Dice el presidente Zapatero que es mejor reformas sin consenso que ausencia de reformas. Lo dice y quiere aparecer como salvador en una situación extrema. Todo estaría bien si no fuera por dos detalles no menores. El primero, que él es responsable directo de la situación. El segundo, que no se trata de reformar para derribar privilegios o afrontar oscuros intereses creados, sino de empeorar la situación de los más débiles, en nombre de una eficiencia en la que sólo creen algunos incautos que hacen el caldo gordo y sirven de ariete teórico e ideológico a los verdaderos beneficiarios de las reformas. Tampoco esos sindicatos que ahora se niegan al acuerdo son inocentes, seducidos por incentivos no siempre confesables en los plácidos años de la paz social.
Mostrando entradas con la etiqueta PSOE. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta PSOE. Mostrar todas las entradas
jueves, 20 de enero de 2011
Economía positiva, economía normativa y ruedas de molino
Dice el presidente Zapatero que es mejor reformas sin consenso que ausencia de reformas. Lo dice y quiere aparecer como salvador en una situación extrema. Todo estaría bien si no fuera por dos detalles no menores. El primero, que él es responsable directo de la situación. El segundo, que no se trata de reformar para derribar privilegios o afrontar oscuros intereses creados, sino de empeorar la situación de los más débiles, en nombre de una eficiencia en la que sólo creen algunos incautos que hacen el caldo gordo y sirven de ariete teórico e ideológico a los verdaderos beneficiarios de las reformas. Tampoco esos sindicatos que ahora se niegan al acuerdo son inocentes, seducidos por incentivos no siempre confesables en los plácidos años de la paz social.
Etiquetas:
FEDEA,
pensiones,
PSOE,
socialdemocracia,
Zapatero
lunes, 1 de junio de 2009
El azul es tu color
Los sondeos electorales publicados estos días coinciden —además de en el, seguramente interesado, enfoque polarizador PSOE-PP— en apuntar dos datos nada inesperados en la actual coyuntura política y social. En primer lugar, una elevada abstención, fruto de la distancia con que se contempla la Unión Europea, todavía adoleciente de un déficit democrático que la convierte en presa fácil de los tejemanejes de los gobiernos y la aleja de la opinión pública. En segundo lugar, los sondeos pronostican una victoria del PP. En este caso lo que sorprende es el margen tan escaso de ventaja. Este es el panorama general y es lo que los partidos del fáctico frente nacional (español, por supuesto) están interesados en transmitir, intentando generalizar la impresión de que todo se ventila a dos. Sea cual sea el resultado (esta semana ambos intentarán movilizar un voto negativo y resignado, azuzando el miedo a que gane el otro), es un ejemplo más de la versión posmoderna del canovismo que poco a poco van implantando: turnarse en el poder en Madrid y compartirlo en las comunidades autónomas, especialmente allí donde una parte significativa de la opinión pública puede llegar a pensar —cuánta maldad— que estarían mejor con otro marco jurídico y vital.
Etiquetas:
campaña electoral,
elecciones europeas,
PP,
PSOE,
UPN
martes, 15 de julio de 2008
Coitus interruptus (el estilo Zapatero)
Uno de los retos —quizá el fundamental— a que se enfrentaba Nafarroa Bai en la última campaña electoral era la fuerte polarización bipartidista a que jugaban —porque a ambos interesaba— tanto PSOE como PP y de la que, por cierto, la gran perjudicada (esa y no la ley electoral es la causa) fue Izquierda Unida. Había que trasladar al electorado el riesgo que suponía caer en esa trampa. Desde una perspectiva progresista, no convenía dar a Rodríguez Zapatero el cheque en blanco del voto útil, y sí condicionar de cerca su acción de gobierno, máxime cuando ya entonces era evidente que se aproximaban tiempos de desolación. Y ello por dos razones: la primera, porque el presidente español parece dar algún valor mágico, taumatúrgico, a las palabras, al margen de su contenido; parece pensar que con tildar algo de progresista ya lo es. Así, inició la campaña electoral con una promesa, la de los 400 euros, típicamente conservadora y regresiva. La segunda es que su supuesto y cacareado optimismo antropológico aparenta ser más bien incapacidad (¿también antropológica?) para enfrentarse a situaciones complicadas. La pasada legislatura gobernó a través del prisma deformante de los sondeos y todo fue un continuo amagar y no pegar, freno y marcha atrás, un ininterrumpido coitus interruptus. Por si no fuera suficiente para ganar, se dedicó a cultivar y alimentar la crispación del PP, en una apuesta muy arriesgada cuyas consecuencias se empiezan a ver ahora.
Pero gobernar así no es demasiado complicado si la situación económica es buena. Claro que, en realidad, no era tan buena. Hemos llegado a un punto en que a la Administración de turno sólo le interesa exhibir agregados macroeconómicos aparentemente brillantes, sin atender a la forma como se alcanzan. De tal manera que se utilizan las cifras para engañar y manipular. Mucho de lo que se exhibía con triunfalismo era ficticio, puro efecto riqueza de una sociedad que vivía de algo tan vaporoso como una burbuja inmobiliaria. Eso significa, primero, que no se puede echar toda la culpa de lo que pasa a la situación internacional; y segundo, que, precisamente por eso, la caída es más rápida y dramática de lo que cabría esperar. Hasta hace unos meses, y en la misma campaña electoral, el PSOE alardeaba de ser el responsable de una situación económica envidiable. Ahora, cuando las tornas han cambiado, se buscan culpables exteriores. Pero el razonamiento debe ser el opuesto. Las cosas van peor de lo que debieran, porque cuando iban bien la gestión no fue la adecuada, no se fortaleció la economía, no se eliminaron viejos desequilibrios, se vivió del aire, desaprovechando una coyuntura y un contexto que, entonces sí, empujaban la economía hacia arriba y hubieran facilitado esas actuaciones.
Resultado: el Gobierno paralizado y Rodríguez Zapatero con la sonrisa congelada como quien piensa que eso no le puede estar pasando a él. Su torpe empecinamiento en evitar la palabra crisis es sintomático. Y eso que coincido en su apreciación, porque prefiero utilizar el término en su acepción más restrictiva. Pero tener al país pendiente de que pronuncie la palabra de marras roza la estupidez. Es lo que pasa cuando se renuncia a la pedagogía en favor del electoralismo.
Hasta la fecha el Gobierno español ha presentado dos planes de contenido económico. El primero, un decreto en el que lo fundamental era la reforma del IRPF para incluir la deducción de 400 euros. El resto de medidas tenían poca enjundia, incluyendo una sobre el calendario de adaptación de las empresas a la reforma contable (¡en un decreto "de medidas de impulso a la actividad económica"!). El segundo plan tampoco contiene medidas relevantes, salvo una ampliación de la partida presupuestaria para otorgar avales a medianas y pequeñas empresas. Eso y algunos pequeños ahorros en gasto corriente (incluyendo la congelación salarial de los altos cargos), que suponen 250 millones de euros en dos años. No han sido capaces de ofrecer nada más, precisamente por la parálisis que afecta al Gobierno, mientras se siguen haciendo pronósticos irresponsables y la población empieza a percibir un rápido empeoramiento de la situación. Ciertamente, hay también mucho agorero empeñado en hacer ver las cosas más negras de lo que son, pero sin la ayuda inestimable de la inacción gubernamental sus mensajes apocalípticos perderían mucha verosimilitud.
Los estudios de opinión revelan con claridad que la población, y el propio electorado del PSOE, percibe la parálisis que aqueja a Rodríguez Zapatero y su Gobierno y duda incluso de su capacidad para manejar la situación. Hasta el punto que el PP, sumido en una profunda crisis desde las elecciones, iguala ya al PSOE en intención de voto. La respuesta gubernamental es, nuevamente, humo: una campaña de propaganda en toda regla, incluyendo entrevistas en periódicos y televisiones saturadas de almíbar y ditirambos (por no hablar de un congreso a la coreana en el que la razón para que se adopten o rechacen acuerdos es que el líder así lo quiere). Y, por supuesto, más coitus interruptus y más intentos de crispar a la derecha. Vuelta a empezar con tantos temas por su repercusión mediática, sin entrar a fondo en ellos: vuelta a empezar con la reforma de la ley del aborto: es decir, con la reflexión sobre la reforma; vuelta a empezar con la laicidad sin tocar la cuestión fundamental, que son los acuerdos con el Vaticano: curioso el giro dado al asunto en mitad del congreso y más curiosa aún la razón esgrimida para no suprimir los funerales de Estado (la liturgia católica queda bien); vuelta a empezar con ese patrioterismo jacobino y sensiblero (al rebufo de triunfos deportivos que, al parecer, muestran bien a las claras la intrínseca superioridad gonadal española), que ya llevó a Rodríguez Zapatero a envolverse la pasada legislatura en la bandera monárquica.
Es triste que el mejor remedio (el más concreto) que se le ocurre a Zapatero para salir de la crisis sea —lo dijo en el congreso del PSOE— consumir. ¿Qué será lo próximo? ¿Instar a los parados a colocarse? ¿Quién será entonces capaz de distinguir si quien habla es el presidente del Gobierno español o un camello?
Pero gobernar así no es demasiado complicado si la situación económica es buena. Claro que, en realidad, no era tan buena. Hemos llegado a un punto en que a la Administración de turno sólo le interesa exhibir agregados macroeconómicos aparentemente brillantes, sin atender a la forma como se alcanzan. De tal manera que se utilizan las cifras para engañar y manipular. Mucho de lo que se exhibía con triunfalismo era ficticio, puro efecto riqueza de una sociedad que vivía de algo tan vaporoso como una burbuja inmobiliaria. Eso significa, primero, que no se puede echar toda la culpa de lo que pasa a la situación internacional; y segundo, que, precisamente por eso, la caída es más rápida y dramática de lo que cabría esperar. Hasta hace unos meses, y en la misma campaña electoral, el PSOE alardeaba de ser el responsable de una situación económica envidiable. Ahora, cuando las tornas han cambiado, se buscan culpables exteriores. Pero el razonamiento debe ser el opuesto. Las cosas van peor de lo que debieran, porque cuando iban bien la gestión no fue la adecuada, no se fortaleció la economía, no se eliminaron viejos desequilibrios, se vivió del aire, desaprovechando una coyuntura y un contexto que, entonces sí, empujaban la economía hacia arriba y hubieran facilitado esas actuaciones.
Resultado: el Gobierno paralizado y Rodríguez Zapatero con la sonrisa congelada como quien piensa que eso no le puede estar pasando a él. Su torpe empecinamiento en evitar la palabra crisis es sintomático. Y eso que coincido en su apreciación, porque prefiero utilizar el término en su acepción más restrictiva. Pero tener al país pendiente de que pronuncie la palabra de marras roza la estupidez. Es lo que pasa cuando se renuncia a la pedagogía en favor del electoralismo.
Hasta la fecha el Gobierno español ha presentado dos planes de contenido económico. El primero, un decreto en el que lo fundamental era la reforma del IRPF para incluir la deducción de 400 euros. El resto de medidas tenían poca enjundia, incluyendo una sobre el calendario de adaptación de las empresas a la reforma contable (¡en un decreto "de medidas de impulso a la actividad económica"!). El segundo plan tampoco contiene medidas relevantes, salvo una ampliación de la partida presupuestaria para otorgar avales a medianas y pequeñas empresas. Eso y algunos pequeños ahorros en gasto corriente (incluyendo la congelación salarial de los altos cargos), que suponen 250 millones de euros en dos años. No han sido capaces de ofrecer nada más, precisamente por la parálisis que afecta al Gobierno, mientras se siguen haciendo pronósticos irresponsables y la población empieza a percibir un rápido empeoramiento de la situación. Ciertamente, hay también mucho agorero empeñado en hacer ver las cosas más negras de lo que son, pero sin la ayuda inestimable de la inacción gubernamental sus mensajes apocalípticos perderían mucha verosimilitud.
Los estudios de opinión revelan con claridad que la población, y el propio electorado del PSOE, percibe la parálisis que aqueja a Rodríguez Zapatero y su Gobierno y duda incluso de su capacidad para manejar la situación. Hasta el punto que el PP, sumido en una profunda crisis desde las elecciones, iguala ya al PSOE en intención de voto. La respuesta gubernamental es, nuevamente, humo: una campaña de propaganda en toda regla, incluyendo entrevistas en periódicos y televisiones saturadas de almíbar y ditirambos (por no hablar de un congreso a la coreana en el que la razón para que se adopten o rechacen acuerdos es que el líder así lo quiere). Y, por supuesto, más coitus interruptus y más intentos de crispar a la derecha. Vuelta a empezar con tantos temas por su repercusión mediática, sin entrar a fondo en ellos: vuelta a empezar con la reforma de la ley del aborto: es decir, con la reflexión sobre la reforma; vuelta a empezar con la laicidad sin tocar la cuestión fundamental, que son los acuerdos con el Vaticano: curioso el giro dado al asunto en mitad del congreso y más curiosa aún la razón esgrimida para no suprimir los funerales de Estado (la liturgia católica queda bien); vuelta a empezar con ese patrioterismo jacobino y sensiblero (al rebufo de triunfos deportivos que, al parecer, muestran bien a las claras la intrínseca superioridad gonadal española), que ya llevó a Rodríguez Zapatero a envolverse la pasada legislatura en la bandera monárquica.
Es triste que el mejor remedio (el más concreto) que se le ocurre a Zapatero para salir de la crisis sea —lo dijo en el congreso del PSOE— consumir. ¿Qué será lo próximo? ¿Instar a los parados a colocarse? ¿Quién será entonces capaz de distinguir si quien habla es el presidente del Gobierno español o un camello?
miércoles, 28 de mayo de 2008
Zapatero y su dilema: principios sin poder, poder sin principios
Las elecciones del 9 de marzo trajeron consigo cambios en el mapa político que han sacado a la luz el verdadero trasunto del PSOE de Zapatero, caracterizado por un populismo electoralista y el principio de conservación del poder a cualquier coste. Ciertamente, el PSOE tiene motivos para sentirse satisfecho a posteriori con el resultado, dado que puede gobernar con tranquilidad los próximos años, permitiéndose incluso hacerlo con una soberbia de la que ya ha habido sobradas muestras en apenas tres meses.
Pero un análisis detenido muestra que las razones para el triunfalismo no son tantas ni de tanto peso. La estrategia de la tensión seguida por el PP la pasada legislatura impidió que el PSOE se despegara en las encuestas, a pesar de tenerlo todo de cara, empezando por la situación económica. La única respuesta que fueron capaces de pergeñar a última hora los estrategas socialistas fue, junto a sobornos electorales descarados, fomentar la crispación y generar un clima de emergencia que ponía al electorado progresista en la tesitura de elegir entre Zapatero o el caos. Resultado: si el PSOE ganó votos, el PP —aun asilvestrado y extremista— ganó más; especialmente, y esto es relevante, en los feudos que ya eran suyos. La drástica bipolarización se llevó por delante Izquierda Unida y acentuó la quiebra territorial del Estado, dejando como futuros árbitros —algo no deseado ni por populares ni por socialistas— a los nacionalistas. La busca de réditos a muy corto plazo ha podido provocar cambios estructurales de largo alcance, quizá en la dirección opuesta a la pretendida.
También resta dulzura a la victoria socialista que haya sido posible gracias a votos prestados. El extraordinario resultado obtenido en Cataluña (donde había pocas razones internas y externas para votar al PSOE) se debe a un fuerte voto anti-PP (es inaudito que un partido que aspira a gobernar lance campañas, no contra adversarios políticos concretos, sino contra la misma población, en este caso, en forma de boicot a productos catalanes). Con matices, pero algo parecido —aunque Patxi López no esté dispuesto a reconocerlo— puede predicarse de la Comunidad Autónoma Vasca o Navarra. En este último caso se ha visto cuán acertado estaba José Blanco cuando advirtió a su militancia navarra que los votos de las generales son del PSOE y no del PSN. Algo que la dirección socialista local se empeña en ignorar.
Se trata, pues, de una situación cómoda a corto plazo —no se esperan grandes inconvenientes para gobernar— pero más complicada a medio plazo. Si la izquierda ha tenido tradicionalmente más problemas para mantener su voto movilizado, al tratarse esta vez de votos prestados —el voto del miedo, que no es patrimonio exclusivo de la derecha— la dificultad es aún mayor. Todo ello genera un panorama enrevesado en el que resulta difícil desenvolverse y susceptible de terminar en catástrofe. Por no hablar de la ezquizofrenia organizativa que puede generar.
Por un lado, al PSOE le sigue interesando un PP radicalizado para mantener su propio voto movilizado ante la amenaza de la derecha más montaraz. No es casualidad que se haya resucitado el debate religioso; y Rouco y Cañizares, benditos ellos, no necesitan muchos estímulos para lanzarse en tromba, báculo en ristre y presto el anatema. Que el PP consiga incrementar su base electoral con ese discurso ultranacionalista no es mayor problema, puesto que está incapacitado para ser alternativa real de gobierno, salvo que obtuviera mayoría absoluta, hipótesis esta muy poco probable habida cuenta de su desmoronamiento en Cataluña y Euskadi (ay, si María pudiera sustituir flores por votos).
Por otra parte, da la sensación de que el PSOE ha decidido centrar sus desvelos en el Gobierno en Madrid y, por tanto, en la conformación de mayorías suficientes en el Congreso, con o sin aliados. No es una mala elección, dado que Madrid sigue teniendo las llaves de muchas —demasiadas— puertas. Con el PP aislado, no resulta difícil. Cuenta para ello con sus aliados tradicionales, especialmente CiU (también, aventuro, el PNV), mucho más fiables y menos arriesgados, entienden ahora en Ferraz, que otros como ERC, el BNG o, incluso, los restos de IU. Y ahí comienzan los problemas. El PSOE depende más que nunca para gobernar en Madrid de Cataluña y Euskadi, ya sea por los votos directos (muchos, insisto, prestados), ya sea por los indirectos, en forma de apoyos parlamentarios. Pero es muy probable que la traducción de tales apoyos en pactos de gobierno pase por la ausencia de incompatibilidades o conflictos en el país de origen, esto es, que los nacionalistas no estén en sus respectivos parlamentos en la oposición.
En suma, la aparente deriva socialista le llevaría a preferir ceder el gobierno catalán a CiU y buscar algún entendimiento con el PNV (quizá un gobierno de coalición). Eso choca, desde luego, con los intereses del partido en Cataluña (PSC) y Euskadi (PSE). Y choca —sobre todo en Cataluña— con un discurso progresista: tendrá que explicar por qué lo que vale para Madrid no sirve en Barcelona o por qué concede tan poco valor a sus votos al Parlament. De todas formas, no sería más que el desarrollo de lo que en su momento ensayó en Navarra. Claro que, como siempre, aquí salimos perdiendo y no le han regalado el poder a un partido más o menos conservador, pero de raigambre democrática, sino a una sucursal del PP con demasiadas servidumbres predemocráticas (permítaseme el eufemismo). Así pues, la búsqueda del poder en Madrid a toda costa lleva al PSOE a traicionar a muchos de sus votantes. Hemos de asistir a espectáculos interesantes a cuenta del trío PSOE-CiU-PSC.
De todas formas, sería previsiblemente una estrategia perdedora, porque requiere condiciones muy exigentes. En primer lugar, que el PP se mantenga en sus posiciones actuales: Aguirre, Ramírez y Jiménez están por la labor, pero otros personajes significados parecen remar en distinta dirección. Requiere, en segundo lugar, que las variantes territoriales del PSOE, acepten ser sacrificadas en el altar de intereses que es difícil percibir como superiores y que parecen espurios, cuando no puramente crematísticos. Y requiere, en tercer lugar, que los votantes entren en el juego y no extraigan conclusiones, algo que sólo ocurre en modelos teóricos, partiendo del supuesto de que son imbéciles.
Pero un análisis detenido muestra que las razones para el triunfalismo no son tantas ni de tanto peso. La estrategia de la tensión seguida por el PP la pasada legislatura impidió que el PSOE se despegara en las encuestas, a pesar de tenerlo todo de cara, empezando por la situación económica. La única respuesta que fueron capaces de pergeñar a última hora los estrategas socialistas fue, junto a sobornos electorales descarados, fomentar la crispación y generar un clima de emergencia que ponía al electorado progresista en la tesitura de elegir entre Zapatero o el caos. Resultado: si el PSOE ganó votos, el PP —aun asilvestrado y extremista— ganó más; especialmente, y esto es relevante, en los feudos que ya eran suyos. La drástica bipolarización se llevó por delante Izquierda Unida y acentuó la quiebra territorial del Estado, dejando como futuros árbitros —algo no deseado ni por populares ni por socialistas— a los nacionalistas. La busca de réditos a muy corto plazo ha podido provocar cambios estructurales de largo alcance, quizá en la dirección opuesta a la pretendida.
También resta dulzura a la victoria socialista que haya sido posible gracias a votos prestados. El extraordinario resultado obtenido en Cataluña (donde había pocas razones internas y externas para votar al PSOE) se debe a un fuerte voto anti-PP (es inaudito que un partido que aspira a gobernar lance campañas, no contra adversarios políticos concretos, sino contra la misma población, en este caso, en forma de boicot a productos catalanes). Con matices, pero algo parecido —aunque Patxi López no esté dispuesto a reconocerlo— puede predicarse de la Comunidad Autónoma Vasca o Navarra. En este último caso se ha visto cuán acertado estaba José Blanco cuando advirtió a su militancia navarra que los votos de las generales son del PSOE y no del PSN. Algo que la dirección socialista local se empeña en ignorar.
Se trata, pues, de una situación cómoda a corto plazo —no se esperan grandes inconvenientes para gobernar— pero más complicada a medio plazo. Si la izquierda ha tenido tradicionalmente más problemas para mantener su voto movilizado, al tratarse esta vez de votos prestados —el voto del miedo, que no es patrimonio exclusivo de la derecha— la dificultad es aún mayor. Todo ello genera un panorama enrevesado en el que resulta difícil desenvolverse y susceptible de terminar en catástrofe. Por no hablar de la ezquizofrenia organizativa que puede generar.
Por un lado, al PSOE le sigue interesando un PP radicalizado para mantener su propio voto movilizado ante la amenaza de la derecha más montaraz. No es casualidad que se haya resucitado el debate religioso; y Rouco y Cañizares, benditos ellos, no necesitan muchos estímulos para lanzarse en tromba, báculo en ristre y presto el anatema. Que el PP consiga incrementar su base electoral con ese discurso ultranacionalista no es mayor problema, puesto que está incapacitado para ser alternativa real de gobierno, salvo que obtuviera mayoría absoluta, hipótesis esta muy poco probable habida cuenta de su desmoronamiento en Cataluña y Euskadi (ay, si María pudiera sustituir flores por votos).
Por otra parte, da la sensación de que el PSOE ha decidido centrar sus desvelos en el Gobierno en Madrid y, por tanto, en la conformación de mayorías suficientes en el Congreso, con o sin aliados. No es una mala elección, dado que Madrid sigue teniendo las llaves de muchas —demasiadas— puertas. Con el PP aislado, no resulta difícil. Cuenta para ello con sus aliados tradicionales, especialmente CiU (también, aventuro, el PNV), mucho más fiables y menos arriesgados, entienden ahora en Ferraz, que otros como ERC, el BNG o, incluso, los restos de IU. Y ahí comienzan los problemas. El PSOE depende más que nunca para gobernar en Madrid de Cataluña y Euskadi, ya sea por los votos directos (muchos, insisto, prestados), ya sea por los indirectos, en forma de apoyos parlamentarios. Pero es muy probable que la traducción de tales apoyos en pactos de gobierno pase por la ausencia de incompatibilidades o conflictos en el país de origen, esto es, que los nacionalistas no estén en sus respectivos parlamentos en la oposición.
En suma, la aparente deriva socialista le llevaría a preferir ceder el gobierno catalán a CiU y buscar algún entendimiento con el PNV (quizá un gobierno de coalición). Eso choca, desde luego, con los intereses del partido en Cataluña (PSC) y Euskadi (PSE). Y choca —sobre todo en Cataluña— con un discurso progresista: tendrá que explicar por qué lo que vale para Madrid no sirve en Barcelona o por qué concede tan poco valor a sus votos al Parlament. De todas formas, no sería más que el desarrollo de lo que en su momento ensayó en Navarra. Claro que, como siempre, aquí salimos perdiendo y no le han regalado el poder a un partido más o menos conservador, pero de raigambre democrática, sino a una sucursal del PP con demasiadas servidumbres predemocráticas (permítaseme el eufemismo). Así pues, la búsqueda del poder en Madrid a toda costa lleva al PSOE a traicionar a muchos de sus votantes. Hemos de asistir a espectáculos interesantes a cuenta del trío PSOE-CiU-PSC.
De todas formas, sería previsiblemente una estrategia perdedora, porque requiere condiciones muy exigentes. En primer lugar, que el PP se mantenga en sus posiciones actuales: Aguirre, Ramírez y Jiménez están por la labor, pero otros personajes significados parecen remar en distinta dirección. Requiere, en segundo lugar, que las variantes territoriales del PSOE, acepten ser sacrificadas en el altar de intereses que es difícil percibir como superiores y que parecen espurios, cuando no puramente crematísticos. Y requiere, en tercer lugar, que los votantes entren en el juego y no extraigan conclusiones, algo que sólo ocurre en modelos teóricos, partiendo del supuesto de que son imbéciles.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)