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martes, 15 de enero de 2008

Sobre el vial de Irubide

Publica estos días la prensa (ver Diario de Noticias del 15 de enero) que vecinos de la Txantrea han recurrido ante el Tribunal Administrativo de Navarra la aprobación definitiva del Plan Parcial Chantrea Sur, cuyo elemento central es el vial de Irubide. Se quiere presentar este vial como un cierre adecuado para el borde sur de la Txantrea y excusa para la construcción de viviendas (la gran coartada para los desmanes urbanísticos). Sin embargo, tal como está concebido y salvo modificaciones cosméticas para hacerlo más presentable, se trata de un vial de gran capacidad (dos carriles en cada sentido con mediana de separación). Su carácter de vía rápida se ve favorecido porque únicamente se prevén dos rotondas y en el tramo más próximo a Irubide. Se erige, pues, en una auténtica barrera entre la zona verde prevista (sólo prevista, habrá que ver si no es un señuelo para calmar de momento a los vecinos) y las casas.

¿Cuál es su finalidad? Además de esa función de «cierre», sería estrictamente vecinal. Pero para eso no hace falta un vial de gran capacidad. Habría que ver incluso si es necesaria la vía, aunque sea en forma de boulevard, como en su día propuso el PSN. Pero si se observa el mapa de Pamplona, se ve claramente que forma parte de un eje, parcialmente construido ya, que iría desde la variante de Burlada hacia San Jorge, San Juan o Landaben, pasando por El Vergel y el puente de las Oblatas, por lo que es susceptible de recoger elevados flujos de tráfico. El proyecto presentado es parcial, esto es, se ignora (quizá deliberadamente) el resto del trazado, de forma que terminaría a la altura del puente de la Txantrea en una vía de un carril en cada sentido, generándose un estrangulamiento, sobre todo para el tráfico que fuera en dirección al puente de El Vergel.

Es de prever, pues, que la siguiente actuación a proponer sería la continuación del vial hasta dicho puente, seguramente con un cambio de trazado respecto de la actual calle del Vergel (sinuosa y necesitada de intervenciones para convertirla no en un vial, sino en una vía urbana transitable en condiciones adecuadas por peatones). De modificarse el trazado, se invadiría, para colmo, una zona de alto valor ambiental y paisajístico destinada a actuar como pulmón verde de la ciudad (el meandro de Aranzadi), afectando probablemente al centro de educación especial y la residencia para la tercera edad allí localizados. Además, se crearía una nueva barrera entre San Pedro-Txantrea y las murallas (y por tanto el centro de la ciudad), que se verían igualmente agredidas. Por supuesto, el tráfico generado por el vial alcanzaría también a la Rotxapea (calle Río Arga hasta el puente de las Oblatas), una vía que también discurre entre las casas y una zona verde (el parque fluvial), con los riesgos que conlleva.

Sin olvidar que el proyecto afecta a una zona, el meandro de la Magdalena, cuyo uso y diseño final ha de ser cuidadosamente planeado, delimitándose la edificabilidad y preservándola como zona verde y de esparcimiento de alta calidad. No hay que descartar que todo esto no sea más que el primer movimiento para su urbanización completa, lo que constituiría una mala noticia.

En suma, la esencia del asunto es que se construye una vía de gran capacidad para conectar dos extremos del área urbana, atravesando el centro de la misma y afectando a zonas verdes de gran valor (Magdalena, Irubide, Aranzadi). Una barbaridad atendiendo a los cánones admitidos sobre diseño urbano, movilidad y sostenibilidad y que se agudiza en el caso de Pamplona, como ya ha reconocido la propia Mancomunidad, donde una política salvaje de aparcamientos en el centro y de fomento de la movilidad en vehiculo privado ha colapsado amplias zonas de la ciudad y genera enormes costes ambientales y para la calidad de vida de la población.

miércoles, 16 de mayo de 2007

Barcinópolis o la negación de la ciudad

La idea de ciudad está ligada a la de comunicación humana en su forma más avanzada y así se ha venido formulando desde hace siglos. Incluso en el ámbito de la árida y fría economía, la explicación última de la existencia de las ciudades suele atribuirse —por banal que parezca— a la necesidad que los humanos tienen de relacionarse con sus semejantes. No está de más recordarlo porque, bien pensado, es sorprendente que la ciudad conserve ese papel cuando objetivamente se hace lo posible para que lo pierda, cuando se despueblan los centros en favor de espacios puramente comerciales en las afueras (a los que, para colmo, sólo se accede en coche), donde la interacción, la relación interpersonal, deviene en tráfico mercantil y queda supeditada al puro consumo.

Estas reflexiones pueden parecer inconvenientes —y más en un medio tan mudable y fugaz como la prensa diaria— por demasiado abstractas. Pero no es ocioso ni fútil detenerse en ellas, porque son las que realmente nos darán la medida de las cosas concretas. Y son particularmente oportunas ahora que se acercan las elecciones municipales. De lo que resulte el 27 de mayo dependerá el modelo de ciudad que disfrutaremos o padeceremos los próximos años. Modelo que, además, no se desprende de lo que las distintas opciones expresan en sus programas electorales, cuñas publicitarias, panfletos (incluso los distribuidos contra derecho por el propio Ayuntamiento) y hasta tramposas campañas institucionales.

Habrá quien no se canse en estas semanas de exhibir logros, obras, esto es, cemento, losas (ese gris barcina), sin plantear —y mucho menos responder— a preguntas tan básicas como por qué, para quién o a qué coste (no sólo monetario). Asistimos a la puesta de primeras piedras de edificios casi terminados, inauguraciones de garajes privados como si fueran públicos, de cascarones vacíos que algún día serán museos y otros despropósitos cuyo fin último es confundir al ciudadano y llevarle a conclusiones erróneas. Si nos fiamos de la propaganda, se puede llegar fácilmente a la conclusión de que el actual equipo municipal lleva gobernando dos meses. El resto de la legislatura es un enorme agujero negro, dedicado quizá a los preparativos de un frenesí inaugurador —reflejo sociológico e ideológico de aquellos buenos tiempos (dicen los vates de UPN) de los generalitos pantaneros— que sólo se explica dando por buena la premisa de la estupidez como rasgo distintivo de la ciudadanía.

Por ejemplo, ¿sabemos cuántas de las innumerables obras e iniciativas que se exhiben últimamente en Pamplona son atribuibles al actual equipo municipal? ¿Sabemos si obedecen al interés público o sólo al afán de generar beneficios privados? ¿Conocemos su coste real? ¿Somos conscientes de que el justamente denominado «lucro incesante» de la plaza del Castillo va a costar (nos va a costar) seis millones de euros (más de treinta euros por cabeza; que tiemblen las familias numerosas) como consecuencia de una alcaldada? Por cierto, que en su momento Barcina tildaba a quienes se oponían al aparcamiento de algo así como incautos atrapados por manipuladores: una prueba más de la idea que tiene de la capacidad de discernimiento de la ciudadanía. Alguien dijo que la falta de conciencia histórica incapacita para la experiencia emocional de la obra de arte arquitectónica. Si a ello se une el autoritarismo, se llega con naturalidad a la destrucción como forma suprema de ejercicio del poder y afirmación de la propia autoridad, lúbrica entrega a un placer desenfrenado y salvaje. El caso del aparcamiento es buena prueba de ello.

Hay más anécdotas que revelan claramente ese talante autoritario. Por ejemplo, el monumento al encierro. Pocas esculturas habrá tan adecuadas para estar a pie de calle. El propio escultor ha reconocido que está pensada para ser vista desde arriba y ha pedido que se levante una grada para ello. Lejos de ello, Barcina la ha colocado bien alta, alejada del público, distante y hasta vigilada: Arnold Hauser, notable historiador social del arte, considera marcos, proscenios, podios y pedestales elementos definitorios del arte en las autocracias. A no ser, claro, que lo que se pretenda sea mostrar la dotación gonadal de los animalitos, símbolo por excelencia de la reciedumbre ibérica.

Para ser justos, hay que reconocer a Barcina un mérito en sus años de alcaldesa, y es que ha facilitado el tránsito peatonal por el centro de la ciudad: lo ha dejado tan congestionado, con el tráfico tan atascado a cualquier hora, que se puede cruzar por donde a cada cual le apetezca. Mejor, desde luego que donde hay semáforos, porque hace falta estar en buena forma para cruzar la avenida de la Baja Navarra en veinte segundos.

Es habitual cantar las excelencias de Pamplona; las paisajísticas son evidentes cuando, como ahora, estalla la primavera y se desparrama en lujuriosa y abigarrada variedad cromática, con el verde como rey indiscutible. Pero si se piensa bien, y contra lo que pudiera parecer, es una ciudad de escasa fortuna: sus mayores tesoros, sus elementos definidores, han sobrevivido por pura casualidad y, demasiado a menudo, a pesar de sus gestores. Por ejemplo, las murallas se conservan porque carecen de atractivo inmobiliario. De hecho, desaparecieron precisamente en la meseta, allí donde la ciudad podía prolongarse sin obstáculos orográficos, para dar lugar, sucesivamente, a los tres ensanches. La Rochapea, extramural y transrúnica, queda para huertanos (cada vez menos: el signo de los tiempos) y trabajadores, como la Chantrea, la Milagrosa y tantos otros barrios cuya identidad proletaria es bien visible en los pecados urbanísticos que a su costa se perpetraron (para todo hay clases). Y quedan dos meandros del Arga como quien dice vírgenes (¿se puede ser casi virgen?) por pura causalidad: de tan ciego, al mercado se le escapan cosas. De seguir Barcina en la alcaldía, cabe aventurar que por poco tiempo. El vial de Iru Bide es el primer mordisco a la Magdalena y habrá quien se prometa un banquete pantagruélico.

Tal como están las cosas, nos hallamos ante una encrucijada y el camino que se tome será vital para el futuro de Pamplona. Dice el escritor belga Stefan Hertmans que «tan pronto como empezamos a sentirnos en casa en una ciudad extraña, esa ciudad empieza a sufrir un proceso de desaparición. Al cabo de diez días, recorremos las calles principales con los ojos cerrados, porque aparece la meta en lugar del trayecto». Barcina ha conseguido que lo que en otros lugares es pura familiaridad con el entorno, en Pamplona sea una reacción defensiva (la de cerrar los ojos) para no ver ese ente inhóspito, esa no-ciudad, en que nos la ha convertido. Ahora toca aplicarse a la tarea.

(Diario de Noticias, 16 de mayo de 2007)

jueves, 15 de febrero de 2007

Gris Barcina

Cuando el régimen franquista lanzó a principios de los sesenta la campaña de los 25 años de paz (la de los cementerios, el atraso, el hambre y la mediocridad), la República era el punto de referencia obsesivo. Se trataba de mostrar que se habían superado sus niveles en todos los aspectos de la vida social y económica. España fabricaba más tractores, más camiones, más de todo que la República (significativamente contraponían España a República) . Con tanto boato propagandístico el régimen reconocía, aunque le pesara, que se habían hecho tan mal las cosas que fue necesario un cuarto de siglo para llegar a los niveles de 1936.

Al equipo municipal de UPN en el Ayuntamiento de Pamplona (quizá habría que decir Yolanda et alii, dada la aireada capacidad de la futura —y esperemos que próxima— ex alcaldesa para crear equipos y trabajar con ellos) parece traicionarle el subconsciente ahora que se aproximan las elecciones. Y al tiempo que pone la ciudad patas arriba, levantando cuantas calles haga falta para demostrar fehacientemente que son suyas (el subconsciente traidor una y otra vez), se lanza a airear logros que, huérfanos de datos para comparar, pueden aparecer espectaculares, pero que se revelan magros, insulsos e insuficientes a nada que se escarbe.

Así, se exhiben los miles de metros cuadrados de zonas peatonales que se han creado, las plazas de aparcamiento construidas o las zonas verdes habilitadas. Y aún admitiendo que los pocos datos disponibles sean correctos y correspondan a la iniciativa del régimen barciniano (hay mucha desmemoria en lo de atribuirse méritos ajenos y despojarse de deméritos propios), en ninguna de las facetas se puede decir que la Administración municipal haya sido pionera o adelantada. En la mayoría de los casos, incluso, ha ido con considerable retraso y a remolque de las circunstancias. Compárese si no la situación de Pamplona, cuya tímida peatonalización no ha hecho más que bosquejarse, con la de ciudades similares en tamaño, algunas muy próximas. Sin hablar de los motivos, que en Pamplona parecen tener que ver no tanto con planes y políticas, como con deshacer entuertos causados por otros, socializar pérdidas (el extraño concepto de fraternidad de la derecha) o generar beneficios, éstos sí, privados.

Quizá el barcinato ha servido para renovar el césped en alguna glorieta o jardincillo, pero el bagaje que pueden exhibir en materia de zonas verdes después de ocho años es más bien escaso. Por contra, destaca sobremanera el afán por meter las excavadoras en lugares hasta ahora vírgenes, como los meandros del Arga o Santa Lucía. Ha habido, es cierto, una actividad frenética de construcción de plazas de aparcamiento, sin ninguna planificación ni estudios sobre sus efectos en la congestión del tráfico y la contaminación ambiental y acústica, e incluso contra el parecer de la Mancomunidad, porque dificulta la mejora del transporte público. Se han llegado a negociar adjudicaciones directas al quedar desiertos los concursos, con una opacidad completa sobre las condiciones. Corresponde también a Barcina el mérito de haber perpetrado el mayor expolio del patrimonio histórico y cultural de la ciudad y de Navarra, para realizar una obra ilegal que va a costar a las arcas de la ciudad varios millones de euros. O haber cedido a precio de saldo un solar en el centro de la ciudad y dos calles para construir una barraca de obra de dudoso gusto.

El transporte público no sólo se deteriora por el aumento de la congestión derivada de la facilidad de aparcamiento, sino porque la existencia de amplias zonas y franjas horarias desatendidas obliga a muchos usuarios potenciales a recurrir al transporte privado. Una medida que objetivamente era necesaria, como es la ampliación de las licencias de taxi, parece que ha respondido más a la obtención de ingresos para financiar el plan de transporte comarcal que a una auténtica voluntad de planificación. Se podrá objetar que la competencia en la materia no es del Ayuntamiento, y es bien cierto; pero éste es un agente fundamental en el diseño de las política de transporte público comarcal y la propia Mancomunidad está en manos de la misma coalición que gobierna el Ayuntamiento de Pamplona.

En el debe de ese régimen de Barcina, tan agudamente descrito como regencia, están también las escuelas infantiles. Al número claramente insuficiente de plazas (que castiga sobre todo, guste o no reconocerlo, a la mujer), se añade el deterioro de la calidad derivado de la
persistencia en la externalización del servicio, algo que también padecen (hay ejemplos clamorosos) las personas mayores.

En lo que afecta a la mujer, se ha renunciado a desarrollar una política de igualdad tan necesaria cuando siguen plenamente vigentes problemas como los malos tratos, la discriminación salarial o la distribución sexista de roles en el hogar y en otros ámbitos. Incluso la alcaldesa eliminó la Concejalía de la Mujer para adscribir sus competencias a servicios sociales: un guiño de otros tiempos, cuando se equiparaban mujeres, menores e incapaces. Y mientras se reducen las ayudas a acciones para promover la igualdad, como si ya no fueran necesarias, no hay actuaciones municipales dirigidas a ese fin.

Podrá recurrir la alcaldesa al manido truco de concentrar las actuaciones unos meses antes de las elecciones, algo que nunca se había hecho con tanto descaro. Podrá igualmente organizar festejos inusitados para inaugurar lo que debería estar hace tiempo hecho, aun haciendo el ridículo: ascensores que se estropean nada más estrenarlos, primeras piedras de edificios ya bien asentados, carril bici donde no es necesario y a costa de la tala de árboles. Podrá, en fin, llenar la ciudad de plaquitas a mayor gloria suya y de los suyos. Hasta Ramsés II se dedicó a inventarse victorias y atribuirse méritos ajenos. O el mismo Franco, pertinaz inaugurador de pantanos diseñados por otros. Pero la principal herencia de Barcina es, sin duda, ese gris que lo invade todo y se cuela por los menores resquicios como un cáncer. El gris es matiz, cierto, pero es también el Nodo, la mediocridad, la ausencia de proyectos.

En la ciudad del verde Pamplona, que no es sino azul descolorido, el gran legado de la futura —y esperemos que próxima— ex alcaldesa es el gris Barcina.

(Diario de Noticias, 15 de febrero de 2007)