapatero para que «cumpliera lo que habían acordado el lunes», tras su «absurda» pregunta en la sesión de control al Gobierno.
Por cierto, que la lectura del acuerdo del PSN de no apoyar candidaturas que requieran los votos de ANV puede llevar a situaciones curiosas. Por ejemplo, ¿qué pasaría en una votación de los presupuestos de Pamplona en la que NaBai, PSN y ANV estuvieran en contra? Como los votos de ANV serían decisivos para el resultado de la votación el PSN se abstendría, lo que implicaría la aprobación de los presupuestos con la mayoría relativa de UPN. Es decir, el PSN sólo se involucrará en cuestiones de poca enjundia. Entonces, ¿para qué se ha presentado a las elecciones? ¿hay votos más inútiles que los que ha recibido ese partido? En estas condiciones, enternecen las declaraciones de Torrens sobre la oposición que va a hacer. Quizá Mori sepa explicarle lo que significa estar en la oposición en un ayuntamiento, dado el carácter presidencialista de su gobierno (no digamos nada si, además, lo preside alguien del talante autoritario y despótico de Barcina).
Pese a quien pese, ETA marca la agenda política y las decisiones de PSOE y PP. Pese a quien pese, Barcina debe la alcaldía a ETA. Si está dispuesta a aceptar el cargo en una situación de excepcionalidad como la presente y satisfaciendo los deseos de una organización terrorista, debería aplicar criterios igualmente excepcionales y gobernar por consenso, dando entrada en el equipo de gobierno al menos al grupo que, previsiblemente, hubiera obtenido la alcaldía de no mediar el chantaje de ETA.
En resumen, Navarra no se vende pero Zapatero nos ha vendido (y al peor postor).
A su vez, ETA también necesita al PP. Diríase que ha llegado a la conclusión de que Zapatero carece de capacidad de decisión a causa del estrecho marcaje al que está sometido, y que quien puede tomar decisiones efectivas es Rajoy. El corolario es obvio: hacer lo posible para que el PP vuelva al poder. Y hablando de ETA ese «hacer lo posible» pone los pelos de punta.
En medio, Zapatero. Su gran preocupación tras la ruptura del alto el fuego es suavizar la actitud del PP, para mitigar su repercusión en las próximas elecciones generales y lo que, como consecuencia, pueda ocurrir hasta entonces. Curiosamente, el cambio de estrategias da lugar a un nuevo escenario en el que todo vuelve a ser posible. Por un lado, la moderación del PP le puede facilitar la vuelta al gobierno. Por otro, ETA puede acobardarse y facilitar las cosas a Zapatero. Por último, el PSOE puede descubrir que la mano dura vende y optar por seguir esa vía...
Sea lo que sea, la primera víctima de la reunión Zapatero-Rajoy fue el Ayuntamiento de Pamplona. Podrán decir lo que quieran, el PSN podrá intentar salvar la cara —y la dignidad— apelando a que la decisión fue suya. Pero la evidencia es abrumadora, incluyendo la críptica apelación de Rajoy a Zapatero para que «cumpliera lo que habían acordado el lunes», tras su «absurda» pregunta en la sesión de control al Gobierno.
Por cierto, que la lectura del acuerdo del PSN de no apoyar candidaturas que requieran los votos de ANV puede llevar a situaciones curiosas. Por ejemplo, ¿qué pasaría en una votación de los presupuestos de Pamplona en la que NaBai, PSN y ANV estuvieran en contra? Como los votos de ANV serían decisivos para el resultado de la votación el PSN se abstendría, lo que implicaría la aprobación de los presupuestos con la mayoría relativa de UPN. Es decir, el PSN sólo se involucrará en cuestiones de poca enjundia. Entonces, ¿para qué se ha presentado a las elecciones? ¿hay votos más inútiles que los que ha recibido ese partido? En estas condiciones, enternecen las declaraciones de Torrens sobre la oposición que va a hacer. Quizá Mori sepa explicarle lo que significa estar en la oposición en un ayuntamiento, dado el carácter presidencialista de su gobierno (no digamos nada si, además, lo preside alguien del talante autoritario y despótico de Barcina).
Pese a quien pese, ETA marca la agenda política y las decisiones de PSOE y PP. Pese a quien pese, Barcina debe la alcaldía a ETA. Si está dispuesta a aceptar el cargo en una situación de excepcionalidad como la presente y satisfaciendo los deseos de una organización terrorista, debería aplicar criterios igualmente excepcionales y gobernar por consenso, dando entrada en el equipo de gobierno al menos al grupo que, previsiblemente, hubiera obtenido la alcaldía de no mediar el chantaje de ETA.
En resumen, Navarra no se vende pero Zapatero nos ha vendido (y al peor postor).
Etiquetas:
cambalache,
elecciones 2007,
ETA,
Navarra,
Zapatero
lunes, 11 de junio de 2007
Iter facite: accesibilidad y movilidad en Pamplona
«Un hombre que cumplidos los treinta acude a trabajar en autobús puede considerarse un fracasado». Esta frase de Margaret Thatcher —además de machista— resume con gran claridad la posición de la derecha sobre el transporte público: políticamente conservadora, económicamente regresiva, ambientalmente insostenible y socialmente poco democrática. Y ésa es la política que se ha seguido en la Comarca de Pamplona las dos últimas legislaturas, liderada por el equipo de Barcina y seguida sumisamente (a pesar de postular de boquilla ideas a veces opuestas) por la Mancomunidad.
Al fomento incesante de las necesidades de movilidad se ha respondido facilitando el trasiego de coches, mediante, por ejemplo, la habilitación de viales de gran capacidad o la construcción de aparcamientos en el centro. Y ello, además, sin un sistema integrado de transporte público, porque el existente es el resultado de la mera yuxtaposición de dos redes diferentes en sus objetivos y en sus planteamientos: una de transporte urbano y otra de transporte interurbano, que deja amplias zonas y franjas horarias sin atender y alimenta los flujos de tráfico. Una muestra de la falta de voluntad real de fomentar el transporte público (se diga lo que se diga en los informes y pronunciamientos institucionales) es la política de tarifas. La financiación pública —de enorme rentabilidad social— es cicatera (el vigente Plan deTransporte se ha financiado con las nuevas licencias de taxi) y, para colmo, las tarifas vienen aumentando sistemáticamente por encima del IPC, especialmente las sociales. El resultado es un encarecimiento para el ciudadano del transporte público en relación con el privado, lo que disuade su uso, y se agravan los problemas del tráfico: congestión, contaminación, ruido, dificultades de accesibilidad (en tiempo, coste y molestias) para personas y colectivos no motorizados y, en definitiva, deterioro de la calidad de vida urbana. Todo ello contribuye a su vez a una menor calidad del transporte público, en un círculo vicioso que termina con la ciudad colapsada, ante la indiferencia de la Administración.
En un intento de encubrir el desinterés por encarar el problema, se exhibe el incremento del número de viajeros como prueba de que se sigue la política acertada. Sin embargo, para que tal incremento pueda ser considerado síntoma de una mayor eficacia del transporte público, parece necesario que vaya acompañado de un cambio de modos de transporte, especialmente del coche al autobús. No sólo no ha ocurrido eso, sino que el volumen de desplazamientos en transporte privado ha crecido más deprisa. Si aumenta el número de viajeros, se debe sobre todo al crecimiento de la población y a que ésta está más dispersa, lo que incrementa notablemente las necesidades de movilidad: los municipios que más crecen en la Comarca son los de menor tamaño y más alejados del centro, mientras que Barañáin, Burlada, Pamplona o Villava crecen por debajo de la media. Si dividimos el número de viajeros entre la población, vemos que desde el año 2000 hay una tendencia clara a la reducción del indicador, es decir, que la población aumenta a mayor ritmo que el número de viajeros. En resumen, lo que se exhibe con tintes triunfalistas como prueba de éxito esconde, en realidad, un empeoramiento de la calidad y una menor eficiencia del transporte público.
Hay una vieja idea —puesta, por cierto, estos días en el candelero por Aznar con su apología de la libertad para conducir borracho— propia de un liberalismo superficial y zafio, que identifica las normas de convivencia social (salvo, claro, las que protegen la propiedad privada y aseguran el orden público) con restricciones de la sacrosanta libertad individual, asociada en el caso del transporte con la posesión y el uso del vehículo privado en cualquier contexto, también el urbano. Nada más lejos de la realidad. Incluso, por paradójico que parezca, la permisividad con el coche no sólo no favorece la igualdad, sino que la reduce; por el contrario, la restricción del tráfico privado y el fomento del transporte público contribuye a democratizar la calle, puesto que facilita la accesibilidad de personas que, de otro modo, encontrarían su movilidad restringida. Buena prueba de ello es que la mejora de los sistemas de transporte público da lugar normalmente a un aumento de los desplazamientos —la denominada movilidad inducida—, es decir, desplazamientos, sobre todo por razones de ocio o compras, que en la situación anterior no se producían. Esto enlaza con otro tópico muy extendido y no avalado —al contrario, la evidencia disponible apunta en la dirección opuesta— por los estudios empíricos: se trata del supuesto de que restringir el aparcamiento en el centro debilita la actividad económica, especialmente la comercial.
La situación de la Comarca de Pamplona requiere actuaciones decididas de fomento del transporte público para asegurar el derecho de la ciudadanía a la movilidad en condiciones social, ambiental y económicamente sostenibles, y garantizar la accesibilidad al centro de la ciudad, como elemento vertebrador de todo el tejido urbano (que desborda con generosidad los límites administrativos que imponen los términos municipales). Así, Nafarroa Bai ha lanzado una propuesta que, junto a la mejora de los modos existentes o la ordenación urbana pensando en modos alternativos al coche (no recluyendo a la bicicleta o al peatón en espacios residuales sin interés para el automóvil), incluye un modo nuevo en la Comarca, como es el tranvía (salvando, por supuesto, honrosos antecedentes ferroviarios). El tranvía presenta numerosas ventajas desde el punto de vista de la accesibilidad, el consumo, el ruido, la sostenibilidad o la estética urbana. Incluso un presunto inconveniente como la reserva de suelo no es tal, ya que la ocupación dinámica de espacio del tranvía es mucho menor que la del automóvil. En la Comarca hay itinerarios con un número de viajeros que supera ya los límites que el autobús puede cubrir con solvencia, con lo que no sólo no se atiende debidamente la demanda, sino que se contribuye a la congestión. Pero, sobre todo, ha de ser entendido —además de como un modo de transporte— como una herramienta de gestión del tráfico y de ordenación del espacio urbano.
Se ha llegado a un punto en que no basta con la pura gestión de temas concretos tomándolos por separado. Toca hacer ciudad y para ello es necesaria una visión global e integradora —una idea de ciudad— y, sobre todo, voluntad. La política de transporte es una herramienta fundamental en la consecución de ese objetivo, para que efectivamente Iruñerria sea más que la suma de sus partes (municipios, barrios, personas). El tándem UPN-CDN —apocado y marchito— carece del bagaje, la capacidad y, mucho menos, la voluntad de acometer la tarea.
(Diario de Noticias, 11 de junio de 2007)
Al fomento incesante de las necesidades de movilidad se ha respondido facilitando el trasiego de coches, mediante, por ejemplo, la habilitación de viales de gran capacidad o la construcción de aparcamientos en el centro. Y ello, además, sin un sistema integrado de transporte público, porque el existente es el resultado de la mera yuxtaposición de dos redes diferentes en sus objetivos y en sus planteamientos: una de transporte urbano y otra de transporte interurbano, que deja amplias zonas y franjas horarias sin atender y alimenta los flujos de tráfico. Una muestra de la falta de voluntad real de fomentar el transporte público (se diga lo que se diga en los informes y pronunciamientos institucionales) es la política de tarifas. La financiación pública —de enorme rentabilidad social— es cicatera (el vigente Plan deTransporte se ha financiado con las nuevas licencias de taxi) y, para colmo, las tarifas vienen aumentando sistemáticamente por encima del IPC, especialmente las sociales. El resultado es un encarecimiento para el ciudadano del transporte público en relación con el privado, lo que disuade su uso, y se agravan los problemas del tráfico: congestión, contaminación, ruido, dificultades de accesibilidad (en tiempo, coste y molestias) para personas y colectivos no motorizados y, en definitiva, deterioro de la calidad de vida urbana. Todo ello contribuye a su vez a una menor calidad del transporte público, en un círculo vicioso que termina con la ciudad colapsada, ante la indiferencia de la Administración.
En un intento de encubrir el desinterés por encarar el problema, se exhibe el incremento del número de viajeros como prueba de que se sigue la política acertada. Sin embargo, para que tal incremento pueda ser considerado síntoma de una mayor eficacia del transporte público, parece necesario que vaya acompañado de un cambio de modos de transporte, especialmente del coche al autobús. No sólo no ha ocurrido eso, sino que el volumen de desplazamientos en transporte privado ha crecido más deprisa. Si aumenta el número de viajeros, se debe sobre todo al crecimiento de la población y a que ésta está más dispersa, lo que incrementa notablemente las necesidades de movilidad: los municipios que más crecen en la Comarca son los de menor tamaño y más alejados del centro, mientras que Barañáin, Burlada, Pamplona o Villava crecen por debajo de la media. Si dividimos el número de viajeros entre la población, vemos que desde el año 2000 hay una tendencia clara a la reducción del indicador, es decir, que la población aumenta a mayor ritmo que el número de viajeros. En resumen, lo que se exhibe con tintes triunfalistas como prueba de éxito esconde, en realidad, un empeoramiento de la calidad y una menor eficiencia del transporte público.
Hay una vieja idea —puesta, por cierto, estos días en el candelero por Aznar con su apología de la libertad para conducir borracho— propia de un liberalismo superficial y zafio, que identifica las normas de convivencia social (salvo, claro, las que protegen la propiedad privada y aseguran el orden público) con restricciones de la sacrosanta libertad individual, asociada en el caso del transporte con la posesión y el uso del vehículo privado en cualquier contexto, también el urbano. Nada más lejos de la realidad. Incluso, por paradójico que parezca, la permisividad con el coche no sólo no favorece la igualdad, sino que la reduce; por el contrario, la restricción del tráfico privado y el fomento del transporte público contribuye a democratizar la calle, puesto que facilita la accesibilidad de personas que, de otro modo, encontrarían su movilidad restringida. Buena prueba de ello es que la mejora de los sistemas de transporte público da lugar normalmente a un aumento de los desplazamientos —la denominada movilidad inducida—, es decir, desplazamientos, sobre todo por razones de ocio o compras, que en la situación anterior no se producían. Esto enlaza con otro tópico muy extendido y no avalado —al contrario, la evidencia disponible apunta en la dirección opuesta— por los estudios empíricos: se trata del supuesto de que restringir el aparcamiento en el centro debilita la actividad económica, especialmente la comercial.
La situación de la Comarca de Pamplona requiere actuaciones decididas de fomento del transporte público para asegurar el derecho de la ciudadanía a la movilidad en condiciones social, ambiental y económicamente sostenibles, y garantizar la accesibilidad al centro de la ciudad, como elemento vertebrador de todo el tejido urbano (que desborda con generosidad los límites administrativos que imponen los términos municipales). Así, Nafarroa Bai ha lanzado una propuesta que, junto a la mejora de los modos existentes o la ordenación urbana pensando en modos alternativos al coche (no recluyendo a la bicicleta o al peatón en espacios residuales sin interés para el automóvil), incluye un modo nuevo en la Comarca, como es el tranvía (salvando, por supuesto, honrosos antecedentes ferroviarios). El tranvía presenta numerosas ventajas desde el punto de vista de la accesibilidad, el consumo, el ruido, la sostenibilidad o la estética urbana. Incluso un presunto inconveniente como la reserva de suelo no es tal, ya que la ocupación dinámica de espacio del tranvía es mucho menor que la del automóvil. En la Comarca hay itinerarios con un número de viajeros que supera ya los límites que el autobús puede cubrir con solvencia, con lo que no sólo no se atiende debidamente la demanda, sino que se contribuye a la congestión. Pero, sobre todo, ha de ser entendido —además de como un modo de transporte— como una herramienta de gestión del tráfico y de ordenación del espacio urbano.
Se ha llegado a un punto en que no basta con la pura gestión de temas concretos tomándolos por separado. Toca hacer ciudad y para ello es necesaria una visión global e integradora —una idea de ciudad— y, sobre todo, voluntad. La política de transporte es una herramienta fundamental en la consecución de ese objetivo, para que efectivamente Iruñerria sea más que la suma de sus partes (municipios, barrios, personas). El tándem UPN-CDN —apocado y marchito— carece del bagaje, la capacidad y, mucho menos, la voluntad de acometer la tarea.
(Diario de Noticias, 11 de junio de 2007)
Etiquetas:
accesibilidad,
movilidad,
Pamplona,
tráfico,
transporte público
jueves, 7 de junio de 2007
El buhonero Rajoy y sus trapicheos
A punto estuvo nuestro lehendakari en funciones de quedarse sin voz, clamando contra la venta de Navarra o para evitar que Navarra fuese moneda de cambio. La derecha, quizá por afinidad, ha demostrado su aprovechamiento del magisterio de Goebbels, dedicando su mucha
pericia a la fabricación de artefactos con los que atacar al gobierno y acceder de nuevo a un poder del que se considera dueña natural. La mencionada venta de Navarra es un buen ejemplo, al igual que la ruptura de España a cuenta del Estatut , o la teoría de la conspiración , una y otra vez desmentida en las sesiones del juicio por el 11-M, sin que a nadie se le pase por la cabeza rectificación alguna o pedir disculpas por el vilipendio que han sufrido las víctimas.
Lo que son las cosas (arrieros todos al fin), apenas unas horas después de conocerse los resultados de las elecciones, Rajoy —cada vez más metido en su papel de duque de Alba— se dedicaba ya a usar Navarra, no ya como moneda sino como un cromo en un cambalache de patio de colegio: yo te doy Canarias, tú me das Navarra. Después de juntar unos miles de personas para gritar, entre otras cosas, que Navarra no se vende (o lindezas como esto es España y al que no le guste que se vaya), suena más bien a fraude. A lo mejor la costumbre de pertenecer al grupo parlamentario canario les lleva a mezclar churras con merinas y confundir territorios fiscales.
Usan Navarra como arma arrojadiza en sus obsesivas trapazas anti Zapatero, devaluándola (y devaluándonos) hasta extremos a los que sólo el capricho de los números pone coto (nada puede perder más del 100% de su valor), para escarnio e indignación —supongo— de tantos militantes y votantes de UPN que creyeron el discurso tremendista y votaron el 27 de mayo pensando que se ventilaba algo más que la permanencia de la derecha en el poder y el cambio político (no es que hayan cogido cariño a los cargos, beneficios, canonjías y prebendas, es que parecen haberse fundido con ellos, hasta considerarlos parte de su esencia —aquello por lo que una cosa es lo que es, que diría Aquino—).
En el colmo de la humillación para UPN y, sobre todo, para Navarra, el presidente del PP se pone a discutir nuestro futuro con el PSOE, primero a través de la prensa y después en el Congreso, pero siempre en Madrid; porque no se olvide que no ha sido Sanz quien, en un ejercicio más de su acreditado y acrisolado patriotismo, ha ofrecido el sacrificio de Navarra en el altar de la grandeza de España, sino Rajoy. Ignorando olímpicamente, por cierto, a Coalición Canaria, su antigua (y, al parecer, próxima) aliada: sería bueno tomar nota del sentido de la lealtad que se practica en el PP.
Que la palabra escrúpulos no está en el diccionario de Sanz (de la misma forma que reyno no está en el de la Academia) es cosa sabida, por reiterada. Pero que hayan tardado —él y Rajoy— tan poco en mostrar su verdadera cara asombra, porque hasta del más cínico se espera que
guarde las formas. La expresión de Rajoy ha sido, en este sentido, ilustrativa, puro franquismo sociológico: espera que en Navarra suceda lo que ha ocurrido siempre (y si no, manifestación, habrá que añadir). También dijo en su día que «Navarra será lo que los navarros y el resto de los españoles quieran»; la matización no es inocente. Y si no, hagan cuentas: según los datos oficiales, la población de Navarra es el 1,35% de la española. Lo que significa que, de hecho, Rajoy está diciendo que Navarra será «lo que el resto de los españoles quieran». Y se demuestra día a día. El mismo Acebes se ha dignado a dar la venia a UPN, al declarar que este partido «tiene toda la confianza del PP» para negociar: esto va adquiriendo tintes de sucursalismo bananero.
Los ejemplos se han sucedido la pasada semana y seguirán apareciendo perlas de calibre y calidad crecientes, a medida que se aproximen los momentos decisivos y —esperemos— se vayan difuminando las esperanzas de la derecha en la eficacia de sus chantajes. En el colmo de la incongruencia, ahora resulta que para Rajoy lo natural es un gobierno UPN-PSN, cuando hasta hace bien poco lo hubiera considerado contra natura, pecado nefando merecedor de todos los anatemas. Por supuesto, añade, si el PSN gobierna con Nafarroa Bai, significará que detrás hay un pacto. ¡Acabáramos! Es que de eso se trata, y sería deseable que, de darse el caso, se haga con transparencia. Aunque tal como lo ha formulado Rajoy suena igual que aquello que le dijo a Zapatero: «Si usted no cumple le pondrán bombas y, si no hay bombas, es porque ha
cedido». Manipulador y obsceno.
Elorriaga también ha aportado su granito de arena en esta feria del disparate, al afirmar que la voluntad del PP es llegar a acuerdos con partidos cuyas ideas y programas sean afines, evitando pactos extravagantes. Ahora resulta que UPN y PSN persiguen los mismos fines; que el pacto
de fuerzas progresistas para gobernar es extravagante , y no lo es un pacto entre un partido conservador y el PSN, cuyo único fundamento sería una supuesta amenaza inventada por la derecha precisamente para poner en el brete a los socialistas. Porque para Elorriaga el principal problema de Navarra es la presión del nacionalismo vasco y no el estado en que UPN deja la sanidad (la peor valorada), la educación, las desigualdades sociales o el fuero. Hay algo que nubla el entendimiento de estas gentes; esperemos que no sea contagioso.
UPN ha generado en estos años un clima de enfrentamiento civil entre navarros, siguiendo la estela del PP en Madrid, simplemente para mantenerse en el poder, renunciando a la pedagogía política. La consecuencia es visible en el mapa de Navarra a poco que se analicen los
resultados: hay una fractura que no sólo es política o social, sino espacial, alimentada por UPN en una estrategia insensata para consolidar los votos en el sur. El PSN tiene la oportunidad de frenar ese proceso —y, de paso, de asegurar su supervivencia política y organizativa— contribuyendo a la cohesión territorial de Navarra y convenciendo a los ciudadanos —el movimiento se demuestra andando— de que las mentiras vienen todas del mismo sitio y de que el cambio no sólo es posible, sino deseable.
En enero de este año Rajoy —erigiéndose una vez más en mercachifle de los intereses de Navarra— dijo a Zapatero en el Congreso: «No está en sus manos torcer la voluntad de los navarros». Esperemos que así sea. Pero no se olvide que quien eso dice busca a su vez hacerlo, con mentiras y manipulaciones.
(Diario de Noticias, 7 de junio de 2007)
pericia a la fabricación de artefactos con los que atacar al gobierno y acceder de nuevo a un poder del que se considera dueña natural. La mencionada venta de Navarra es un buen ejemplo, al igual que la ruptura de España a cuenta del Estatut , o la teoría de la conspiración , una y otra vez desmentida en las sesiones del juicio por el 11-M, sin que a nadie se le pase por la cabeza rectificación alguna o pedir disculpas por el vilipendio que han sufrido las víctimas.
Lo que son las cosas (arrieros todos al fin), apenas unas horas después de conocerse los resultados de las elecciones, Rajoy —cada vez más metido en su papel de duque de Alba— se dedicaba ya a usar Navarra, no ya como moneda sino como un cromo en un cambalache de patio de colegio: yo te doy Canarias, tú me das Navarra. Después de juntar unos miles de personas para gritar, entre otras cosas, que Navarra no se vende (o lindezas como esto es España y al que no le guste que se vaya), suena más bien a fraude. A lo mejor la costumbre de pertenecer al grupo parlamentario canario les lleva a mezclar churras con merinas y confundir territorios fiscales.
Usan Navarra como arma arrojadiza en sus obsesivas trapazas anti Zapatero, devaluándola (y devaluándonos) hasta extremos a los que sólo el capricho de los números pone coto (nada puede perder más del 100% de su valor), para escarnio e indignación —supongo— de tantos militantes y votantes de UPN que creyeron el discurso tremendista y votaron el 27 de mayo pensando que se ventilaba algo más que la permanencia de la derecha en el poder y el cambio político (no es que hayan cogido cariño a los cargos, beneficios, canonjías y prebendas, es que parecen haberse fundido con ellos, hasta considerarlos parte de su esencia —aquello por lo que una cosa es lo que es, que diría Aquino—).
En el colmo de la humillación para UPN y, sobre todo, para Navarra, el presidente del PP se pone a discutir nuestro futuro con el PSOE, primero a través de la prensa y después en el Congreso, pero siempre en Madrid; porque no se olvide que no ha sido Sanz quien, en un ejercicio más de su acreditado y acrisolado patriotismo, ha ofrecido el sacrificio de Navarra en el altar de la grandeza de España, sino Rajoy. Ignorando olímpicamente, por cierto, a Coalición Canaria, su antigua (y, al parecer, próxima) aliada: sería bueno tomar nota del sentido de la lealtad que se practica en el PP.
Que la palabra escrúpulos no está en el diccionario de Sanz (de la misma forma que reyno no está en el de la Academia) es cosa sabida, por reiterada. Pero que hayan tardado —él y Rajoy— tan poco en mostrar su verdadera cara asombra, porque hasta del más cínico se espera que
guarde las formas. La expresión de Rajoy ha sido, en este sentido, ilustrativa, puro franquismo sociológico: espera que en Navarra suceda lo que ha ocurrido siempre (y si no, manifestación, habrá que añadir). También dijo en su día que «Navarra será lo que los navarros y el resto de los españoles quieran»; la matización no es inocente. Y si no, hagan cuentas: según los datos oficiales, la población de Navarra es el 1,35% de la española. Lo que significa que, de hecho, Rajoy está diciendo que Navarra será «lo que el resto de los españoles quieran». Y se demuestra día a día. El mismo Acebes se ha dignado a dar la venia a UPN, al declarar que este partido «tiene toda la confianza del PP» para negociar: esto va adquiriendo tintes de sucursalismo bananero.
Los ejemplos se han sucedido la pasada semana y seguirán apareciendo perlas de calibre y calidad crecientes, a medida que se aproximen los momentos decisivos y —esperemos— se vayan difuminando las esperanzas de la derecha en la eficacia de sus chantajes. En el colmo de la incongruencia, ahora resulta que para Rajoy lo natural es un gobierno UPN-PSN, cuando hasta hace bien poco lo hubiera considerado contra natura, pecado nefando merecedor de todos los anatemas. Por supuesto, añade, si el PSN gobierna con Nafarroa Bai, significará que detrás hay un pacto. ¡Acabáramos! Es que de eso se trata, y sería deseable que, de darse el caso, se haga con transparencia. Aunque tal como lo ha formulado Rajoy suena igual que aquello que le dijo a Zapatero: «Si usted no cumple le pondrán bombas y, si no hay bombas, es porque ha
cedido». Manipulador y obsceno.
Elorriaga también ha aportado su granito de arena en esta feria del disparate, al afirmar que la voluntad del PP es llegar a acuerdos con partidos cuyas ideas y programas sean afines, evitando pactos extravagantes. Ahora resulta que UPN y PSN persiguen los mismos fines; que el pacto
de fuerzas progresistas para gobernar es extravagante , y no lo es un pacto entre un partido conservador y el PSN, cuyo único fundamento sería una supuesta amenaza inventada por la derecha precisamente para poner en el brete a los socialistas. Porque para Elorriaga el principal problema de Navarra es la presión del nacionalismo vasco y no el estado en que UPN deja la sanidad (la peor valorada), la educación, las desigualdades sociales o el fuero. Hay algo que nubla el entendimiento de estas gentes; esperemos que no sea contagioso.
UPN ha generado en estos años un clima de enfrentamiento civil entre navarros, siguiendo la estela del PP en Madrid, simplemente para mantenerse en el poder, renunciando a la pedagogía política. La consecuencia es visible en el mapa de Navarra a poco que se analicen los
resultados: hay una fractura que no sólo es política o social, sino espacial, alimentada por UPN en una estrategia insensata para consolidar los votos en el sur. El PSN tiene la oportunidad de frenar ese proceso —y, de paso, de asegurar su supervivencia política y organizativa— contribuyendo a la cohesión territorial de Navarra y convenciendo a los ciudadanos —el movimiento se demuestra andando— de que las mentiras vienen todas del mismo sitio y de que el cambio no sólo es posible, sino deseable.
En enero de este año Rajoy —erigiéndose una vez más en mercachifle de los intereses de Navarra— dijo a Zapatero en el Congreso: «No está en sus manos torcer la voluntad de los navarros». Esperemos que así sea. Pero no se olvide que quien eso dice busca a su vez hacerlo, con mentiras y manipulaciones.
(Diario de Noticias, 7 de junio de 2007)
miércoles, 16 de mayo de 2007
Barcinópolis o la negación de la ciudad
La idea de ciudad está ligada a la de comunicación humana en su forma más avanzada y así se ha venido formulando desde hace siglos. Incluso en el ámbito de la árida y fría economía, la explicación última de la existencia de las ciudades suele atribuirse —por banal que parezca— a la necesidad que los humanos tienen de relacionarse con sus semejantes. No está de más recordarlo porque, bien pensado, es sorprendente que la ciudad conserve ese papel cuando objetivamente se hace lo posible para que lo pierda, cuando se despueblan los centros en favor de espacios puramente comerciales en las afueras (a los que, para colmo, sólo se accede en coche), donde la interacción, la relación interpersonal, deviene en tráfico mercantil y queda supeditada al puro consumo.
Estas reflexiones pueden parecer inconvenientes —y más en un medio tan mudable y fugaz como la prensa diaria— por demasiado abstractas. Pero no es ocioso ni fútil detenerse en ellas, porque son las que realmente nos darán la medida de las cosas concretas. Y son particularmente oportunas ahora que se acercan las elecciones municipales. De lo que resulte el 27 de mayo dependerá el modelo de ciudad que disfrutaremos o padeceremos los próximos años. Modelo que, además, no se desprende de lo que las distintas opciones expresan en sus programas electorales, cuñas publicitarias, panfletos (incluso los distribuidos contra derecho por el propio Ayuntamiento) y hasta tramposas campañas institucionales.
Habrá quien no se canse en estas semanas de exhibir logros, obras, esto es, cemento, losas (ese gris barcina), sin plantear —y mucho menos responder— a preguntas tan básicas como por qué, para quién o a qué coste (no sólo monetario). Asistimos a la puesta de primeras piedras de edificios casi terminados, inauguraciones de garajes privados como si fueran públicos, de cascarones vacíos que algún día serán museos y otros despropósitos cuyo fin último es confundir al ciudadano y llevarle a conclusiones erróneas. Si nos fiamos de la propaganda, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que el actual equipo municipal lleva gobernando dos meses. El resto de la legislatura es un enorme agujero negro, dedicado quizá a los preparativos de un frenesí inaugurador —reflejo sociológico e ideológico de aquellos buenos tiempos (dicen los vates de UPN) de los generalitos pantaneros— que sólo se explica dando por buena la premisa de la estupidez como rasgo distintivo de la ciudadanía.
Por ejemplo, ¿sabemos cuántas de las innumerables obras e iniciativas que se exhiben últimamente en Pamplona son atribuibles al actual equipo municipal? ¿Sabemos si obedecen al interés público o sólo al afán de generar beneficios privados? ¿Conocemos su coste real? ¿Somos conscientes de que el justamente denominado «lucro incesante» de la plaza del Castillo va a costar (nos va a costar) seis millones de euros (más de treinta euros por cabeza; que tiemblen las familias numerosas) como consecuencia de una alcaldada? Por cierto, que en su momento Barcina tildaba a quienes se oponían al aparcamiento de algo así como incautos atrapados por manipuladores: una prueba más de la idea que tiene de la capacidad de discernimiento de la ciudadanía. Alguien dijo que la falta de conciencia histórica incapacita para la experiencia emocional de la obra de arte arquitectónica. Si a ello se une el autoritarismo, se llega con naturalidad a la destrucción como forma suprema de ejercicio del poder y afirmación de la propia autoridad, lúbrica entrega a un placer desenfrenado y salvaje. El caso del aparcamiento es buena prueba de ello.
Hay más anécdotas que revelan claramente ese talante autoritario. Por ejemplo, el monumento al encierro. Pocas esculturas habrá tan adecuadas para estar a pie de calle. El propio escultor ha reconocido que está pensada para ser vista desde arriba y ha pedido que se levante una grada para ello. Lejos de ello, Barcina la ha colocado bien alta, alejada del público, distante y hasta vigilada: Arnold Hauser, notable historiador social del arte, considera marcos, proscenios, podios y pedestales elementos definitorios del arte en las autocracias. A no ser, claro, que lo que se pretenda sea mostrar la dotación gonadal de los animalitos, símbolo por excelencia de la reciedumbre ibérica.
Para ser justos, hay que reconocer a Barcina un mérito en sus años de alcaldesa, y es que ha facilitado el tránsito peatonal por el centro de la ciudad: lo ha dejado tan congestionado, con el tráfico tan atascado a cualquier hora, que se puede cruzar por donde a cada cual le apetezca. Mejor, desde luego que donde hay semáforos, porque hace falta estar en buena forma para cruzar la avenida de la Baja Navarra en veinte segundos.
Es habitual cantar las excelencias de Pamplona; las paisajísticas son evidentes cuando, como ahora, estalla la primavera y se desparrama en lujuriosa y abigarrada variedad cromática, con el verde como rey indiscutible. Pero si se piensa bien, y contra lo que pudiera parecer, es una ciudad de escasa fortuna: sus mayores tesoros, sus elementos definidores, han sobrevivido por pura casualidad y, demasiado a menudo, a pesar de sus gestores. Por ejemplo, las murallas se conservan porque carecen de atractivo inmobiliario. De hecho, desaparecieron precisamente en la meseta, allí donde la ciudad podía prolongarse sin obstáculos orográficos, para dar lugar, sucesivamente, a los tres ensanches. La Rochapea, extramural y transrúnica, queda para huertanos (cada vez menos: el signo de los tiempos) y trabajadores, como la Chantrea, la Milagrosa y tantos otros barrios cuya identidad proletaria es bien visible en los pecados urbanísticos que a su costa se perpetraron (para todo hay clases). Y quedan dos meandros del Arga como quien dice vírgenes (¿se puede ser casi virgen?) por pura causalidad: de tan ciego, al mercado se le escapan cosas. De seguir Barcina en la alcaldía, cabe aventurar que por poco tiempo. El vial de Iru Bide es el primer mordisco a la Magdalena y habrá quien se prometa un banquete pantagruélico.
Tal como están las cosas, nos hallamos ante una encrucijada y el camino que se tome será vital para el futuro de Pamplona. Dice el escritor belga Stefan Hertmans que «tan pronto como empezamos a sentirnos en casa en una ciudad extraña, esa ciudad empieza a sufrir un proceso de desaparición. Al cabo de diez días, recorremos las calles principales con los ojos cerrados, porque aparece la meta en lugar del trayecto». Barcina ha conseguido que lo que en otros lugares es pura familiaridad con el entorno, en Pamplona sea una reacción defensiva (la de cerrar los ojos) para no ver ese ente inhóspito, esa no-ciudad, en que nos la ha convertido. Ahora toca aplicarse a la tarea.
(Diario de Noticias, 16 de mayo de 2007)
Estas reflexiones pueden parecer inconvenientes —y más en un medio tan mudable y fugaz como la prensa diaria— por demasiado abstractas. Pero no es ocioso ni fútil detenerse en ellas, porque son las que realmente nos darán la medida de las cosas concretas. Y son particularmente oportunas ahora que se acercan las elecciones municipales. De lo que resulte el 27 de mayo dependerá el modelo de ciudad que disfrutaremos o padeceremos los próximos años. Modelo que, además, no se desprende de lo que las distintas opciones expresan en sus programas electorales, cuñas publicitarias, panfletos (incluso los distribuidos contra derecho por el propio Ayuntamiento) y hasta tramposas campañas institucionales.
Habrá quien no se canse en estas semanas de exhibir logros, obras, esto es, cemento, losas (ese gris barcina), sin plantear —y mucho menos responder— a preguntas tan básicas como por qué, para quién o a qué coste (no sólo monetario). Asistimos a la puesta de primeras piedras de edificios casi terminados, inauguraciones de garajes privados como si fueran públicos, de cascarones vacíos que algún día serán museos y otros despropósitos cuyo fin último es confundir al ciudadano y llevarle a conclusiones erróneas. Si nos fiamos de la propaganda, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que el actual equipo municipal lleva gobernando dos meses. El resto de la legislatura es un enorme agujero negro, dedicado quizá a los preparativos de un frenesí inaugurador —reflejo sociológico e ideológico de aquellos buenos tiempos (dicen los vates de UPN) de los generalitos pantaneros— que sólo se explica dando por buena la premisa de la estupidez como rasgo distintivo de la ciudadanía.
Por ejemplo, ¿sabemos cuántas de las innumerables obras e iniciativas que se exhiben últimamente en Pamplona son atribuibles al actual equipo municipal? ¿Sabemos si obedecen al interés público o sólo al afán de generar beneficios privados? ¿Conocemos su coste real? ¿Somos conscientes de que el justamente denominado «lucro incesante» de la plaza del Castillo va a costar (nos va a costar) seis millones de euros (más de treinta euros por cabeza; que tiemblen las familias numerosas) como consecuencia de una alcaldada? Por cierto, que en su momento Barcina tildaba a quienes se oponían al aparcamiento de algo así como incautos atrapados por manipuladores: una prueba más de la idea que tiene de la capacidad de discernimiento de la ciudadanía. Alguien dijo que la falta de conciencia histórica incapacita para la experiencia emocional de la obra de arte arquitectónica. Si a ello se une el autoritarismo, se llega con naturalidad a la destrucción como forma suprema de ejercicio del poder y afirmación de la propia autoridad, lúbrica entrega a un placer desenfrenado y salvaje. El caso del aparcamiento es buena prueba de ello.
Hay más anécdotas que revelan claramente ese talante autoritario. Por ejemplo, el monumento al encierro. Pocas esculturas habrá tan adecuadas para estar a pie de calle. El propio escultor ha reconocido que está pensada para ser vista desde arriba y ha pedido que se levante una grada para ello. Lejos de ello, Barcina la ha colocado bien alta, alejada del público, distante y hasta vigilada: Arnold Hauser, notable historiador social del arte, considera marcos, proscenios, podios y pedestales elementos definitorios del arte en las autocracias. A no ser, claro, que lo que se pretenda sea mostrar la dotación gonadal de los animalitos, símbolo por excelencia de la reciedumbre ibérica.
Para ser justos, hay que reconocer a Barcina un mérito en sus años de alcaldesa, y es que ha facilitado el tránsito peatonal por el centro de la ciudad: lo ha dejado tan congestionado, con el tráfico tan atascado a cualquier hora, que se puede cruzar por donde a cada cual le apetezca. Mejor, desde luego que donde hay semáforos, porque hace falta estar en buena forma para cruzar la avenida de la Baja Navarra en veinte segundos.
Es habitual cantar las excelencias de Pamplona; las paisajísticas son evidentes cuando, como ahora, estalla la primavera y se desparrama en lujuriosa y abigarrada variedad cromática, con el verde como rey indiscutible. Pero si se piensa bien, y contra lo que pudiera parecer, es una ciudad de escasa fortuna: sus mayores tesoros, sus elementos definidores, han sobrevivido por pura casualidad y, demasiado a menudo, a pesar de sus gestores. Por ejemplo, las murallas se conservan porque carecen de atractivo inmobiliario. De hecho, desaparecieron precisamente en la meseta, allí donde la ciudad podía prolongarse sin obstáculos orográficos, para dar lugar, sucesivamente, a los tres ensanches. La Rochapea, extramural y transrúnica, queda para huertanos (cada vez menos: el signo de los tiempos) y trabajadores, como la Chantrea, la Milagrosa y tantos otros barrios cuya identidad proletaria es bien visible en los pecados urbanísticos que a su costa se perpetraron (para todo hay clases). Y quedan dos meandros del Arga como quien dice vírgenes (¿se puede ser casi virgen?) por pura causalidad: de tan ciego, al mercado se le escapan cosas. De seguir Barcina en la alcaldía, cabe aventurar que por poco tiempo. El vial de Iru Bide es el primer mordisco a la Magdalena y habrá quien se prometa un banquete pantagruélico.
Tal como están las cosas, nos hallamos ante una encrucijada y el camino que se tome será vital para el futuro de Pamplona. Dice el escritor belga Stefan Hertmans que «tan pronto como empezamos a sentirnos en casa en una ciudad extraña, esa ciudad empieza a sufrir un proceso de desaparición. Al cabo de diez días, recorremos las calles principales con los ojos cerrados, porque aparece la meta en lugar del trayecto». Barcina ha conseguido que lo que en otros lugares es pura familiaridad con el entorno, en Pamplona sea una reacción defensiva (la de cerrar los ojos) para no ver ese ente inhóspito, esa no-ciudad, en que nos la ha convertido. Ahora toca aplicarse a la tarea.
(Diario de Noticias, 16 de mayo de 2007)
Etiquetas:
Barcina,
Pamplona,
política municipal,
urbanismo
sábado, 28 de abril de 2007
Canovismo foral
El 24 de noviembre de 1885, con Alfonso XII agonizando, Cánovas y Sagasta acordaron lo que se conoce como Pacto de El Pardo , que sancionaba la alternancia en el Gobierno —vigente de hecho desde 1881— entre el Partido Conservador y el Liberal. Se alumbró así un sistema político con apariencia democrática pero autoritario en su esencia. En su diseño fue fundamental la profunda aversión de Cánovas al sufragio universal y su convicción (tan querida por la derecha actual) de que la nación es una realidad externa, independiente y ajena a la voluntad del pueblo que la forma; el sufragio censitario y el sistema caciquil se encargaron, en cualquier caso, de barrer todo resquicio de concesión a la voluntad popular.
Un buen puñado de historiadores —y desde luego los oficialistas— ha tejido una imagen de Cánovas como gran estadista, artífice de una larga etapa de paz y estabilidad en el marco de una monarquía constitucional. Incluso se ha convertido en la referencia totémica de la actual derecha española, y tanto Fraga como Aznar han soñado ser el nuevo Cánovas de la, por enésima (y esperemos que última) vez, restaurada monarquía borbónica: pero Fraga se queda en simple teórico de la democracia orgánica y apropiador desabrido de calles; Aznar, por su parte, no pasa de un mal remedo del peor Gil Robles. Cánovas como figura histórica representa la desconfianza en la democracia y las maniobras para desvirtuarla, la adaptación en la forma para preservar el fondo, esto es, un estado de cosas y un reparto del poder (como Dios manda ) más propio del Antiguo Régimen (se opuso tenazmente a la libertad religiosa). No obstante, a diferencia de sus epígonos posfranquistas, fue un individuo brillante, con el punto de cinismo que suele ir unido a esa cualidad y lo bastante escéptico para no creerse su propio discurso y ser bien consciente de sus limitaciones. A él se atribuye la famosa (y más acabada) definición de los españoles: los que no pueden ser otra cosa.
Tampoco el lehendakari Sanz se ha podido sustraer (¡qué malo es leer!) al magnetismo de la figura de Cánovas. O quizá es simplemente que está muy nervioso (táchese lo que no proceda). Pero hace unas semanas todos asistimos al lamentable y bochornoso espectáculo de un presidente de Navarra ofreciendo al PSN nada menos que consensuar algún tipo de alternancia entre los dos partidos, para dejar fuera del Gobierno sine die a Nafarroa Bai. En sus propias palabras, «un reparto en las cuotas de poder en cuanto al acceso a las instituciones». No se trata de abundar aquí en lo que significa semejante oferta (rápidamente repudiada por Puras, dicho sea de paso) por cuanto adultera el sistema democrático, degrada las elecciones a mera farsa e implica que una pandilla de iluminados se autoadjudique la potestad de decidir sobre lo que conviene o no a Navarra. Más aún, de haberse quedado ahí las cosas, la historia no habría pasado de una anécdota grotesca.
Pero parece que alguien avisado ha convencido a nuestro lenguaraz lehendakari de que estas cosas es mejor ventilarlas al abrigo de la vergonzante discreción de conciliábulos y contubernios, huyendo del escrutinio público. Así al menos parecen indicarlo los rumores sobre una nueva y mucho menos aireada oferta al PSN que consistiría, en lo esencial, en permitir que el PSN formara Gobierno, con el apoyo de CDN (¿adónde vas, CDN? porque si de lo que se trata es de destacar, en Lagartera confeccionan unos trajes muy apropiados); hasta meten en el saco a IU. UPN se comprometería a no obstaculizar la labor de Gobierno, pactando previamente con el PSN las principales iniciativas políticas, en una especie de benign neglect, un dejar hacer condescendiente y hasta negligente, a modo de perdonavidas de patio de colegio. Partiendo de que seguramente IU no se prestaría a semejante componenda, esta situación sólo sería factible si PSN y CDN obtuvieran más escaños que Nafarroa Bai e IU. En otro caso, se requeriría el apoyo activo de UPN, sea dentro o fuera del Gobierno. Cualquiera de las dos posibilidades es impensable en el estado actual de relaciones PSOE-PP, aunque la segunda sería mucho más escandalosa, en Pamplona y en Madrid.
Pero lo más ilustrativo de la situación es lo que deja traslucir. En primer lugar, estas ofertas están ya lejos de los tiempos en que Sanz trataba al PSN a base de exabruptos, chantajes o, simplemente, amenazas. De ahí se pasó al cortejo displicente con aires de superioridad, pero con la obsesión de fondo por los pactos poselectorales de los socialistas. La última fase (la tercera, la de los encuentros alienígenas) consiste llanamente en ceder el Gobierno al PSN. Es decir, se ha pasado de la incertidumbre sobre los resultados a la certeza de que van a ser malos y se atisban mayorías alternativas.
En segundo lugar, muestra una vez más la debilidad de las convicciones democráticas de esta derecha nuestra, que cuando intuye que las cosas no van a salir como le gustaría —como debe ser, porque identifican ambas cosas con demasiado desenfado— comienza a maniobrar para subvertir los resultados, aun a costa, si hace falta, de componendas o pucherazos. Siguen anclados en el siglo XIX. Ni siquiera tienen el fondo de armario ideológico suficiente como para haber asimilado el bagaje intelectual de la derecha del siglo XX (aunque alguna complicidad han tenido con la más perversa o sanguinaria).
Una vez más, Sanz consigue avergonzar a buena parte de la opinión pública navarra, quedar en ridículo fuera y demostrar que carece de cualquier respeto a Navarra, su ciudadanía y sus instituciones. Involucra a la monarquía, a la Iglesia (Sebastián siempre estará dispuesto a rezar por la Navarra de siempre) y a quien haga falta en sus delirios histéricos y ultramontanos. Dice querer blindar Navarra, quizá para poder saquearla (en lo poco que queda ya por vender) con mayor soltura e impunidad. Van a hacer falta años de trabajo para reparar el daño al régimen foral y a esos servicios que son la base del bienestar de la sociedad a que ha conducido un gobierno tan vociferante e irresponsable como falto de ideas y programas. Puede que Sanz aspire a ser Cánovas (o Gamazo, porque parece no tener muy claros algunos conceptos). Pero se queda en trasunto patético del conde de Lerín, ese personaje escaso de escrúpulos y sobrado de desparpajo que vendió Navarra (éste sí que la vendió) y se ganó merecidamente un puesto de honor en nuestra particular historia de la infamia.
(Diario de Noticias, 28 de abril de 2007)
Un buen puñado de historiadores —y desde luego los oficialistas— ha tejido una imagen de Cánovas como gran estadista, artífice de una larga etapa de paz y estabilidad en el marco de una monarquía constitucional. Incluso se ha convertido en la referencia totémica de la actual derecha española, y tanto Fraga como Aznar han soñado ser el nuevo Cánovas de la, por enésima (y esperemos que última) vez, restaurada monarquía borbónica: pero Fraga se queda en simple teórico de la democracia orgánica y apropiador desabrido de calles; Aznar, por su parte, no pasa de un mal remedo del peor Gil Robles. Cánovas como figura histórica representa la desconfianza en la democracia y las maniobras para desvirtuarla, la adaptación en la forma para preservar el fondo, esto es, un estado de cosas y un reparto del poder (como Dios manda ) más propio del Antiguo Régimen (se opuso tenazmente a la libertad religiosa). No obstante, a diferencia de sus epígonos posfranquistas, fue un individuo brillante, con el punto de cinismo que suele ir unido a esa cualidad y lo bastante escéptico para no creerse su propio discurso y ser bien consciente de sus limitaciones. A él se atribuye la famosa (y más acabada) definición de los españoles: los que no pueden ser otra cosa.
Tampoco el lehendakari Sanz se ha podido sustraer (¡qué malo es leer!) al magnetismo de la figura de Cánovas. O quizá es simplemente que está muy nervioso (táchese lo que no proceda). Pero hace unas semanas todos asistimos al lamentable y bochornoso espectáculo de un presidente de Navarra ofreciendo al PSN nada menos que consensuar algún tipo de alternancia entre los dos partidos, para dejar fuera del Gobierno sine die a Nafarroa Bai. En sus propias palabras, «un reparto en las cuotas de poder en cuanto al acceso a las instituciones». No se trata de abundar aquí en lo que significa semejante oferta (rápidamente repudiada por Puras, dicho sea de paso) por cuanto adultera el sistema democrático, degrada las elecciones a mera farsa e implica que una pandilla de iluminados se autoadjudique la potestad de decidir sobre lo que conviene o no a Navarra. Más aún, de haberse quedado ahí las cosas, la historia no habría pasado de una anécdota grotesca.
Pero parece que alguien avisado ha convencido a nuestro lenguaraz lehendakari de que estas cosas es mejor ventilarlas al abrigo de la vergonzante discreción de conciliábulos y contubernios, huyendo del escrutinio público. Así al menos parecen indicarlo los rumores sobre una nueva y mucho menos aireada oferta al PSN que consistiría, en lo esencial, en permitir que el PSN formara Gobierno, con el apoyo de CDN (¿adónde vas, CDN? porque si de lo que se trata es de destacar, en Lagartera confeccionan unos trajes muy apropiados); hasta meten en el saco a IU. UPN se comprometería a no obstaculizar la labor de Gobierno, pactando previamente con el PSN las principales iniciativas políticas, en una especie de benign neglect, un dejar hacer condescendiente y hasta negligente, a modo de perdonavidas de patio de colegio. Partiendo de que seguramente IU no se prestaría a semejante componenda, esta situación sólo sería factible si PSN y CDN obtuvieran más escaños que Nafarroa Bai e IU. En otro caso, se requeriría el apoyo activo de UPN, sea dentro o fuera del Gobierno. Cualquiera de las dos posibilidades es impensable en el estado actual de relaciones PSOE-PP, aunque la segunda sería mucho más escandalosa, en Pamplona y en Madrid.
Pero lo más ilustrativo de la situación es lo que deja traslucir. En primer lugar, estas ofertas están ya lejos de los tiempos en que Sanz trataba al PSN a base de exabruptos, chantajes o, simplemente, amenazas. De ahí se pasó al cortejo displicente con aires de superioridad, pero con la obsesión de fondo por los pactos poselectorales de los socialistas. La última fase (la tercera, la de los encuentros alienígenas) consiste llanamente en ceder el Gobierno al PSN. Es decir, se ha pasado de la incertidumbre sobre los resultados a la certeza de que van a ser malos y se atisban mayorías alternativas.
En segundo lugar, muestra una vez más la debilidad de las convicciones democráticas de esta derecha nuestra, que cuando intuye que las cosas no van a salir como le gustaría —como debe ser, porque identifican ambas cosas con demasiado desenfado— comienza a maniobrar para subvertir los resultados, aun a costa, si hace falta, de componendas o pucherazos. Siguen anclados en el siglo XIX. Ni siquiera tienen el fondo de armario ideológico suficiente como para haber asimilado el bagaje intelectual de la derecha del siglo XX (aunque alguna complicidad han tenido con la más perversa o sanguinaria).
Una vez más, Sanz consigue avergonzar a buena parte de la opinión pública navarra, quedar en ridículo fuera y demostrar que carece de cualquier respeto a Navarra, su ciudadanía y sus instituciones. Involucra a la monarquía, a la Iglesia (Sebastián siempre estará dispuesto a rezar por la Navarra de siempre) y a quien haga falta en sus delirios histéricos y ultramontanos. Dice querer blindar Navarra, quizá para poder saquearla (en lo poco que queda ya por vender) con mayor soltura e impunidad. Van a hacer falta años de trabajo para reparar el daño al régimen foral y a esos servicios que son la base del bienestar de la sociedad a que ha conducido un gobierno tan vociferante e irresponsable como falto de ideas y programas. Puede que Sanz aspire a ser Cánovas (o Gamazo, porque parece no tener muy claros algunos conceptos). Pero se queda en trasunto patético del conde de Lerín, ese personaje escaso de escrúpulos y sobrado de desparpajo que vendió Navarra (éste sí que la vendió) y se ganó merecidamente un puesto de honor en nuestra particular historia de la infamia.
(Diario de Noticias, 28 de abril de 2007)
miércoles, 14 de marzo de 2007
¡Ya viene, oro y hierro, el cortejo de los paladines!
Los comentarios del lehendakari Sanz sobre el polígrafo revelan un cabal conocimiento de su uso y funcionamiento, fruto quizá de un intenso seguimiento de los programas televisivos dedicados a la cosa. Si a ello unimos el tiempo que, con toda seguridad, dedica a cultivarse (es de sobra conocida su pertinaz afición a las lecturas sesudas), nos entra la duda de cuánto tiempo le quedará libre para gobernar. O quizá el alivio de que sólo le quede ese tiempo disponible. A saber hasta dónde llegaría con una mayor dedicación, máxime cuando parece estar empeñado en hacer cierta la profecía de Shakespeare y que Navarra sea el asombro del mundo: para aprender ni siquiera hará falta ir a Estados Unidos: eso que se ahorrarán andaluces y extremeños en pasajes. Y si la famosa frase nos parece ambigua, ya está Payne, frecuentador y adulador de los apologistas del franquismo, para decir (citado por Del Burgo) que Navarra será en las próximas elecciones “la región más importante del occidente europeo”; ahí es nada.
Y nunca mejor traído el chascarrillo del polígrafo que a cuenta de la manifestación del 17 de marzo, porque habría que ver “lo que diría” el artefacto al ser interrogado, por ejemplo, Rajoy sobre quién la ha ideado o sus motivos reales. Porque de lo visto y oído, se concluye que, además de intentar tumbar al gobierno en las barricadas (el PP intentando reeditar la Comuna de París), su objetivo es remachar que Navarra será lo que los navarros “y el resto de los españoles” (sobre todo el resto de los españoles) quieran. Afortunadamente, el lehendakari ha demostrado una vez más su extraordinario sentido de la oportunidad. Gracias a él, nos esperan unas semanas entretenidas que compensarán, seguro, el tedio que suele acompañar las campañas electorales.
Haciendo gala de hábitos saludables (mens sana in corpore sano, que diría Juvenal) los fastos de la reconquista comienzan con una marcha, a medio camino entre la Pasarela Cibeles y el Desfile de la Victoria. De forma natural, casi sin pretenderlo, acontecimientos tan magnos como el que se prepara suscitan remembranzas de hechos pasados, con los que inmediatamente surgen las analogías. Propondría tres: uno dramático, otro contrafactual o virtual y el tercero ridículo.
La primera similitud que viene a las mientes es también un paseo, el que se diera por Pamplona el infausto y triunfante Conde de Lerín un 24 de junio de 1512. Papel estelar representado en esta ocasión tan especial por el lehendakari Sanz, que sabrá aportar la desfachatez y el desparpajo que el personaje requiere y el guión exige. Ambos comparten esa catadura que ha pasado a la historia con el nombre del noruego Quisling. Junto a él, un Duque de Alba —caudillo militar enviado para poner las cosas en su sitio y restablecer el orden “como Dios manda” (nunca mejor dicho, habiendo bula papal de por medio)— remedado por Rajoy el de la barba florida, acompañado —cómo no— de Mayor Oreja en el papel del servicial Villalba. El dramatis personae se completa con algunos papeles menores, atribuidos —no sin riesgo, por su propensión al histrionismo y la sobreactuación— a Aguirre y San Gil.
La segunda similitud es virtual, es decir, lo que pudo ser y no fue. Hace unos meses Sanz amenazó —puerilmente, en la forma y el contenido— al gobierno de Zapatero con una nueva Gamazada. Conviene aclarar que usualmente se denomina así a lo que en realidad fue la “contragamazada”, esto es, la oposición a las medidas previstas por el ministro Gamazo y que eliminaban la autonomía fiscal de Navarra. Se celebró entonces una manifestación convocada por la Diputación Foral, que transcurrió entre ikurriñas y banderas rojas “separatistas”, a los sones del Gernikako arbola.
Dada la facilidad con que el lehendakari se deja traicionar por el subconsciente, así como su reconocida capacidad para plantearse cosas notoriamente complicadas (como bailar el Agur jaunak), no peca de audaz suponer que lo que realmente quería era organizar la manifestación que Gamazo —de haber tenido el pedigrí pancartero de nuestra derecha—hubiera convocado en Pamplona para celebrar la dilución del régimen foral y de la identidad de Navarra, bien arropado por supuestos ilustrados que confunden modernidad con uniformidad y no conciben la libertad si no es cargando de cadenas al prójimo. La presencia en la manifestación de reconocidos amigos del régimen fiscal de Navarra (Rajoy, Foro Ermua) así lo acredita. Ni siquiera hará falta la efigie de Gamazo: será la presencia más tangible de todas. Más, desde luego, que la de Alli; si le sirve de algo, en Lagartera hacen unos trajes particularmente apropiados para no pasar desapercibido (también puede ser que a esas alturas del evento ya no sepa dónde meterse).
Aún hay una referencia más: la manifestación que convocó Amadeo Marco en 1977, a punto ya de su jubilación, revindicando nada menos que la “reintegración foral plena”. A esas alturas, cuando los residuos del franquismo se apuntaban a la vía fraguista (salvo unos pocos resistentes inasequibles al desaliento) y teniendo en cuenta el significado del personaje, sonaba más a un experimento, versión foral de la república de Saló, que a un verdadero afán de modernización y autogobierno. Pasados los años del hambre, ni el señuelo del bocadillo sirvió para arropar al adusto convocante.
Sanz podrá quedarse con el precedente que quiera. Pero ninguno se compadece con el lema de la manifestación ni con los motivos que, machaconamente, una y otra vez, repiten él, Alli, Rajoy y toda la caverna mediática.
Volviendo a la televisión y al polígrafo, no dejo de preguntarme qué pasaría si al lehendakari Sanz le colocaran el artefacto. En un episodio de Los Simpson, Homer es sometido a una prueba del polígrafo. Mientras lo preparan, una operadora le explica su funcionamiento. Cuando ha terminado, pregunta: “¿Ha entendido?” Homer responde sin titubear con un rotundo “sí”. Ante esa respuesta, la máquina se incendia y explota. Pues eso.
Y nunca mejor traído el chascarrillo del polígrafo que a cuenta de la manifestación del 17 de marzo, porque habría que ver “lo que diría” el artefacto al ser interrogado, por ejemplo, Rajoy sobre quién la ha ideado o sus motivos reales. Porque de lo visto y oído, se concluye que, además de intentar tumbar al gobierno en las barricadas (el PP intentando reeditar la Comuna de París), su objetivo es remachar que Navarra será lo que los navarros “y el resto de los españoles” (sobre todo el resto de los españoles) quieran. Afortunadamente, el lehendakari ha demostrado una vez más su extraordinario sentido de la oportunidad. Gracias a él, nos esperan unas semanas entretenidas que compensarán, seguro, el tedio que suele acompañar las campañas electorales.
Haciendo gala de hábitos saludables (mens sana in corpore sano, que diría Juvenal) los fastos de la reconquista comienzan con una marcha, a medio camino entre la Pasarela Cibeles y el Desfile de la Victoria. De forma natural, casi sin pretenderlo, acontecimientos tan magnos como el que se prepara suscitan remembranzas de hechos pasados, con los que inmediatamente surgen las analogías. Propondría tres: uno dramático, otro contrafactual o virtual y el tercero ridículo.
La primera similitud que viene a las mientes es también un paseo, el que se diera por Pamplona el infausto y triunfante Conde de Lerín un 24 de junio de 1512. Papel estelar representado en esta ocasión tan especial por el lehendakari Sanz, que sabrá aportar la desfachatez y el desparpajo que el personaje requiere y el guión exige. Ambos comparten esa catadura que ha pasado a la historia con el nombre del noruego Quisling. Junto a él, un Duque de Alba —caudillo militar enviado para poner las cosas en su sitio y restablecer el orden “como Dios manda” (nunca mejor dicho, habiendo bula papal de por medio)— remedado por Rajoy el de la barba florida, acompañado —cómo no— de Mayor Oreja en el papel del servicial Villalba. El dramatis personae se completa con algunos papeles menores, atribuidos —no sin riesgo, por su propensión al histrionismo y la sobreactuación— a Aguirre y San Gil.
La segunda similitud es virtual, es decir, lo que pudo ser y no fue. Hace unos meses Sanz amenazó —puerilmente, en la forma y el contenido— al gobierno de Zapatero con una nueva Gamazada. Conviene aclarar que usualmente se denomina así a lo que en realidad fue la “contragamazada”, esto es, la oposición a las medidas previstas por el ministro Gamazo y que eliminaban la autonomía fiscal de Navarra. Se celebró entonces una manifestación convocada por la Diputación Foral, que transcurrió entre ikurriñas y banderas rojas “separatistas”, a los sones del Gernikako arbola.
Dada la facilidad con que el lehendakari se deja traicionar por el subconsciente, así como su reconocida capacidad para plantearse cosas notoriamente complicadas (como bailar el Agur jaunak), no peca de audaz suponer que lo que realmente quería era organizar la manifestación que Gamazo —de haber tenido el pedigrí pancartero de nuestra derecha—hubiera convocado en Pamplona para celebrar la dilución del régimen foral y de la identidad de Navarra, bien arropado por supuestos ilustrados que confunden modernidad con uniformidad y no conciben la libertad si no es cargando de cadenas al prójimo. La presencia en la manifestación de reconocidos amigos del régimen fiscal de Navarra (Rajoy, Foro Ermua) así lo acredita. Ni siquiera hará falta la efigie de Gamazo: será la presencia más tangible de todas. Más, desde luego, que la de Alli; si le sirve de algo, en Lagartera hacen unos trajes particularmente apropiados para no pasar desapercibido (también puede ser que a esas alturas del evento ya no sepa dónde meterse).
Aún hay una referencia más: la manifestación que convocó Amadeo Marco en 1977, a punto ya de su jubilación, revindicando nada menos que la “reintegración foral plena”. A esas alturas, cuando los residuos del franquismo se apuntaban a la vía fraguista (salvo unos pocos resistentes inasequibles al desaliento) y teniendo en cuenta el significado del personaje, sonaba más a un experimento, versión foral de la república de Saló, que a un verdadero afán de modernización y autogobierno. Pasados los años del hambre, ni el señuelo del bocadillo sirvió para arropar al adusto convocante.
Sanz podrá quedarse con el precedente que quiera. Pero ninguno se compadece con el lema de la manifestación ni con los motivos que, machaconamente, una y otra vez, repiten él, Alli, Rajoy y toda la caverna mediática.
Volviendo a la televisión y al polígrafo, no dejo de preguntarme qué pasaría si al lehendakari Sanz le colocaran el artefacto. En un episodio de Los Simpson, Homer es sometido a una prueba del polígrafo. Mientras lo preparan, una operadora le explica su funcionamiento. Cuando ha terminado, pregunta: “¿Ha entendido?” Homer responde sin titubear con un rotundo “sí”. Ante esa respuesta, la máquina se incendia y explota. Pues eso.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)