Borbonear. Esa es la palabra clave en todo el embrollo en que se va enredando más y más la monarquía del 18 de julio. Es un verbo transitivo y se conjuga como amar. Tiene la peculiaridad de contar en cada momento histórico (a veces incluso mediando exilio) con un único sujeto, Borbón para más señas. Sólo él (el sujeto, que puede ser ella) borbonea a quien quiere, puede o se deja. Por supuesto, el contenido del vocablo varía al no estar normativizado. Hay quien lo asocia a la habilidad y campechanía que, dicen (es lo que tiene adobar un ya de por sí rico vocabulario con muchos tacos), caracterizan a los integrantes de la casa de Borbón. En términos generales, digamos que se refiere a la intervención directa en política, aunque sea —¿queda otra vía en una monarquía parlamentaria?— mediante la manipulación y el engaño. Juan de Borbón recogía la acepción de «manipular a las gentes, de engatusarlas, de engañarlas, de utilizarlas en provecho propio, astuta, aviesamente» (sorprende la utilización de unos términos con connotaciones tan negativas; quizá sea porque, al mismo tiempo, presuponen alguna sutileza e inteligencia, saltándose la evidencia contrastada de una idiosincrasia familiar que va por otros derroteros).
El paradigma de Borbón borboneador es Alfonso XIII. Claro que se le fue la mano y se quedó sin trono, enfrentado al exilio y al cese temporal (hasta su muerte) de la convivencia con su mujer (ahora se dice así), que no le perdonaba sus muchas infidelidades: paradojas de la majestad católica. Juan de Borbón intentó borbonear a Franco, cuyo entusiasmo por el protocolo monárquico le impedía dejar de ser su protagonista, lo que obligó a los aspirantes a la sucesión a hacerse agradables a los ojos del Señor (y de la Señora), desde la distancia de Ayete o deambulando por los salones de El Pardo.
El Borbón reinante mantuvo un perfil bajo mientras duró el complejo de falta de legitimidad de la monarquía, que surge (también en lo que afecta a su titular) como resultado de la voluntad soberana de un dictador y es «validada» mediante su inclusión en la Constitución, que se convierte así en trágala de un chantaje obsceno. Con la victoria del PP esa discreción se rompió y hubo algún intento de borbonear a Aznar, malogrado por la arrogancia de éste, siempre dispuesto a dejar claro quién mandaba y humillar al jefe del Estado.
A estas alturas ya habrá descubierto que con los socialistas su posición es más confortable. Llegarán adonde haga falta (incluso a envolverse en la bandera monárquica) con tal de evitar perturbaciones en su ejercicio del poder o ganar algunos votos a la derecha. Con su habitual desparpajo revestido de ingenuidad, Zapatero terminará por hacer creer que la monarquía es de izquierdas y la república cosa de falangistas y del irredentismo episcopal.
La reacción ante la caricatura de El Jueves tiene distintas lecturas. Puede ser, como se ha apuntado reiteradamente, una muestra de nerviosismo. Pero también de arrogancia por parte de quien se siente ya bien instalado y seguro. Si el matrimonio Borbón-Ortiz sintió mancillado su derecho al honor y a la propia imagen, debería haberlo denunciado y no servirse de la fiscalía. Si ésta tuviera que intervenir cada vez que un famoso estima que alguien se entromete en su honor, no ganaríamos para fiscales. Por cierto, que resulta llamativa la reacción de gran parte de esa progresía de salón —PSOE y aledaños incluidos— que todo lo invade, defendiendo la libertad de expresión pero arremetiendo a continuación contra el mal gusto de los dibujantes o la inoportunidad de la caricatura. Lo cierto es que unía con tino y pericia gráfica la crítica a una medida gubernamental más que discutible y a una institución parasitaria en su esencia, cuyos beneficios para la sociedad, se diga lo que se diga, no son en absoluto evidentes. Sonado enredo del que, mal que bien, se intentó salir con el argumento (difundido por la prensa bienpensante, la rosa y el propio Gobierno) de que el Rey trabaja, y mucho. Sintomático.
Con motivo de la visita del jefe del Estado a Girona, hay manifestaciones republicanas en las que se queman fotografías del Rey. Nuevamente, las reacciones más sorprendentes, por virulentas y acomplejadas, vienen de un sector necesitado, al parecer, de hacerse perdonar pasadas veleidades republicanas; o poco dispuesto a que se le perturbe en sus bien ganadas posiciones. Actos así son más habituales de lo que el pensamiento único está dispuesto a reconocer, aunque es ahora cuando se le da relevancia, quizá para intentar apuntillar el activismo republicano. Pero llama la atención que no sea eso lo que más molesta al Rey, al decir de algunos, sino la campaña de la extrema derecha pidiendo su abdicación (entiéndase, no un cambio de régimen). Al fin y al cabo, de los republicanos no va a esperar gran cosa, pero sí de la jerarquía eclesiástica y ciertos grupos empresariales. Hay que saber elegir mejor a los amigos.
El Gobierno y sus corifeos pretenden minimizar la importancia del pensamiento republicano, metiendo a todos en el mismo saco y de paso intentando que el PP dé algún mal paso que le comprometa con su electorado natural. Las protestas antimonárquicas son, dicen, cosa de grupúsculos radicales de extrema izquierda y algún periodista de la extrema derecha. Quizá fruto del nerviosismo que empieza a cundir, el Rey se lanza —cosa inédita y hasta sorprendente— a justificar la monarquía y su propio puesto, por sus pretendidos beneficios para el país, planteando un silogismo falaz: los últimos treinta años han sido los más prósperos y estables en la historia de España; el sistema de gobierno de esos treinta años ha sido la monarquía; luego la monarquía es la causa del mayor período de estabilidad y prosperidad de la historia de España. Pueril.
Con tanto vaivén, el Rey se ha ido acostumbrando a intervenir por su cuenta, a hacer y decir, a salirse de su papel institucional, en suma, a borbonear. Y termina metiendo la pata. Del tuteo a Chávez se ha hablado ya mucho. De la inoportunidad de su intervención (aunque fuera para que Zapatero siguiera en el uso de la palabra) también. Su salida de la sala es, quizá, aún más grave. Pero lo que de verdad está sin explicar es por qué asiste a esas reuniones, cuando carece de competencias y de responsabilidad (jurídica).
La perspicacia no va a ser rasgo definitorio de la dinastía más destronada de la historia. El borboneo termina dando malos resultados: Alfonso XIII se quedó sin trono, Juan de Borbón nunca lo obtuvo... ¿qué será, en esta tesitura borboneadora, de Juan Carlos Capeto?
miércoles, 21 de noviembre de 2007
miércoles, 7 de noviembre de 2007
La oportunidad perdida con EHN
En octubre de 2004 se cerró un acuerdo en virtud del cual Acciona adquiría el 50% del capital de Energía Hidroeléctrica de Navarra (EHN) a Sodena (39,58%) y Caja Navarra (10,42%). De esta manera Acciona se convertía en propietario único de EHN, puesto que en 2003 ya había adquirido el otro 50% a Cementos Portland (21%), Sodena y Caja Navarra (17%), así como la autocartera generada tras la retirada de Iberdrola (12%). Acciona es un conglomerado diversificado que, en el momento de su entrada en EHN contaba con una potencia instalada en energía eólica de 138 megavatios, frente a los 573 megavatios de EHN.
La operación suscitó considerable polémica, por su justificación, por el procedimiento seguido —de dudosa legalidad— y por el uso que se dio a los 307 millones de euros en plusvalías obtenidos por el Gobierno de Navarra, invertidos en Iberdrola en unas condiciones más que discutibles. Entre las razones para justificar la venta, se adujo que ya había sido completado el mapa eólico de Navarra o que el plan estratégico de EHN preveía unas inversiones de 2.000 millones de euros que el sector público navarro no podía asumir. Y, sobre ellas, la fundamental, la más esclarecedora: era, en palabras de Sanz, «positiva para los intereses generales de los navarros». Dejando aparte esta última, por vacía e inconsistente, las otras dos tampoco tienen demasiada enjundia y parecen más bien dictadas por la necesidad de decir algo: la primera porque EHN estaba ya experimentando una expansión que, en la medida en que podía permitir la adquisición de una dimensión adecuada para enfrentarse a las necesidades financieras que impone mantenerse tecnológicamente en puestos de cabeza, ha de ser considerada saludable; la segunda, porque el mencionado plan fue elaborado estando ya Acciona en EHN y, seguramente, atendiendo a sus intereses corporativos.
No es raro que una empresa llegue a un punto en su existencia en el que se enfrente a la disyuntiva de dar el salto más allá de su mercado de origen (muchas veces regional o local) o desaparecer en el torbellino de la competencia internacional. Es, pues, una cuestión de pura supervivencia, que puede asegurarse (de tener éxito) por dos vías: el crecimiento a partir de los propios recursos o la integración en una empresa o grupo más grande, a menudo multinacional. El grupo cooperativo de Mondragón (con 4.000 empleos en Navarra) es un ejemplo de lo primero; la fuerte presencia de multinacionales en Navarra refleja, en parte, lo segundo). Que se opte por una u otra vía depende tanto de la idiosincrasia empresarial como del contexto, es decir, del sesgo de la política industrial y tecnológica (cuando existe).
Tradicionalmente la políticas de fomento han consistido en Navarra en la atracción de inversiones foráneas. Ello ha dado buenos resultados y ha permitido un crecimiento sostenido, con sus efectos ya conocidos sobre la renta y el empleo. A cambio, los centros de decisión están fuera. Además, los grupos multinacionales tienden a localizar sus actividades de I+D allí donde se ubica la sede social de la empresa, normalmente su lugar de origen. Navarra puede terminar, como consecuencia de este proceso, reducida a una región puramente manufacturera, con el riesgo consiguiente —esta vez sí— de deslocalización.
EHN reunía las condiciones para superar estos dos obstáculos. Por un lado, podía haber sido el centro de un grupo industrial potente con centro en Navarra (toma de decisiones, I+D); por otro, constituir el motor del desarrollo tecnológico en un campo tan sensible y con tantas posibilidades de futuro como el de las energías alternativas. A pesar del compromiso de Acciona, las decisiones de mayor trascendencia ya no se toman aquí y, en cualquier caso, se está al albur de la conveniencia de una empresa cuyo grado de compromiso puede variar por circunstancias que quedan fuera del control del Gobierno de Navarra. Cuando tantos gobiernos desearían tener una herramienta como EHN para incidir en el desarrollo económico y tecnológico, en Navarra se desperdicia con razones, las oficiales, de escaso fuste.
(Publicado en El Debate de Navarra el 10 de noviembre de 2007)
La operación suscitó considerable polémica, por su justificación, por el procedimiento seguido —de dudosa legalidad— y por el uso que se dio a los 307 millones de euros en plusvalías obtenidos por el Gobierno de Navarra, invertidos en Iberdrola en unas condiciones más que discutibles. Entre las razones para justificar la venta, se adujo que ya había sido completado el mapa eólico de Navarra o que el plan estratégico de EHN preveía unas inversiones de 2.000 millones de euros que el sector público navarro no podía asumir. Y, sobre ellas, la fundamental, la más esclarecedora: era, en palabras de Sanz, «positiva para los intereses generales de los navarros». Dejando aparte esta última, por vacía e inconsistente, las otras dos tampoco tienen demasiada enjundia y parecen más bien dictadas por la necesidad de decir algo: la primera porque EHN estaba ya experimentando una expansión que, en la medida en que podía permitir la adquisición de una dimensión adecuada para enfrentarse a las necesidades financieras que impone mantenerse tecnológicamente en puestos de cabeza, ha de ser considerada saludable; la segunda, porque el mencionado plan fue elaborado estando ya Acciona en EHN y, seguramente, atendiendo a sus intereses corporativos.
No es raro que una empresa llegue a un punto en su existencia en el que se enfrente a la disyuntiva de dar el salto más allá de su mercado de origen (muchas veces regional o local) o desaparecer en el torbellino de la competencia internacional. Es, pues, una cuestión de pura supervivencia, que puede asegurarse (de tener éxito) por dos vías: el crecimiento a partir de los propios recursos o la integración en una empresa o grupo más grande, a menudo multinacional. El grupo cooperativo de Mondragón (con 4.000 empleos en Navarra) es un ejemplo de lo primero; la fuerte presencia de multinacionales en Navarra refleja, en parte, lo segundo). Que se opte por una u otra vía depende tanto de la idiosincrasia empresarial como del contexto, es decir, del sesgo de la política industrial y tecnológica (cuando existe).
Tradicionalmente la políticas de fomento han consistido en Navarra en la atracción de inversiones foráneas. Ello ha dado buenos resultados y ha permitido un crecimiento sostenido, con sus efectos ya conocidos sobre la renta y el empleo. A cambio, los centros de decisión están fuera. Además, los grupos multinacionales tienden a localizar sus actividades de I+D allí donde se ubica la sede social de la empresa, normalmente su lugar de origen. Navarra puede terminar, como consecuencia de este proceso, reducida a una región puramente manufacturera, con el riesgo consiguiente —esta vez sí— de deslocalización.
EHN reunía las condiciones para superar estos dos obstáculos. Por un lado, podía haber sido el centro de un grupo industrial potente con centro en Navarra (toma de decisiones, I+D); por otro, constituir el motor del desarrollo tecnológico en un campo tan sensible y con tantas posibilidades de futuro como el de las energías alternativas. A pesar del compromiso de Acciona, las decisiones de mayor trascendencia ya no se toman aquí y, en cualquier caso, se está al albur de la conveniencia de una empresa cuyo grado de compromiso puede variar por circunstancias que quedan fuera del control del Gobierno de Navarra. Cuando tantos gobiernos desearían tener una herramienta como EHN para incidir en el desarrollo económico y tecnológico, en Navarra se desperdicia con razones, las oficiales, de escaso fuste.
(Publicado en El Debate de Navarra el 10 de noviembre de 2007)
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lunes, 5 de noviembre de 2007
¿Quién mató a Kennedy?: historias «verosímiles» sobre el 11-M
Hace ya algún tiempo que en Estados Unidos se exponen hipótesis variopintas, algunas peregrinas, sobre la autoría y la motivación de los atentados del 11 de septiembre. Así, hay quienes atribuyen la responsabilidad a la propia administración o a perversos intereses empresariales o políticos. Los motivos van desde forzar la intervención militar en Afganistán e Irak (el negocio de la droga y el petróleo; o incluso la pretensión iraquí de operar en euros y no en dólares) hasta la especulación por oscuras tramas inmobiliarias con los terrenos ocupados por el World Trade Center. Algunos niegan que se estrellara ningún avión contra el Pentágono o aventuran que las torres gemelas fueron voladas desde abajo, probablemente por judíos. Normalmente estas historias las propagan grupos marginales, iluminados o gentes con olfato para el negocio editorial.
Ya se sabe que el hombre no estuvo en la Luna: todo es un montaje de la NASA. El holocausto fue una invención de la internacional judía, cuyas intenciones quedaron patentes en los Protocolos de los Sabios de Sión. Y hay muchos más ejemplos. El truco es sencillo. Se trata de, a partir de hechos no discutidos, entretejer una maraña de medias verdades junto a puras invenciones hasta construir una historia con apariencia de verosimilitud. Nada nuevo. Es, por ejemplo, la base de la fortuna editorial de autores como J.J. Benítez o de los programas de Iker Jiménez en radio y televisión, contumaces en la manipulación y el vapuleo del método científico. Lo que no es habitual es que organizaciones «serias» —y mucho menos del stablishment— den pábulo a estas historias o, lo que es peor, que las generen.
Justamente es lo que ha ocurrido —y sigue ocurriendo tras conocerse la sentencia— con la actuación del PP en relación con los atentados del 11 de marzo. Se genera una explicación rocambolesca, pasando incluso por encima (y contra) los mandos policiales nombrados por el propio gobierno popular (y olvidando que era Acebes quien mandaba las fuerzas de seguridad), para encubrir un error garrafal, seguramente el mayor cometido por un gobierno en circunstancias similares y que le costó al PP las elecciones. Si Aznar hubiera aparecido a media mañana en la estación de Atocha en mangas de camisa y prometiendo mano dura contra los islamistas, hoy Rajoy presidiría el Gobierno español. Pero en vez de eso, opta por la solución que, pensaron, les sería más rentable, esto es, atribuir los atentados a ETA contra todas las evidencias y el parecer de los expertos, con una insistencia insultante para los ciudadanos.
La incapacidad para asumir el resultado electoral y la necesidad de justificarse lleva a urdir una historia delirante (de la que han sido principales exponentes Zaplana, Del Burgo y el bufón Martínez Pujalte), apuntalada mediante medias verdades y completas mentiras, dando credibilidad a testimonios de delincuentes procesados, aun a costa de socavar (quién lo iba a imaginar) las bases mismas del Estado, insinuando una oscura trama en la que se unen islamistas radicales, etarras, mandos policiales, servicios secretos españoles y marroquíes y políticos socialistas. Demasiado parecido al contubernio judeo-masónico-comunista de otros tiempos.
Bien pensado, no es tan difícil construir historias verosímiles. Se me ocurre un ejemplo (cualquier parecido con la realidad…): Madrid, 8 de marzo de 2004. Falta menos de una semana para las elecciones generales. Aunque la ley no permite difundir sondeos, nada impide que se hagan. Uno realizado apresuradamente esa mañana trae malas noticias para el PP y sus estrategas: el PSOE aparece como ganador, culminando la tendencia iniciada semanas antes de pérdida lenta pero inexorable de la ventaja con que había contado el PP tiempo atrás. De seguir así, el domingo 14 cabe esperar cualquier cosa, incluso una mayoría absoluta socialista.
El margen de maniobra es escaso, pero la pérdida del Gobierno resulta inadmisible. Demasiada basura que limpiar y que no se puede arrumbar u ocultar sin más debajo de las alfombras. Afortunadamente, siempre hay un roto para un descosido y no faltan conocedores avezados de las cloacas políticas, sociales y policiales. Un subalterno eficiente, de esos que andan permanentemente rumiando algún «plan B», pone encima de la mesa una solución. Drástica, pero solución al fin.
Se sabe que grupos de islamistas radicales andan instalándose en España, buscando la manera de responder a la intervención en Irak. Se les ha detectado por redes «paralelas», estando como está la policía atada de pies y manos por la doctrina oficial de que todos los males vienen de ETA. Ni siquiera hay un control riguroso de los explosivos, habida cuenta de que ETA se aprovisiona en Francia y no utiliza goma 2. Manipulando adecuadamente alguno de estos grupos, se puede conseguir que se inmolen a mayor gloria de Alá, dejando indicios que permitan culpar a ETA. Se trata de llegar al domingo cabalgando la ola de la indignación popular. Después ya se verá.
Se hacen consultas, siempre en círculos reducidos. Se recurre incluso a algún ideólogo vociferante, a fin de asegurarse su anuencia y la colaboración de medios afines para desviar responsabilidades. Hay que moverse rápido, porque los plazos apremian y las cosas deben suceder de manera que la población tenga justo el tiempo de asimilar lo sucedido y atribuir responsabilidades, sin mayores análisis.
Dicho y hecho. El engranaje se pone en marcha. La predisposición de algunos islamistas radicales facilita su manipulación. Enseguida empiezan a actuar como si la idea hubiera sido suya. Se decide actuar en los ferrocarriles, porque ese parecía ser el objetivo etarra en los últimos tiempos. Reciben instrucciones sobre cómo disimular la autoría y poder escapar. Pero es difícil controlar un mecanismo de este tipo cuando se pone en marcha. Lo que debía ser una explosión controlada en un tren semivacío, se convierte en una serie de atentados en trenes atestados, fruto de la «creatividad» de los islamistas.
Lo que vino después es de sobra conocido, con el Gobierno actuando según el guión previsto. Pero no coló. Algo había fallado. Los islamistas olvidaron detalles esenciales. Extraviaron las tarjetas del Grupo Mondragón que debían dejar en la furgoneta; como sonaba parecido, se hicieron con un disco compacto de la Orquesta Mondragón. Para colmo, se olvidaron la cinta con los versículos del Corán que les servía para motivarse. Alguna mochila no estalló y proporcionó información comprometedora. ETA y Batasuna negaban cualquier implicación. Demasiados indicios para un Gobierno inmovilizado, sin capacidad de reacción ante una situación que no era la esperada y que rápidamente se torna contra él. La opinión pública, que ante el desastre se vuelve con naturalidad hacia la autoridad, se siente insultada con un engaño tan evidente. A pesar de todo, la inseguridad creada evita el hundimiento total y asegura al PP algunos votos que de otra forma hubiera perdido.
Es otra visión de las cosas, tan verosímil como la difundida por el PP. Con un poco de creatividad y los recursos de un grupo editorial como el de El Mundo, sería cosa de no mucho tiempo. Pero, como dice Proust, «pese a la idea que se hace el mentiroso, la verosimilitud no es del todo la verdad». Hay, no obstante, más alternativas. Siempre está el recurso a los extraterrestres. O a los fantasmas del Reina Sofía, quizá perturbados en su descanso por el ruido de los trenes. Pero esos son andurriales más propios de Iker Jiménez. De haber seguido gobernando el PP, hoy tendríamos, en lugar de la sentencia del 11-M, un Informe Warren a la española. Y no se olvide que buena parte del mundo sigue preguntándose quién mató a Kennedy.
(Una versión muy similar de este texto apareció en Diario de Noticias el 16 de septiembre de 2006. La publicación de la sentencia del 11-M y las reacciones de los dirigentes del PP hacen que siga vigente, por lo que me permito reproducirlo con ligeras modificaciones)
Ya se sabe que el hombre no estuvo en la Luna: todo es un montaje de la NASA. El holocausto fue una invención de la internacional judía, cuyas intenciones quedaron patentes en los Protocolos de los Sabios de Sión. Y hay muchos más ejemplos. El truco es sencillo. Se trata de, a partir de hechos no discutidos, entretejer una maraña de medias verdades junto a puras invenciones hasta construir una historia con apariencia de verosimilitud. Nada nuevo. Es, por ejemplo, la base de la fortuna editorial de autores como J.J. Benítez o de los programas de Iker Jiménez en radio y televisión, contumaces en la manipulación y el vapuleo del método científico. Lo que no es habitual es que organizaciones «serias» —y mucho menos del stablishment— den pábulo a estas historias o, lo que es peor, que las generen.
Justamente es lo que ha ocurrido —y sigue ocurriendo tras conocerse la sentencia— con la actuación del PP en relación con los atentados del 11 de marzo. Se genera una explicación rocambolesca, pasando incluso por encima (y contra) los mandos policiales nombrados por el propio gobierno popular (y olvidando que era Acebes quien mandaba las fuerzas de seguridad), para encubrir un error garrafal, seguramente el mayor cometido por un gobierno en circunstancias similares y que le costó al PP las elecciones. Si Aznar hubiera aparecido a media mañana en la estación de Atocha en mangas de camisa y prometiendo mano dura contra los islamistas, hoy Rajoy presidiría el Gobierno español. Pero en vez de eso, opta por la solución que, pensaron, les sería más rentable, esto es, atribuir los atentados a ETA contra todas las evidencias y el parecer de los expertos, con una insistencia insultante para los ciudadanos.
La incapacidad para asumir el resultado electoral y la necesidad de justificarse lleva a urdir una historia delirante (de la que han sido principales exponentes Zaplana, Del Burgo y el bufón Martínez Pujalte), apuntalada mediante medias verdades y completas mentiras, dando credibilidad a testimonios de delincuentes procesados, aun a costa de socavar (quién lo iba a imaginar) las bases mismas del Estado, insinuando una oscura trama en la que se unen islamistas radicales, etarras, mandos policiales, servicios secretos españoles y marroquíes y políticos socialistas. Demasiado parecido al contubernio judeo-masónico-comunista de otros tiempos.
Bien pensado, no es tan difícil construir historias verosímiles. Se me ocurre un ejemplo (cualquier parecido con la realidad…): Madrid, 8 de marzo de 2004. Falta menos de una semana para las elecciones generales. Aunque la ley no permite difundir sondeos, nada impide que se hagan. Uno realizado apresuradamente esa mañana trae malas noticias para el PP y sus estrategas: el PSOE aparece como ganador, culminando la tendencia iniciada semanas antes de pérdida lenta pero inexorable de la ventaja con que había contado el PP tiempo atrás. De seguir así, el domingo 14 cabe esperar cualquier cosa, incluso una mayoría absoluta socialista.
El margen de maniobra es escaso, pero la pérdida del Gobierno resulta inadmisible. Demasiada basura que limpiar y que no se puede arrumbar u ocultar sin más debajo de las alfombras. Afortunadamente, siempre hay un roto para un descosido y no faltan conocedores avezados de las cloacas políticas, sociales y policiales. Un subalterno eficiente, de esos que andan permanentemente rumiando algún «plan B», pone encima de la mesa una solución. Drástica, pero solución al fin.
Se sabe que grupos de islamistas radicales andan instalándose en España, buscando la manera de responder a la intervención en Irak. Se les ha detectado por redes «paralelas», estando como está la policía atada de pies y manos por la doctrina oficial de que todos los males vienen de ETA. Ni siquiera hay un control riguroso de los explosivos, habida cuenta de que ETA se aprovisiona en Francia y no utiliza goma 2. Manipulando adecuadamente alguno de estos grupos, se puede conseguir que se inmolen a mayor gloria de Alá, dejando indicios que permitan culpar a ETA. Se trata de llegar al domingo cabalgando la ola de la indignación popular. Después ya se verá.
Se hacen consultas, siempre en círculos reducidos. Se recurre incluso a algún ideólogo vociferante, a fin de asegurarse su anuencia y la colaboración de medios afines para desviar responsabilidades. Hay que moverse rápido, porque los plazos apremian y las cosas deben suceder de manera que la población tenga justo el tiempo de asimilar lo sucedido y atribuir responsabilidades, sin mayores análisis.
Dicho y hecho. El engranaje se pone en marcha. La predisposición de algunos islamistas radicales facilita su manipulación. Enseguida empiezan a actuar como si la idea hubiera sido suya. Se decide actuar en los ferrocarriles, porque ese parecía ser el objetivo etarra en los últimos tiempos. Reciben instrucciones sobre cómo disimular la autoría y poder escapar. Pero es difícil controlar un mecanismo de este tipo cuando se pone en marcha. Lo que debía ser una explosión controlada en un tren semivacío, se convierte en una serie de atentados en trenes atestados, fruto de la «creatividad» de los islamistas.
Lo que vino después es de sobra conocido, con el Gobierno actuando según el guión previsto. Pero no coló. Algo había fallado. Los islamistas olvidaron detalles esenciales. Extraviaron las tarjetas del Grupo Mondragón que debían dejar en la furgoneta; como sonaba parecido, se hicieron con un disco compacto de la Orquesta Mondragón. Para colmo, se olvidaron la cinta con los versículos del Corán que les servía para motivarse. Alguna mochila no estalló y proporcionó información comprometedora. ETA y Batasuna negaban cualquier implicación. Demasiados indicios para un Gobierno inmovilizado, sin capacidad de reacción ante una situación que no era la esperada y que rápidamente se torna contra él. La opinión pública, que ante el desastre se vuelve con naturalidad hacia la autoridad, se siente insultada con un engaño tan evidente. A pesar de todo, la inseguridad creada evita el hundimiento total y asegura al PP algunos votos que de otra forma hubiera perdido.
Es otra visión de las cosas, tan verosímil como la difundida por el PP. Con un poco de creatividad y los recursos de un grupo editorial como el de El Mundo, sería cosa de no mucho tiempo. Pero, como dice Proust, «pese a la idea que se hace el mentiroso, la verosimilitud no es del todo la verdad». Hay, no obstante, más alternativas. Siempre está el recurso a los extraterrestres. O a los fantasmas del Reina Sofía, quizá perturbados en su descanso por el ruido de los trenes. Pero esos son andurriales más propios de Iker Jiménez. De haber seguido gobernando el PP, hoy tendríamos, en lugar de la sentencia del 11-M, un Informe Warren a la española. Y no se olvide que buena parte del mundo sigue preguntándose quién mató a Kennedy.
(Una versión muy similar de este texto apareció en Diario de Noticias el 16 de septiembre de 2006. La publicación de la sentencia del 11-M y las reacciones de los dirigentes del PP hacen que siga vigente, por lo que me permito reproducirlo con ligeras modificaciones)
martes, 16 de octubre de 2007
Empleo precario: economía precaria, sociedad precaria
Más allá de las proclamas políticas, de la propaganda o de presentaciones interesadas —por no decir manipuladas— de datos, la crisis de la empresa Sysmo pone de manifiesto con crudeza la realidad en la que nos toca movernos, los rasgos de la política industrial (por llamarla de alguna manera) que se ha venido realizando y, lo que es más grave, el marasmo profesional, laboral y humano a que se condena a buena parte de la mano de obra y especialmente a los más jóvenes.
Así, estamos acostumbrados a que se exhiba la buena evolución económica de Navarra, cifras de paro que nos sitúan de hecho en el pleno empleo (masculino) o una posición destacada en energías renovables. Las magnitudes macroeconómicas, las grandes cifras, son necesarias para estudiar, diagnosticar y, en su caso, diseñar medidas de política económica. Pero no deben tomarse como indicadores absolutos porque no son más que un resumen y, en cuanto tal, esconden situaciones que pueden ser muy dispares (la injusticia de las medias). Es, pues, necesario rascar en esas cifras para ver qué es lo que realmente contienen o si, como a veces ocurre, no son más que artefactos vacíos.
También es verdad que se tiende a demonizar a Volkswagen como si fuera la causa de todos los males industriales de Navarra. El sistema productivo no funciona como un apacible intercambio de cromos en el patio de un colegio; se asemeja más a una jungla en la que todos los actores intentan apoderarse del mayor trozo de pastel posible, en forma de beneficios, salarios u otras rentas. En ausencia de mecanismos sociales equilibradores, el más fuerte se termina por imponer. Seguramente esta forma de operar es más evidente en la industria del automóvil y, en parte, lo ocurrido con Sysmo es buen ejemplo de ello. Hubo un tiempo en que trabajar en ese sector significaba salarios elevados y buenas condiciones laborales. Eso ya sólo es cierto para algunas empresas, entre las que no se cuentan ni el propio ensamblador ni la mayoría de las instaladas en el parque de proveedores de Volkswagen que, en esencia, son talleres de montaje final, sin actividad productiva. Pero la situación se generaliza. En muchas actividades industriales y, por supuesto, en el sector servicios, el empleo que se crea es, en general, de muy baja calidad y mal pagado. La precarización es un hecho.
El primer problema que se plantea es que los bajos salarios no son una fuente duradera de ventajas competitivas, máxime en la industria, donde el peso de aquéllos en el coste total es pequeña, por lo que para obtener reducciones significativas de costes es necesario rebajar los salarios de forma notable. Y la reducción de salarios lleva consigo una menor calidad del empleo. Las consecuencias no afectan sólo a los directamente implicados (quienes pasan indiferentes ante las pancartas y manifestaciones de los trabajadores de Sysmo deberían reflexionar sobre ello) sino a la economía en su conjunto, cuya vulnerabilidad aumenta al reducirse la calidad del tejido productivo y, por tanto, la exposición a la competencia de países y regiones que siempre podrán ofrecer salarios más bajos.
Así pues, reducirlo todo a simples consideraciones logísticas o salariales, reclamar por enésima vez la liberalización del mercado de trabajo o respuestas similares impiden llegar a la raíz del problema. Tampoco hay que confiar en novedosos remedios mágicos fruto de la inspiración de iluminados. Los remedios son bien conocidos y nada espectaculares: se trata de mejorar la calidad de la inversión y la mano de obra, así como el nivel tecnológico de la economía. Hasta el consejero Miranda lo ha reconocido al hablar de un «nuevo modelo económico»: nuevo, con veinte años de retraso.
Ello requiere dos tipos de políticas: la industrial y tecnológica, por un lado, y la educativa por otro. En Navarra no ha existido, al menos en la última década, una política industrial merecedora de tal denominación. Las tímidas e inconexas actuaciones al respecto han tenido dos ejes: la industria del automóvil y la energía eólica. En el primer caso, el dinamismo del sector genera por sí mismo inversiones e implantaciones nuevas (no todas de igual calidad), por lo que las medidas públicas, especialmente si, como ha ocurrido, no son selectivas, tienen escaso efecto, subvencionándose actividades que surgirían igualmente sin esas ayudas. En el segundo, la claridad de ideas quedó de manifiesto palmariamente con la venta de EHN, un error de largo alcance, por la renuncia a desarrollar un sector con grandes posibilidades de futuro a partir de una empresa de gran tamaño y, lo que es más importante, con centro de decisión en Navarra. Entre otros efectos negativos, el Gobierno de Navarra contribuyó así a agudizar uno de los mayores problemas de nuestra economía, cual es que las decisiones de los principales agentes se toman en otros lugares y dando prioridad a otros intereses.
La política tecnológica, por su parte, sólo puede calificarse de tímida, a remolque de las circunstancias y aplicando patrones estandarizados, como si todo consistiera en rellenar formularios. El último plan tecnológico aprobado (el tercero) ganó algo en ambición y la proximidad de las elecciones no fue seguramente ajena a ello. Pero, en conjunto, los planes aplicados se han propuesto objetivos modestos, con un enfoque exclusivamente de demanda y renunciando a hacer apuestas de futuro.
Por último, el sistema educativo viene sufriendo un deterioro fruto tanto del menor esfuerzo presupuestario como del adelgazamiento del sistema público, que deja un campo tan sensible social y económicamente como el de la formación profesional a la intemperie. Las perspectivas no son halagüeñas, si nos atenemos a lo anunciado por Sanz en el discurso de investidura.
En última instancia, se trata de decidir en qué lugar insertar nuestra economía: si compitiendo salarialmente con otras de nivel de desarrollo medio o bajo, o bien con las áreas más avanzadas, mediante la tecnología y el capital físico y humano. A pesar de pronunciamientos y declaraciones (el papel lo aguanta todo), los datos objetivos indican que, de seguir así las cosas, es más probable terminar en el primero.
(Diario de Noticias, 16 de octubre de 2007)
Así, estamos acostumbrados a que se exhiba la buena evolución económica de Navarra, cifras de paro que nos sitúan de hecho en el pleno empleo (masculino) o una posición destacada en energías renovables. Las magnitudes macroeconómicas, las grandes cifras, son necesarias para estudiar, diagnosticar y, en su caso, diseñar medidas de política económica. Pero no deben tomarse como indicadores absolutos porque no son más que un resumen y, en cuanto tal, esconden situaciones que pueden ser muy dispares (la injusticia de las medias). Es, pues, necesario rascar en esas cifras para ver qué es lo que realmente contienen o si, como a veces ocurre, no son más que artefactos vacíos.
También es verdad que se tiende a demonizar a Volkswagen como si fuera la causa de todos los males industriales de Navarra. El sistema productivo no funciona como un apacible intercambio de cromos en el patio de un colegio; se asemeja más a una jungla en la que todos los actores intentan apoderarse del mayor trozo de pastel posible, en forma de beneficios, salarios u otras rentas. En ausencia de mecanismos sociales equilibradores, el más fuerte se termina por imponer. Seguramente esta forma de operar es más evidente en la industria del automóvil y, en parte, lo ocurrido con Sysmo es buen ejemplo de ello. Hubo un tiempo en que trabajar en ese sector significaba salarios elevados y buenas condiciones laborales. Eso ya sólo es cierto para algunas empresas, entre las que no se cuentan ni el propio ensamblador ni la mayoría de las instaladas en el parque de proveedores de Volkswagen que, en esencia, son talleres de montaje final, sin actividad productiva. Pero la situación se generaliza. En muchas actividades industriales y, por supuesto, en el sector servicios, el empleo que se crea es, en general, de muy baja calidad y mal pagado. La precarización es un hecho.
El primer problema que se plantea es que los bajos salarios no son una fuente duradera de ventajas competitivas, máxime en la industria, donde el peso de aquéllos en el coste total es pequeña, por lo que para obtener reducciones significativas de costes es necesario rebajar los salarios de forma notable. Y la reducción de salarios lleva consigo una menor calidad del empleo. Las consecuencias no afectan sólo a los directamente implicados (quienes pasan indiferentes ante las pancartas y manifestaciones de los trabajadores de Sysmo deberían reflexionar sobre ello) sino a la economía en su conjunto, cuya vulnerabilidad aumenta al reducirse la calidad del tejido productivo y, por tanto, la exposición a la competencia de países y regiones que siempre podrán ofrecer salarios más bajos.
Así pues, reducirlo todo a simples consideraciones logísticas o salariales, reclamar por enésima vez la liberalización del mercado de trabajo o respuestas similares impiden llegar a la raíz del problema. Tampoco hay que confiar en novedosos remedios mágicos fruto de la inspiración de iluminados. Los remedios son bien conocidos y nada espectaculares: se trata de mejorar la calidad de la inversión y la mano de obra, así como el nivel tecnológico de la economía. Hasta el consejero Miranda lo ha reconocido al hablar de un «nuevo modelo económico»: nuevo, con veinte años de retraso.
Ello requiere dos tipos de políticas: la industrial y tecnológica, por un lado, y la educativa por otro. En Navarra no ha existido, al menos en la última década, una política industrial merecedora de tal denominación. Las tímidas e inconexas actuaciones al respecto han tenido dos ejes: la industria del automóvil y la energía eólica. En el primer caso, el dinamismo del sector genera por sí mismo inversiones e implantaciones nuevas (no todas de igual calidad), por lo que las medidas públicas, especialmente si, como ha ocurrido, no son selectivas, tienen escaso efecto, subvencionándose actividades que surgirían igualmente sin esas ayudas. En el segundo, la claridad de ideas quedó de manifiesto palmariamente con la venta de EHN, un error de largo alcance, por la renuncia a desarrollar un sector con grandes posibilidades de futuro a partir de una empresa de gran tamaño y, lo que es más importante, con centro de decisión en Navarra. Entre otros efectos negativos, el Gobierno de Navarra contribuyó así a agudizar uno de los mayores problemas de nuestra economía, cual es que las decisiones de los principales agentes se toman en otros lugares y dando prioridad a otros intereses.
La política tecnológica, por su parte, sólo puede calificarse de tímida, a remolque de las circunstancias y aplicando patrones estandarizados, como si todo consistiera en rellenar formularios. El último plan tecnológico aprobado (el tercero) ganó algo en ambición y la proximidad de las elecciones no fue seguramente ajena a ello. Pero, en conjunto, los planes aplicados se han propuesto objetivos modestos, con un enfoque exclusivamente de demanda y renunciando a hacer apuestas de futuro.
Por último, el sistema educativo viene sufriendo un deterioro fruto tanto del menor esfuerzo presupuestario como del adelgazamiento del sistema público, que deja un campo tan sensible social y económicamente como el de la formación profesional a la intemperie. Las perspectivas no son halagüeñas, si nos atenemos a lo anunciado por Sanz en el discurso de investidura.
En última instancia, se trata de decidir en qué lugar insertar nuestra economía: si compitiendo salarialmente con otras de nivel de desarrollo medio o bajo, o bien con las áreas más avanzadas, mediante la tecnología y el capital físico y humano. A pesar de pronunciamientos y declaraciones (el papel lo aguanta todo), los datos objetivos indican que, de seguir así las cosas, es más probable terminar en el primero.
(Diario de Noticias, 16 de octubre de 2007)
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miércoles, 3 de octubre de 2007
La paradoja foral del voto
Como es sabido, el PSN en cuerpo de comunidad pasó por la humillación de ser abroncado sin contemplaciones por José Blanco, un leninista con hechuras blandas e inconsistentes de seminarista. En su exhibición entre arrogante y chulesca, aclaró el porvenir de la sufrida militancia del PSN: el que no esté contento que se vaya, porque el PSN hará lo que Ferraz quiera. También dejó claro que si fuera del PSN no se sabe si hay salvación, dentro seguro que no, al menos para socialistas de pro, porque la probabilidad de acordar gobiernos alternativos a UPN es prácticamente cero.
Con debates o sin ellos y al margen del enfado de buena parte de la militancia, la dirección del PSN ha seguido a lo suyo, lo que mejor sabe hacer, el acaparamiento de cargos con una voracidad sin límites, sin pararse en barras ni inmutarse en el siempre comprometido trance de decir diego donde dijo digo. El PSN se ha convertido en una eficaz máquina para que un exiguo grupito, firmemente instalado en sus engranajes clave, se gane tan ricamente el pan a costa del escarnio de sus votantes y el sudor de los contribuyentes (de vez en cuando se les escapa y lo expresan con crudeza: «tenemos que colocar a 200», oí decir hace poco).
Y se confirma, si alguna duda quedaba, la coalición UPN-PSN (y el agónico CDN, al que también se ha aparecido José Blanco en carne mortal), un engendro que pudiera antojarse extraño a observadores poco avezados y que la costumbre ha convertido en natural. Pero de tal coyunda no cabe esperar sino monstruos (y es, además, mercenaria, habrá que ver su coste presupuestario: Sanz invita y pagamos todos). La unión de un nacionalismo español autoritario y elemental y de un sedicente socialismo, descafeinado en las formas y desprovisto de armazón ideológico, conducen a lo que en otros lugares tendría una denominación altisonante (y siniestra); pero que en versión minimalista navarra, foral y española, es simplemente regionalsocialismo. Ni en la indignidad o la desvergüenza son capaces de dar la talla. Luego dirán que el tamaño no importa.
Cuando Sanz ya tenía pergeñado el pacto con Blanco, se permitió la osadía de lanzar la exigencia del decálogo que debía suscribir el PSN para que el entonces lehendakari en funciones aceptara la pesada carga de presidir el nuevo gobierno (vocación de servicio, que decían los ministros de Franco). Como un Moisés justamente enojado, reprendía con voz tonante y gesto airado a los descarriados que, habiendo perdido de vista a su munificente proveedor, se disponían a adorar el becerro de oro del cambio de gobierno. Entre las condiciones, el compromiso expreso de que el PSN no presentaría ni apoyaría ninguna moción de censura. Puras el Breve, candidato virtual (tercera acepción del DRAE: «que tiene existencia aparente y no real»), rechazó categóricamente tal pretensión. Entre otras cosas, significaba la renuncia a cualquier iniciativa política autónoma, a todo lo que no fuera bendecir las decisiones de UPN. Esto es, la condena de sus votantes al limbo, ese lugar de tránsito para almas no iniciadas, que hasta para los católicos carece ya de tangibilidad.
Pero hace unos días nos enteramos por el propio Sanz (su locuacidad e incontinencia no tienen precio) que hay un compromiso para asegurar la estabilidad del gobierno. Eso sí, gracias a un cambio de posición del PSN-PSOE, porque él, dice, no se ha movido un milímetro y, sobre todo, no piensa hacerlo. O sea, va a hacer lo que le venga en gana con la seguridad de que el PSN dirá amén a todo. La humillación es ya completa. A la bronca del padre («hay que saber aguantarse») se añade la colleja del padrino. Algún concejal del PSN proclive a mesarse los cabellos a cada barrabasada de sus conmilitones, llegará pelón al final de la legislatura.
Prueba fehaciente de cuanto antecede (la coalición UPN-PSN y la enfermiza propensión al acaparamiento de cargos) es lo ocurrido en la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Torrens corre a negociar para sí la presidencia —siendo el cuarto grupo, que tome nota José Blanco— tras pactar con UPN el apoyo (o la no oposición, qué mas da, Barcina respira al fin tranquila) en el Ayuntamiento de Pamplona. Otra renuncia, otro jirón de dignidad —si es que alguno quedaba— perdido por los rincones de los salones del poder, a sabiendas de que UPN manifiesta una y otra vez que no cederá en nada. Hay una relación entre los dos partidos que tiene todos los ingredientes del sadomasoquismo: UPN castiga y el PSN acepta con mal disimulada complacencia los correctivos. Para colmo, las pocas iniciativas que exhibe el PSN en el Parlamento (y que UPN se apresura a rechazar) consisten en medidas acordadas durante las malhadadas negociaciones con Nafarroa Bai e IUN: hipocresía, mala fe, afán de engañar.
Así que cuando Chivite, Felones o algún otro salen hablando de oposición contundente, de condicionar la acción del gobierno, de realizar su programa electoral y zarandajas de parecido cariz, queda la duda de si es para salvar la cara y salir del apuro con la menor indignidad posible, o consideran a los ciudadanos incapaces y susceptibles de manipulación en cualquier grado; la hipótesis de que se crean ese discurso no es creíble. Hay en román paladino abundantes expresiones, a cual más recia, para expresar lo acontecido; en casi todas intervienen los pantalones (el habla popular sigue siendo sexista), ciertas antifonales partes y alguna variante más o menos expeditiva del pecado nefando.
En Economía se estudia un caso conocido como la paradoja del voto, que muestra que los mecanismos de votación pueden llevar a resultados no deseados por la mayoría, dependiendo, por ejemplo, del orden en que se presenten las alternativas a los votantes (las preferencias expresadas colectivamente no son transitivas, aunque lo sean las de los individuos). También en Navarra tenemos nuestra propia paradoja foral del voto, que podemos expresar en forma de silogismo: votar PSN es votar UPN (la apabullante evidencia empírica avala la solvencia de esta premisa). Votar UPN es votar PP (aunque sus diputados engrosen el Grupo Canario). Por tanto (y me adelanto a la monserga del voto útil que seguro esgrimirán los socialistas en Navarra) cualquier voto al PSN es un voto para Rajoy. Así pues, en Navarra es imposible votar a Zapatero. Para otra ocasión queda dilucidar si Zapatero es un digno destinatario, al menos en Navarra, del voto progresista decente.
Con debates o sin ellos y al margen del enfado de buena parte de la militancia, la dirección del PSN ha seguido a lo suyo, lo que mejor sabe hacer, el acaparamiento de cargos con una voracidad sin límites, sin pararse en barras ni inmutarse en el siempre comprometido trance de decir diego donde dijo digo. El PSN se ha convertido en una eficaz máquina para que un exiguo grupito, firmemente instalado en sus engranajes clave, se gane tan ricamente el pan a costa del escarnio de sus votantes y el sudor de los contribuyentes (de vez en cuando se les escapa y lo expresan con crudeza: «tenemos que colocar a 200», oí decir hace poco).
Y se confirma, si alguna duda quedaba, la coalición UPN-PSN (y el agónico CDN, al que también se ha aparecido José Blanco en carne mortal), un engendro que pudiera antojarse extraño a observadores poco avezados y que la costumbre ha convertido en natural. Pero de tal coyunda no cabe esperar sino monstruos (y es, además, mercenaria, habrá que ver su coste presupuestario: Sanz invita y pagamos todos). La unión de un nacionalismo español autoritario y elemental y de un sedicente socialismo, descafeinado en las formas y desprovisto de armazón ideológico, conducen a lo que en otros lugares tendría una denominación altisonante (y siniestra); pero que en versión minimalista navarra, foral y española, es simplemente regionalsocialismo. Ni en la indignidad o la desvergüenza son capaces de dar la talla. Luego dirán que el tamaño no importa.
Cuando Sanz ya tenía pergeñado el pacto con Blanco, se permitió la osadía de lanzar la exigencia del decálogo que debía suscribir el PSN para que el entonces lehendakari en funciones aceptara la pesada carga de presidir el nuevo gobierno (vocación de servicio, que decían los ministros de Franco). Como un Moisés justamente enojado, reprendía con voz tonante y gesto airado a los descarriados que, habiendo perdido de vista a su munificente proveedor, se disponían a adorar el becerro de oro del cambio de gobierno. Entre las condiciones, el compromiso expreso de que el PSN no presentaría ni apoyaría ninguna moción de censura. Puras el Breve, candidato virtual (tercera acepción del DRAE: «que tiene existencia aparente y no real»), rechazó categóricamente tal pretensión. Entre otras cosas, significaba la renuncia a cualquier iniciativa política autónoma, a todo lo que no fuera bendecir las decisiones de UPN. Esto es, la condena de sus votantes al limbo, ese lugar de tránsito para almas no iniciadas, que hasta para los católicos carece ya de tangibilidad.
Pero hace unos días nos enteramos por el propio Sanz (su locuacidad e incontinencia no tienen precio) que hay un compromiso para asegurar la estabilidad del gobierno. Eso sí, gracias a un cambio de posición del PSN-PSOE, porque él, dice, no se ha movido un milímetro y, sobre todo, no piensa hacerlo. O sea, va a hacer lo que le venga en gana con la seguridad de que el PSN dirá amén a todo. La humillación es ya completa. A la bronca del padre («hay que saber aguantarse») se añade la colleja del padrino. Algún concejal del PSN proclive a mesarse los cabellos a cada barrabasada de sus conmilitones, llegará pelón al final de la legislatura.
Prueba fehaciente de cuanto antecede (la coalición UPN-PSN y la enfermiza propensión al acaparamiento de cargos) es lo ocurrido en la Mancomunidad de la Comarca de Pamplona. Torrens corre a negociar para sí la presidencia —siendo el cuarto grupo, que tome nota José Blanco— tras pactar con UPN el apoyo (o la no oposición, qué mas da, Barcina respira al fin tranquila) en el Ayuntamiento de Pamplona. Otra renuncia, otro jirón de dignidad —si es que alguno quedaba— perdido por los rincones de los salones del poder, a sabiendas de que UPN manifiesta una y otra vez que no cederá en nada. Hay una relación entre los dos partidos que tiene todos los ingredientes del sadomasoquismo: UPN castiga y el PSN acepta con mal disimulada complacencia los correctivos. Para colmo, las pocas iniciativas que exhibe el PSN en el Parlamento (y que UPN se apresura a rechazar) consisten en medidas acordadas durante las malhadadas negociaciones con Nafarroa Bai e IUN: hipocresía, mala fe, afán de engañar.
Así que cuando Chivite, Felones o algún otro salen hablando de oposición contundente, de condicionar la acción del gobierno, de realizar su programa electoral y zarandajas de parecido cariz, queda la duda de si es para salvar la cara y salir del apuro con la menor indignidad posible, o consideran a los ciudadanos incapaces y susceptibles de manipulación en cualquier grado; la hipótesis de que se crean ese discurso no es creíble. Hay en román paladino abundantes expresiones, a cual más recia, para expresar lo acontecido; en casi todas intervienen los pantalones (el habla popular sigue siendo sexista), ciertas antifonales partes y alguna variante más o menos expeditiva del pecado nefando.
En Economía se estudia un caso conocido como la paradoja del voto, que muestra que los mecanismos de votación pueden llevar a resultados no deseados por la mayoría, dependiendo, por ejemplo, del orden en que se presenten las alternativas a los votantes (las preferencias expresadas colectivamente no son transitivas, aunque lo sean las de los individuos). También en Navarra tenemos nuestra propia paradoja foral del voto, que podemos expresar en forma de silogismo: votar PSN es votar UPN (la apabullante evidencia empírica avala la solvencia de esta premisa). Votar UPN es votar PP (aunque sus diputados engrosen el Grupo Canario). Por tanto (y me adelanto a la monserga del voto útil que seguro esgrimirán los socialistas en Navarra) cualquier voto al PSN es un voto para Rajoy. Así pues, en Navarra es imposible votar a Zapatero. Para otra ocasión queda dilucidar si Zapatero es un digno destinatario, al menos en Navarra, del voto progresista decente.
El elefante en la cacharrería: los papeles de Crawford, Aznar y México
El acta de Crawford, recientemente publicada, constituye la enésima constatación de que la arrogancia, la torpeza, la estupidez y el sectarismo fueron la marca de fábrica de Aznar, también en su política exterior, que se fue deslizando de manera imparable hacia la irrelevancia, con la consiguiente pérdida de peso del país como interlocutor internacional, diga lo que diga ahora el PP. No es que España haya sido, desde los mismos albores del siglo XIX, un agente muy a tener en cuenta, pero durante algunos años —aproximadamente entre 1978 y 1996— parecía contar con un cierto respeto internacional. La guinda de la política exterior de Aznar —junto a un minucioso trabajo de zapa para socavar la construcción europea— fue precisamente el asunto de Irak, apresurándose a adoptar sin ningún reparo maneras de procónsul del Imperio. La diplomacia del exabrupto tan de moda por entonces en Washington no podía imaginar mejor complemento que el de un duendecillo saltarín paseándose de aquí para allá haciendo el trabajo sucio, se supone que para acumular méritos (algunas recompensas ha tenido después).
Sin pretender resucitar fantasmas, hay un aspecto colateral en toda esta historia que resulta muy ilustrativo. Antes de rendir su peculiar visita ad limina y renovar juramentos de vasallaje al Emperador en sus posesiones tejanas, Aznar se dio una vueltecita por México, en una visita que dejó al desnudo sus resabios ideológicos, su papel en la farsa y la falta de pudor en la exhibición de tanto servilismo. Naturalmente, Aznar tuvo cuidado de manifestar que no iba a México a convencer a nadie de nada y mucho menos a presionar. Pero, como dijo entonces un periodista de la televisión mexicana: Si no vino a lo que vino, ¿a qué vino? México era uno de los miembros no permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y, por tanto, con derecho de voto sobre las resoluciones que se pudieran presentar. En ese contexto, la visita de Aznar tenía un tufillo a presión difícil de ignorar. Y, naturalmente, ello produjo considerable indignación entre políticos, periodistas y la opinión pública mexicana.
Pero el asunto tenía más calado que el de la mera visita. ¿Por qué iba Aznar a México? Una posibilidad es que Bush le hubiera encomendado esa gestión. Posible, pero no creíble. Los Estados Unidos han tenido ambiciones imperiales y han actuado de acuerdo con ellas desde el mismo momento de su independencia. Primero territorialmente: con Francia, con la corona española y con México, al que sustrajeron la mitad de su territorio. Pero también por medio del control económico y político del continente entero. Para cuando se formuló la doctrina Monroe (América —el continente— para los americanos —estadounidenses—), ya llevaba años aplicándose. De tal manera que desde antes incluso de la independencia de las colonias castellanas, los Estados Unidos fueron tendiendo sus redes en el continente, mientras la influencia española se esfumaba repentina y completamente. De hecho, España no gozó de ninguna presencia en América durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Sólo tras el fin de la dictadura y el interés que generó la denominada transición política se puede hablar de una ampliación de las relaciones de España con Latinoamérica, más allá de las puramente diplomáticas (también contribuyó a ello, por supuesto, la oleada de fuertes inversiones de empresas españolas, al socaire de las privatizaciones de servicios públicos en los años ochenta y noventa). En estas condiciones, y dada la falta de sutileza para la diplomacia que reiteradamente ha exhibido la administración Bush, parece poco probable pensar que éste encargase a Aznar una gestión en territorio que considera suyo y, además, de gestión exclusiva.
Desechada la hipótesis del recadero (ya de por sí humillante) queda la aún más humillante del meritorio que, sin encomendarse a Dios ni al diablo y a fin de ser agradable a ojos del señor, acaricia la idea de presentarse al besamanos con un regalo inesperado, cual es el cambio de posición de México, en un momento en que Estados Unidos sólo tenía tres votos seguros en el Consejo de Seguridad. Así que este gachupín de concepciones rancias aparece por México con el aire de suficiencia que le da el pasado imperial para llamar al orden a las colonias. Tampoco era nueva esta orientación. Por aquellos años las alocuciones del Jefe del Estado solían contener abundantes evocaciones orgullosas de glorias imperiales y afanes evangelizadores; la perla fue aquel discurso en que se decía que el castellano nunca se había impuesto a nadie por la fuerza. Por cierto que, coincidiendo más o menos con la reunión de Tejas, la prensa norteamericana se preguntaba de dónde había sacado Bush esos aliados tan irrelevantes, colocando a España en la misma lista que Chequia o los estados bálticos.
México es un país grande, con personalidad política y económica muy marcada, un sentimiento de identidad que, por ejemplo, no existe en España y unos intereses bien delimitados en sus relaciones con los Estados Unidos. Depende económicamente de su vecino del norte, al que va más del 80 por ciento de sus exportaciones y es el origen de una parte muy significativa de las inversiones. Pero también es el destino de millones de mexicanos que emigran legal o ilegalmente. El gobierno mexicano era consciente de su debilidad negociadora. Además, el entonces presidente, el conservador Fox, era claramente pronorteamericano. Sin embargo, supo mantener su posición con notable dignidad y no se prestó a las maniobras de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. Nada que ver con el servilismo aznarita, su doblez y su obsesión por pasar a la historia a costa de lo que sea. En eso —y en su afán de emular el protocolo monárquico— recordaba a otro personaje igualmente empeñado en responder sólo ante Dios y ante la Historia (lo consiguió y ahí están Rouco y César Vidal para absolverlo).
Sin pretender resucitar fantasmas, hay un aspecto colateral en toda esta historia que resulta muy ilustrativo. Antes de rendir su peculiar visita ad limina y renovar juramentos de vasallaje al Emperador en sus posesiones tejanas, Aznar se dio una vueltecita por México, en una visita que dejó al desnudo sus resabios ideológicos, su papel en la farsa y la falta de pudor en la exhibición de tanto servilismo. Naturalmente, Aznar tuvo cuidado de manifestar que no iba a México a convencer a nadie de nada y mucho menos a presionar. Pero, como dijo entonces un periodista de la televisión mexicana: Si no vino a lo que vino, ¿a qué vino? México era uno de los miembros no permanentes en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y, por tanto, con derecho de voto sobre las resoluciones que se pudieran presentar. En ese contexto, la visita de Aznar tenía un tufillo a presión difícil de ignorar. Y, naturalmente, ello produjo considerable indignación entre políticos, periodistas y la opinión pública mexicana.
Pero el asunto tenía más calado que el de la mera visita. ¿Por qué iba Aznar a México? Una posibilidad es que Bush le hubiera encomendado esa gestión. Posible, pero no creíble. Los Estados Unidos han tenido ambiciones imperiales y han actuado de acuerdo con ellas desde el mismo momento de su independencia. Primero territorialmente: con Francia, con la corona española y con México, al que sustrajeron la mitad de su territorio. Pero también por medio del control económico y político del continente entero. Para cuando se formuló la doctrina Monroe (América —el continente— para los americanos —estadounidenses—), ya llevaba años aplicándose. De tal manera que desde antes incluso de la independencia de las colonias castellanas, los Estados Unidos fueron tendiendo sus redes en el continente, mientras la influencia española se esfumaba repentina y completamente. De hecho, España no gozó de ninguna presencia en América durante todo el siglo XIX y buena parte del XX. Sólo tras el fin de la dictadura y el interés que generó la denominada transición política se puede hablar de una ampliación de las relaciones de España con Latinoamérica, más allá de las puramente diplomáticas (también contribuyó a ello, por supuesto, la oleada de fuertes inversiones de empresas españolas, al socaire de las privatizaciones de servicios públicos en los años ochenta y noventa). En estas condiciones, y dada la falta de sutileza para la diplomacia que reiteradamente ha exhibido la administración Bush, parece poco probable pensar que éste encargase a Aznar una gestión en territorio que considera suyo y, además, de gestión exclusiva.
Desechada la hipótesis del recadero (ya de por sí humillante) queda la aún más humillante del meritorio que, sin encomendarse a Dios ni al diablo y a fin de ser agradable a ojos del señor, acaricia la idea de presentarse al besamanos con un regalo inesperado, cual es el cambio de posición de México, en un momento en que Estados Unidos sólo tenía tres votos seguros en el Consejo de Seguridad. Así que este gachupín de concepciones rancias aparece por México con el aire de suficiencia que le da el pasado imperial para llamar al orden a las colonias. Tampoco era nueva esta orientación. Por aquellos años las alocuciones del Jefe del Estado solían contener abundantes evocaciones orgullosas de glorias imperiales y afanes evangelizadores; la perla fue aquel discurso en que se decía que el castellano nunca se había impuesto a nadie por la fuerza. Por cierto que, coincidiendo más o menos con la reunión de Tejas, la prensa norteamericana se preguntaba de dónde había sacado Bush esos aliados tan irrelevantes, colocando a España en la misma lista que Chequia o los estados bálticos.
México es un país grande, con personalidad política y económica muy marcada, un sentimiento de identidad que, por ejemplo, no existe en España y unos intereses bien delimitados en sus relaciones con los Estados Unidos. Depende económicamente de su vecino del norte, al que va más del 80 por ciento de sus exportaciones y es el origen de una parte muy significativa de las inversiones. Pero también es el destino de millones de mexicanos que emigran legal o ilegalmente. El gobierno mexicano era consciente de su debilidad negociadora. Además, el entonces presidente, el conservador Fox, era claramente pronorteamericano. Sin embargo, supo mantener su posición con notable dignidad y no se prestó a las maniobras de Estados Unidos en el Consejo de Seguridad. Nada que ver con el servilismo aznarita, su doblez y su obsesión por pasar a la historia a costa de lo que sea. En eso —y en su afán de emular el protocolo monárquico— recordaba a otro personaje igualmente empeñado en responder sólo ante Dios y ante la Historia (lo consiguió y ahí están Rouco y César Vidal para absolverlo).
miércoles, 8 de agosto de 2007
PPSOE, UPSN: debitum sexum?
Quod natura non dat Salamanticam non praestat. Así dice el aforismo, recogiendo una idea de sentido común y validez general... salvo en Navarra, donde debe ser adaptado y hasta rebatido o contradicho para expresar adecuadamente su realidad política: lo que las urnas no dan Ferraz lo presta, en el que quizá sea el mayor fiasco político que se haya dado en Navarra en los últimos treinta años; y eso que se puede exhibir un abultado muestrario. Como suele ser habitual, el protagonista es el PSN. Más bien sus dirigentes, porque la militancia ha dado una lección de dignidad, coherencia (Dios, que buen vassalo si ouesse buen sennor!) y ahora resignación. Algo le pasa a ese partido —experto en captar voto de izquierdas para entregar el poder a la derecha— porque desde las trapazas de Urralburu no deja de pifiarla una y otra vez. Cuando el electorado parece haber olvidado, perdonado o, al menos, superado la última, la vuelven a hacer. Curiosamente, los sucesivos protagonistas han ido a parar, en su mayor parte, a la cárcel o —de hecho o de derecho— a UPN.
La última, la alianza UPN-PSN (ahí andarán a la greña socialistas y convergentes toda la legislatura por ver quién se lleva los caramelos y se queda como bisagra), arrumbados como si nunca hubieran existido el «decálogo» de Sanz o las condiciones de Chivite para el pacto (la palabra de José Blanco es ahora suficiente para Sanz). Por supuesto, cada partido es libre de pactar y ayuntar sus votos y escaños con quien le parezca, aun a costa de alterar o contradecir flagrantemente los mensajes preelectorales.
Ahora bien, la manera como se ha llegado a la actual situación muestra, contradiciendo el chovinismo casposo y sucursalista de UPN (Navarra siempre p’alante, así se estrelle) o el engolamiento tecnocrático del PSN, que ni uno ni otro tiene capacidad de decisión sobre Navarra, convertida en juguete de intereses espurios, objeto de un peloteo desganado, como si los jugadores estuvieran —están— en otra cosa. Desde hace mucho se alimenta la autoestima de los navarros con el mito de que Navarra es una cuestión de Estado. Y se repite tanto que se asume con naturalidad como un dato. Lo ocurrido los últimos meses prueba que, lejos de eso, Navarra no es más que un instrumento cómodo para conseguir otros fines, porque si se pierde el envite el coste es reducido.
Muestra también la contumacia de Zapatero en gobernar según encuestas y sondeos, un vicio poco recomendable en política porque lleva a olvidarse de los principios y aboca a un pragmatismo desmedido. La primera consecuencia en el tema que nos ocupa —enésimo ejemplo de lo poco que cuenta Navarra en Madrid— es que el voto de un navarro (especialmente si va al PSOE) se valora mucho menos que el de un extremeño, un castellano o un murciano. Menos que esos votos que —dicen— perdería el PSOE en la España profunda si se aliara con Nafarroa Bai, votos de la manipulación, la mentira y la ignorancia. La segunda consecuencia es que Zapatero se echa en brazos —o se acerca un poco más— a ese sector del PSOE jacobino, nacionalista (español), y con un ramalazo autoritario y rancio, tan bien representado por gentes como Bono, Rodríguez Ibarra, Vázquez y hasta Guerra. Queda ya poco de ese Zapatero que llegó al Gobierno («no nos falles», le decían) cabalgando una ola de indignación pero también de convicción, dada la situación de auténtica emergencia democrática a que abocó el gobierno de Aznar. Además, los sondeos que tanto mira Zapatero muestran que entrar en el discurso mentiroso y manipulador del PP y actuar a la defensiva, justificándose continuamente en lugar de hacer pedagogía política, es una estrategia perdedora. De hecho, sólo han sido capaces de conseguir una ventaja de tres puntos (que se puede esfumar en cualquier momento), a pesar de algunos logros sociales y un panorama macroeconómico inmejorable (crecimiento, desempleo, inflación; otra cosa es lo que sale cuando se rasca en las cifras). Pero nadie en el PSOE se escandaliza ni responde a las impúdicas y vergonzosas declaraciones de San Gil a costa de Navarra en su rentrée política (contra lo que pueda parecer, quien más se inmiscuye desde la Comunidad Autónoma Vasca en los asuntos de Navarra es el PP que, para colmo, insiste en equipararla con Álava: la cuarta provincia que decía Sanz, es una realidad para el PP y el diktat llega no pocas veces desde Vitoria).
En Navarra hay un acuerdo, explícito o tácito, entre UPN y PSN para dejar fuera de cualquier cargo a Nafarroa Bai, con la justificación de una supuesta deslealtad institucional. Tanta pureza democrática parece ocultar únicamente miedo. Miedo a que si Nafarroa Bai asume responsabilidades de gobierno, se evidencie capacidad de gestión y un proyecto alternativo sin que, para colmo, pase nada. Porque la única fuerza política que, hoy por hoy, defiende la identidad de Navarra y pretende profundizar su autogobierno (su capacidad de decisión) es Nafarroa Bai. Así, unos y otros se quedarían sin coartada ideológica y, quizá, sin parte de sus votantes. El precio de esa actitud es el deterioro de la calidad de la democracia: se puede votar a Nafarroa Bai, pero no sirve de nada, porque para ello ya se apañan alianzas imposibles. Tampoco hay que sorprenderse mucho, cuando hay opciones a las que no es posible votar, la monarquía sigue siendo intocable y hasta se secuestran semanarios o se persiguen periódicos por ironizar sobre noticias nunca desmentidas.
Para el PP, que no oculta su alegría por una victoria más de su política de miedo y chantaje, es el triunfo de los que defienden España. Triste España la suya, que sólo puede mantenerse unida por la fuerza o desnaturalizando la democracia. Han optado por el palo en lugar de la convicción («venceréis, pero no convenceréis») y el PSOE se ha sumado obedientemente a esa estrategia. A mayor abundamiento, queda la sospecha de que el PSOE renunció a forzar unas nuevas elecciones (posibilidad que se barajó en algún momento) precisamente porque los sondeos mostraban que UPN no obtenía la mayoría absoluta.
Una de las imágenes de la campaña electoral del PSN presentaba a Puras aplaudido por Zapatero y el lema «el cambio que Navarra se merece». Ahora queda claro qué es lo que, para el PSOE, nos merecemos. En el siglo XVIII los moralistas distinguían entre la sodomía y la bestialidad, porque la primera era accessus ad non debitum sexum y la segunda concubitus cum individuo alterius speciei. ¿A cuál de ellas corresponderá el engendro UPSN? ¿O nos estaremos dejando engañar por las apariencias y no será más que debitum sexum?
(Diario de Noticias, 8 de agosto de 2007)
La última, la alianza UPN-PSN (ahí andarán a la greña socialistas y convergentes toda la legislatura por ver quién se lleva los caramelos y se queda como bisagra), arrumbados como si nunca hubieran existido el «decálogo» de Sanz o las condiciones de Chivite para el pacto (la palabra de José Blanco es ahora suficiente para Sanz). Por supuesto, cada partido es libre de pactar y ayuntar sus votos y escaños con quien le parezca, aun a costa de alterar o contradecir flagrantemente los mensajes preelectorales.
Ahora bien, la manera como se ha llegado a la actual situación muestra, contradiciendo el chovinismo casposo y sucursalista de UPN (Navarra siempre p’alante, así se estrelle) o el engolamiento tecnocrático del PSN, que ni uno ni otro tiene capacidad de decisión sobre Navarra, convertida en juguete de intereses espurios, objeto de un peloteo desganado, como si los jugadores estuvieran —están— en otra cosa. Desde hace mucho se alimenta la autoestima de los navarros con el mito de que Navarra es una cuestión de Estado. Y se repite tanto que se asume con naturalidad como un dato. Lo ocurrido los últimos meses prueba que, lejos de eso, Navarra no es más que un instrumento cómodo para conseguir otros fines, porque si se pierde el envite el coste es reducido.
Muestra también la contumacia de Zapatero en gobernar según encuestas y sondeos, un vicio poco recomendable en política porque lleva a olvidarse de los principios y aboca a un pragmatismo desmedido. La primera consecuencia en el tema que nos ocupa —enésimo ejemplo de lo poco que cuenta Navarra en Madrid— es que el voto de un navarro (especialmente si va al PSOE) se valora mucho menos que el de un extremeño, un castellano o un murciano. Menos que esos votos que —dicen— perdería el PSOE en la España profunda si se aliara con Nafarroa Bai, votos de la manipulación, la mentira y la ignorancia. La segunda consecuencia es que Zapatero se echa en brazos —o se acerca un poco más— a ese sector del PSOE jacobino, nacionalista (español), y con un ramalazo autoritario y rancio, tan bien representado por gentes como Bono, Rodríguez Ibarra, Vázquez y hasta Guerra. Queda ya poco de ese Zapatero que llegó al Gobierno («no nos falles», le decían) cabalgando una ola de indignación pero también de convicción, dada la situación de auténtica emergencia democrática a que abocó el gobierno de Aznar. Además, los sondeos que tanto mira Zapatero muestran que entrar en el discurso mentiroso y manipulador del PP y actuar a la defensiva, justificándose continuamente en lugar de hacer pedagogía política, es una estrategia perdedora. De hecho, sólo han sido capaces de conseguir una ventaja de tres puntos (que se puede esfumar en cualquier momento), a pesar de algunos logros sociales y un panorama macroeconómico inmejorable (crecimiento, desempleo, inflación; otra cosa es lo que sale cuando se rasca en las cifras). Pero nadie en el PSOE se escandaliza ni responde a las impúdicas y vergonzosas declaraciones de San Gil a costa de Navarra en su rentrée política (contra lo que pueda parecer, quien más se inmiscuye desde la Comunidad Autónoma Vasca en los asuntos de Navarra es el PP que, para colmo, insiste en equipararla con Álava: la cuarta provincia que decía Sanz, es una realidad para el PP y el diktat llega no pocas veces desde Vitoria).
En Navarra hay un acuerdo, explícito o tácito, entre UPN y PSN para dejar fuera de cualquier cargo a Nafarroa Bai, con la justificación de una supuesta deslealtad institucional. Tanta pureza democrática parece ocultar únicamente miedo. Miedo a que si Nafarroa Bai asume responsabilidades de gobierno, se evidencie capacidad de gestión y un proyecto alternativo sin que, para colmo, pase nada. Porque la única fuerza política que, hoy por hoy, defiende la identidad de Navarra y pretende profundizar su autogobierno (su capacidad de decisión) es Nafarroa Bai. Así, unos y otros se quedarían sin coartada ideológica y, quizá, sin parte de sus votantes. El precio de esa actitud es el deterioro de la calidad de la democracia: se puede votar a Nafarroa Bai, pero no sirve de nada, porque para ello ya se apañan alianzas imposibles. Tampoco hay que sorprenderse mucho, cuando hay opciones a las que no es posible votar, la monarquía sigue siendo intocable y hasta se secuestran semanarios o se persiguen periódicos por ironizar sobre noticias nunca desmentidas.
Para el PP, que no oculta su alegría por una victoria más de su política de miedo y chantaje, es el triunfo de los que defienden España. Triste España la suya, que sólo puede mantenerse unida por la fuerza o desnaturalizando la democracia. Han optado por el palo en lugar de la convicción («venceréis, pero no convenceréis») y el PSOE se ha sumado obedientemente a esa estrategia. A mayor abundamiento, queda la sospecha de que el PSOE renunció a forzar unas nuevas elecciones (posibilidad que se barajó en algún momento) precisamente porque los sondeos mostraban que UPN no obtenía la mayoría absoluta.
Una de las imágenes de la campaña electoral del PSN presentaba a Puras aplaudido por Zapatero y el lema «el cambio que Navarra se merece». Ahora queda claro qué es lo que, para el PSOE, nos merecemos. En el siglo XVIII los moralistas distinguían entre la sodomía y la bestialidad, porque la primera era accessus ad non debitum sexum y la segunda concubitus cum individuo alterius speciei. ¿A cuál de ellas corresponderá el engendro UPSN? ¿O nos estaremos dejando engañar por las apariencias y no será más que debitum sexum?
(Diario de Noticias, 8 de agosto de 2007)
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