domingo, 30 de diciembre de 2007

La Iglesia católica o el imperio del mal

La jerarquía eclesiástica está que se sale. Uno ya no sabe si es puro afán de notoriedad o, simplemente, que a un colectivo tan provecto como protervo se le va la olla y, en el desquicio, aflora lo mejor de un pensamiento cultivado desde siempre y atesorado con mimo en los años en que tanta barbaridad no parecía estar de moda. De la inmensidad del anecdotario con que nos suelen regalar los oídos y las meninges, hay dos perlas recientes que merecen alguna consideración.

La primera, como no podía ser de otro modo, se debe a ese prodigio intelectual, a medio camino entre la antropología, la psiquiatría y la prospectiva social, con que la Iglesia ha tenido a bien honrar a los tinerfeños, a cuantos por aquella diócesis se acercan y, gracias a la tecnología, a los que consumíamos nuestra existencia ignorantes de que tan ubérrimas tierras esconden semejante dechado. El curita ha resuelto de un plumazo el gran problema de la Iglesia católica, integrada en sus niveles superiores por un colectivo —el clero— particularmente proclive (abruma la rotundidad de los datos) a la pederastia.

Los homosexuales «del siglo», esto es, los laicos, son unos enfermos que siempre pueden contar con la caridad de la Iglesia en el afán por salvar sus almas. Algo hay de morboso (tal vez inquietante) en esa obsesión por abrir amorosamente los brazos (¿serán sólo los brazos?) al colectivo gay. Pero con la clerigalla es otra historia, porque son los niños (qué malvados, y eso que Jesús les concedió el reino de los cielos... ¡uy!) los que provocan y los pobres sacerdotes sólo son culpables del pecado (pecadillo, tampoco hay que dramatizar) de flaqueza. Así que en la Iglesia no hay homosexuales sino pobres víctimas de los manejos de pérfidos niños. De paso, los ingenuos pederastas ya saben a qué (a quién) se debe su desgracia.

No se trata ya de que, como tan a menudo ocurre, la Iglesia —un representante cualificado— ignore o desprecie a las víctimas. Es más grave aún, porque en este caso culpa a las víctimas de su propia desgracia y hace buenos a los verdugos. El argumento tampoco es nuevo. Que se lo digan a tantas mujeres violadas a las que encima se reprende porque es que van provocando, a los parados que lo están por vagos o a los países pobres que lo son por carecer de ética del trabajo...

Las segunda perla no es, alegrémonos por ello, del mismo calado social, aunque también lo tiene conceptual, doctrinal y político. Y es que el obispo de Valencia, Agustín García-Gasco ha afirmado que el laicismo es un fraude y que nos dirigimos, gracias al aborto, al divorcio exprés y a ideologías manipuladoras de los jóvenes, a la mismísima «disolución de la democracia». Ahí es nada. Sorprende, para empezar, que la palabra «democracia» surja en un discurso episcopal sin pretender condenarla o alertar sobre sus degeneraciones sino, por el contrario, para quejarse de su desaparición. Algo no está bien. El argumento es tramposo y deshonesto de principio a fin. Para empezar, es la propia Iglesia la que ha generado y puesto en circulación toda una teorización del laicismo que es la que conviene a sus intereses: el laicismo, como el pecado, sólo existe en las calenturientas mentes de los ideólogos eclesiásticos. En segundo lugar, no se me alcanza cómo la resolución de problemas sociales mediante la ampliación de derechos puedan terminar con un sistema cuya esencia debería ser, precisamente, obtener el máximo espacio de libertad. En tercer lugar, sólo la Iglesia, por una patente autoconcedida, no manipula: millones de damnificados por los colegios de la Iglesia lo atestiguan. Lo que hay detrás de todo esto es miedo. Miedo a la pérdida de influencia y de poder político y económico. Y en coherencia con su historia, la única salida que se le ocurre a la Iglesia es trasladar al Código Penal sus peculiares concepciones de la vida y la moral. Su «democracia» es un régimen opresivo y vigilado en el que sólo es realmente libre la Iglesia. Ahí está el Estado de la Ciudad del Vaticano: obras son amores...

Deberíamos estar ya hechos al disparate. Pero hay que reconocer a Rouco y sus demoníacos secuaces la capacidad para sorprender una y otra vez (¿no serán ellos las huestes del Anticristo? Se echa de menos la autorizada opinión de Iker Jiménez). El portavoz de la Conferencia Episcopal, Martínez Camino, llegó a afirmar (según recogió la prensa) que «el matrimonio homosexual es la cosa más terrible que ha ocurrido en veinte siglos». Nada más y nada menos. No las guerras, las matanzas, el desprecio a los derechos humanos, la opresión de unas personas (las más) por otras (las menos), la sistemática discriminación de la mitad de la humanidad (las mujeres) en nombre de principios «sagrados» y un largo etcétera en el que la Iglesia ha tenido mucho que ver (véase, sólo como muestra, Colosenses, 3, 18-19). No, lo peor ha sido que se reconozca la igualdad civil de un colectivo de ciudadanos. Habrá que pensar que la verdadera desgracia en estos veinte siglos ha sido que a un emperador romano se le ocurriera crear una estructura para dominar mejor su imperio y pusiera en marcha ese mecanismo infernal mejor conocido como Iglesia católica.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Juan Pablo II y el callejero

Mientras se dibuja ya en Pamplona el trazado de lo que será —en las estrechas lindes del término municipal— el último ensanche, por agotamiento del suelo disponible, grandes carteles proclaman la magnitud de la obra junto a la denominación de la principal vía que se va a abrir: avenida de Juan Pablo II. Funcionarios municipales se han ocupado, también, de colocar la placa en lo que será el inicio de la nueva calle.

La decisión de denominar así la vía la tomó la alcaldesa Barcina en un malhadado pronto, quizá llevada por la emoción del óbito papal, quizá por pura solidaridad ideológica reaccionaria, tal vez persiguiendo crear una situación irreversible. Haciendo memoria, el lamentable espectáculo —por más que a los apologistas del dolor y del sacrificio les parezca edificante y digno de imitación— de la decadencia física, agonía, muerte y velatorio de Karol Wojtyla siguió magistralmente las pautas marcadas por el propio papa y la dirección de la Iglesia católica desde el comienzo mismo del reinado. En este sentido, lo sucedido tras el fallecimiento mostró que el manejo de los tiempos, de la imagen y de los efectos especiales no era sólo una habilidad personal —innata o aprendida— del papa difunto, sino que impregnaba e impregna —seguramente por el magisterio de aquél, aunque ahora con matices— todo el quehacer eclesiástico.

De Juan Pablo II se dijo que era el papa más aclamado de la historia pero el menos obedecido. Desde luego, puede decirse que a su muerte dejaba una Iglesia más influyente en lo político y menos en lo espiritual. Cultivó con un esmero ribeteado más de soberbia que de humildad cristiana a los poderosos de la Tierra. Fue muy amigo del mesurado Reagan y ávido consumidor —si no generador— de información de la CIA. Parecía experimentar por los dictadores esa fascinación que a menudo sienten hacia sus símiles las gentes de talante autoritario. Pese a los juicios precipitados tributarios de la emoción del momento, hoy la Iglesia está de capa caída y continuará así, dado que el actual pontífice católico es un esencialista que parece preferir una Iglesia corta pero convencida a otra extensa pero mas diluida en sus principios, no necesariamente «cristianos». Por supuesto, como ocurre siempre que desaparece algún líder carismático (venga de donde venga el carisma), abundaron las muestras de dolor y las proclamaciones de santidad. Hasta de Franco se decían cosas así en los días siguientes a su muerte. La globalización acentúa y multiplica esos efectos. Pero la composición del santoral es cosa de la Iglesia y allá ella y sus criterios de calidad.

Otra cosa es que, al calor de un acontecimiento de indudable magnitud y repercusión, se intente ganar unos miserables puntitos entronizándolo en el callejero. Sin entrar en la conveniencia o no de asignar nombres propios a las calles —al menos recientes o poco «reposados»—, estamos hablando de un líder religioso y político a un tiempo, cuya actuación, con implicaciones para personas y grupos sociales, es difícil de asignar con nitidez a uno u otro campo. Así, el Estado de la Ciudad del Vaticano es una monarquía absoluta que no reconoce derechos básicos como la igualdad de sexos o la libertad religiosa y discrimina a las personas por ambos conceptos. Es costumbre criticar con dureza visitas de Estado a países con regímenes discutidos. Cuba es un buen ejemplo. Venezuela también está ahora en el candelero. Sin embargo, no se dice lo mismo de las visitas de alto nivel al Vaticano para bailar el agua a cardenales ultramontanos con motivo de beatificaciones de claro contenido político reaccionario.

¿Qué decir de la política de Juan Pablo II hacia las mujeres? No sólo fue contumaz en negarles la igualdad con los varones, con argumentos circunstanciales y nada teológicos (si Jesús de Nazaret hubiera querido que las mujeres fuesen sacerdotes, decía, habría designado alguna para su selecto grupo de apóstoles). Su aliento a posiciones intransigentes en el tema de los anticonceptivos le hace cómplice de la negación a tantas y tantas adolescentes de países pobres de derechos fundamentales, como consecuencia del matrimonio en la infancia y la maternidad precoz. Como muestra, la actitud de las delegaciones vaticanas en conferencias sobre población o sobre la mujer, que sólo con mucha bondad cabe calificar de irresponsable. Cierto que Juan Pablo II no inventó esa política, pero la llevó al extremo con una intransigencia inaudita. Ahí quedan sus críticas al gobierno de Zapatero y las presiones ejercidas con el fin de evitar el reconocimiento de derechos y la propia igualdad ante la ley (no ante Dios: el Dios de los católicos puede ser todo lo sectario que estime oportuno en su omnisciencia) a determinados ciudadanos. Incluso el apoyo a la actuación de Rouco y sus secuaces y su maridaje con el gobierno del PP terminó con la imposición de obligaciones a los no católicos, mediante la legislación educativa, sólo para que los católicos puedan ser adoctrinados a cuenta del erario público. Por no hablar de la delirante incursión papal en la planificación hidrológica (es de suponer que no hablaba ex catedra; de lo contrario, habrá que concluir que al Espíritu Santo no le preocupa la sostenibilidad ambiental: que consulte con Al Gore.

Con esos mimbres parece más que discutible la decisión de asignarle una calle, salvo que se apliquen criterios sectarios en el callejero, como ya ocurriera en otro tiempo y sin que en muchos casos —como en Pamplona— se haya hecho más que una limpieza somera, subsistiendo una buena porción de individuos y símbolos fascistas (ya veremos qué consigue la alicorta ley de la memoria histórica, abortada en sus mismos inicios por el propio Zapatero). Buena prueba de ello es la abundancia de calles dedicadas precisamente a otro papa, Pío XII, debido sobre todo a su apoyo ideológico e institucional al franquismo. Felicitó a Franco por su victoria (calificada de «católica») y equiparó los principios del dictador con los de la Iglesia, considerando el Estado franquista como «sociedad perfecta». Juan Pablo II es una personalidad controvertida incluso entre los católicos y cuenta con demasiados ángulos oscuros en su personalidad y biografía como para hacer mucho ruido honrándole, por más que hoy sea seguramente el principal negocio de la Iglesia católica.

jueves, 6 de diciembre de 2007

Decoración navideña en Barcinópolis

Barcina, ya saben, la señora del gris, de la especulación, de los grandes negocios de empresas privadas (privatización de beneficios, socialización de pérdidas), de la depauperación del pequeño comercio en favor de las grandes superficies, del autoritarismo, de la incapacidad para el diálogo y la agresión permanente y enfermiza (por lo obsesiva) al euskera, ha dado una muestra más de su talante. Esta vez ha sido con la decoración navideña. Para empezar, es discutible que tal cosa se siga haciendo en los tiempos que corren, y no por motivos estéticos o religiosos —que darían para otro debate— sino éticos y ambientales. Es difícilmente comprensible que el Ayuntamiento de Pamplona se una al apagón promovido por ONGs contra el cambio climático y, al mismo tiempo, inunde las calles de luces navideñas, por más que sean de bajo consumo y sólo corra parcialmente con los gastos. Pero hace tiempo que Barcina se dedica, no a gobernar la ciudad, sino a hacer gestos para la galería, poniendo hoy una vela a un santo y mañana a otro, si de quedar bien se trata y siempre que haya cemento de por medio.

Pues bien, ni siquiera el mito navideño de la paz, la armonía y los buenos deseos son capaces de doblegar a la inflexible y férrea Barcina que da buena cuenta de su carácter con esos sucedáneos de árboles que, a un coste exorbitante, ha instalado en Carlos III. Lucen enhiestos con regueros longitudinales de bombillas que de noche remarcan aún más su fálica apostura. El fraude continúa en los oropeles que revisten la arborescencia. Aquí y allá se desparraman simulacros de regalos en dorado envoltorio, lazos, bolas, en suma, la parafernalia navideña al uso.

Pero la sorpresa surge en los bajos del artefacto (que suele ser, sobre todo en el caso de la gente menuda, lo primero que se ve). Si uno se quiere acercar a apreciar el primor de la obra, se tropieza con una reja de pretencioso diseño, muro metálico que aleja el objeto del espectador, enfría los ánimos y ofende la sensibilidad. La omnisciente y ubicua Barcina deja bien claro lo mucho que podría ofrecer, si no fuera porque la ignorancia y el afán depredador de una ciudadanía poco propensa a entender y apreciar sus desvelos le obligan a mantenerlo fuera de su alcance. Como a un niño al que se muestra un pastel que no va a probar porque se lo comerán los adultos cuando él no esté presente. Despotismo de sedicente ilustración, pasado por el tamiz del aldeanismo casposo (pensamiento navarro, ya saben).

Y puestos a hablar de decoración navideña, hay que rendir público homenaje a la de las plazas circulares del Segundo Ensanche (Príncipe de Viana y Merindades). Para quien no la haya visto, consiste en unos postes visualmente agresivos que sostienen unas cuerdas de las que cuelgan lo que se supone que son luces, pero que asemejan —especialmente de día— andrajos puestos a secar al frío y escuálido sol invernal de Pamplona. Aunque, a decir verdad, lo más impresionante son las bolas de Barcina, exhibidas con tanta arrogancia como impudicia sobre felpudos de césped (algunas están colocadas con tanto acierto que diríanse partes (sensibles) cruelmente desgajadas de alguna escultura de Botero), quizá sólo con afán de combinar los colores municipales y forales; quizá, quién sabe, con añoranza del blanco que termine por dar cuerpo y solvencia al rojo y al verde...

Una cosa es cierta, Barcina es partidaria de la variedad y sorprende, además, la perspicacia con que se eligen los motivos. Quizá haya algo de revelación de pulsiones inconscientes en la selección. Y es que en la orgía de simulacros todavía queda uno que constituye una eficaz metáfora de Barcina, tal vez la mejor: se trata de las cajas desparramadas por la plaza del Castillo. Cajas grandes, rotundas, de apariencia impecable, con lazos rígidos, perfectamente simétricos, sin la menor arruga o desviación. Aquí no hay margen para la espontaneidad o la improvisación; nada hay fuera de lugar, se percibe un todo impasible y decididamente dispuesto a soportar cualesquiera embates, sean de la inclemente meteorología, sean de la natural curiosidad ciudadana, sean, incluso, de la juventud alegre y combativa. Pero bajo la brillante envoltura, el vacío, nada. Y de tal gobernante tal obra. Así es también la Pamplona de Barcina (y ahora, fruto de la ambición desmedida y de la falta de sentido de la oportunidad, de Torrens), Barcinópolis. Afortunadamente hay otras Pamplonas, diversas, ricas, plurales y coloristas, que sabrán emerger incluso de la vulgaridad oprobiosa de los adornos navideños.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Borbonear

Borbonear. Esa es la palabra clave en todo el embrollo en que se va enredando más y más la monarquía del 18 de julio. Es un verbo transitivo y se conjuga como amar. Tiene la peculiaridad de contar en cada momento histórico (a veces incluso mediando exilio) con un único sujeto, Borbón para más señas. Sólo él (el sujeto, que puede ser ella) borbonea a quien quiere, puede o se deja. Por supuesto, el contenido del vocablo varía al no estar normativizado. Hay quien lo asocia a la habilidad y campechanía que, dicen (es lo que tiene adobar un ya de por sí rico vocabulario con muchos tacos), caracterizan a los integrantes de la casa de Borbón. En términos generales, digamos que se refiere a la intervención directa en política, aunque sea —¿queda otra vía en una monarquía parlamentaria?— mediante la manipulación y el engaño. Juan de Borbón recogía la acepción de «manipular a las gentes, de engatusarlas, de engañarlas, de utilizarlas en provecho propio, astuta, aviesamente» (sorprende la utilización de unos términos con connotaciones tan negativas; quizá sea porque, al mismo tiempo, presuponen alguna sutileza e inteligencia, saltándose la evidencia contrastada de una idiosincrasia familiar que va por otros derroteros).

El paradigma de Borbón borboneador es Alfonso XIII. Claro que se le fue la mano y se quedó sin trono, enfrentado al exilio y al cese temporal (hasta su muerte) de la convivencia con su mujer (ahora se dice así), que no le perdonaba sus muchas infidelidades: paradojas de la majestad católica. Juan de Borbón intentó borbonear a Franco, cuyo entusiasmo por el protocolo monárquico le impedía dejar de ser su protagonista, lo que obligó a los aspirantes a la sucesión a hacerse agradables a los ojos del Señor (y de la Señora), desde la distancia de Ayete o deambulando por los salones de El Pardo.

El Borbón reinante mantuvo un perfil bajo mientras duró el complejo de falta de legitimidad de la monarquía, que surge (también en lo que afecta a su titular) como resultado de la voluntad soberana de un dictador y es «validada» mediante su inclusión en la Constitución, que se convierte así en trágala de un chantaje obsceno. Con la victoria del PP esa discreción se rompió y hubo algún intento de borbonear a Aznar, malogrado por la arrogancia de éste, siempre dispuesto a dejar claro quién mandaba y humillar al jefe del Estado.

A estas alturas ya habrá descubierto que con los socialistas su posición es más confortable. Llegarán adonde haga falta (incluso a envolverse en la bandera monárquica) con tal de evitar perturbaciones en su ejercicio del poder o ganar algunos votos a la derecha. Con su habitual desparpajo revestido de ingenuidad, Zapatero terminará por hacer creer que la monarquía es de izquierdas y la república cosa de falangistas y del irredentismo episcopal.

La reacción ante la caricatura de El Jueves tiene distintas lecturas. Puede ser, como se ha apuntado reiteradamente, una muestra de nerviosismo. Pero también de arrogancia por parte de quien se siente ya bien instalado y seguro. Si el matrimonio Borbón-Ortiz sintió mancillado su derecho al honor y a la propia imagen, debería haberlo denunciado y no servirse de la fiscalía. Si ésta tuviera que intervenir cada vez que un famoso estima que alguien se entromete en su honor, no ganaríamos para fiscales. Por cierto, que resulta llamativa la reacción de gran parte de esa progresía de salón —PSOE y aledaños incluidos— que todo lo invade, defendiendo la libertad de expresión pero arremetiendo a continuación contra el mal gusto de los dibujantes o la inoportunidad de la caricatura. Lo cierto es que unía con tino y pericia gráfica la crítica a una medida gubernamental más que discutible y a una institución parasitaria en su esencia, cuyos beneficios para la sociedad, se diga lo que se diga, no son en absoluto evidentes. Sonado enredo del que, mal que bien, se intentó salir con el argumento (difundido por la prensa bienpensante, la rosa y el propio Gobierno) de que el Rey trabaja, y mucho. Sintomático.

Con motivo de la visita del jefe del Estado a Girona, hay manifestaciones republicanas en las que se queman fotografías del Rey. Nuevamente, las reacciones más sorprendentes, por virulentas y acomplejadas, vienen de un sector necesitado, al parecer, de hacerse perdonar pasadas veleidades republicanas; o poco dispuesto a que se le perturbe en sus bien ganadas posiciones. Actos así son más habituales de lo que el pensamiento único está dispuesto a reconocer, aunque es ahora cuando se le da relevancia, quizá para intentar apuntillar el activismo republicano. Pero llama la atención que no sea eso lo que más molesta al Rey, al decir de algunos, sino la campaña de la extrema derecha pidiendo su abdicación (entiéndase, no un cambio de régimen). Al fin y al cabo, de los republicanos no va a esperar gran cosa, pero sí de la jerarquía eclesiástica y ciertos grupos empresariales. Hay que saber elegir mejor a los amigos.

El Gobierno y sus corifeos pretenden minimizar la importancia del pensamiento republicano, metiendo a todos en el mismo saco y de paso intentando que el PP dé algún mal paso que le comprometa con su electorado natural. Las protestas antimonárquicas son, dicen, cosa de grupúsculos radicales de extrema izquierda y algún periodista de la extrema derecha. Quizá fruto del nerviosismo que empieza a cundir, el Rey se lanza —cosa inédita y hasta sorprendente— a justificar la monarquía y su propio puesto, por sus pretendidos beneficios para el país, planteando un silogismo falaz: los últimos treinta años han sido los más prósperos y estables en la historia de España; el sistema de gobierno de esos treinta años ha sido la monarquía; luego la monarquía es la causa del mayor período de estabilidad y prosperidad de la historia de España. Pueril.

Con tanto vaivén, el Rey se ha ido acostumbrando a intervenir por su cuenta, a hacer y decir, a salirse de su papel institucional, en suma, a borbonear. Y termina metiendo la pata. Del tuteo a Chávez se ha hablado ya mucho. De la inoportunidad de su intervención (aunque fuera para que Zapatero siguiera en el uso de la palabra) también. Su salida de la sala es, quizá, aún más grave. Pero lo que de verdad está sin explicar es por qué asiste a esas reuniones, cuando carece de competencias y de responsabilidad (jurídica).

La perspicacia no va a ser rasgo definitorio de la dinastía más destronada de la historia. El borboneo termina dando malos resultados: Alfonso XIII se quedó sin trono, Juan de Borbón nunca lo obtuvo... ¿qué será, en esta tesitura borboneadora, de Juan Carlos Capeto?

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La oportunidad perdida con EHN

En octubre de 2004 se cerró un acuerdo en virtud del cual Acciona adquiría el 50% del capital de Energía Hidroeléctrica de Navarra (EHN) a Sodena (39,58%) y Caja Navarra (10,42%). De esta manera Acciona se convertía en propietario único de EHN, puesto que en 2003 ya había adquirido el otro 50% a Cementos Portland (21%), Sodena y Caja Navarra (17%), así como la autocartera generada tras la retirada de Iberdrola (12%). Acciona es un conglomerado diversificado que, en el momento de su entrada en EHN contaba con una potencia instalada en energía eólica de 138 megavatios, frente a los 573 megavatios de EHN.

La operación suscitó considerable polémica, por su justificación, por el procedimiento seguido —de dudosa legalidad— y por el uso que se dio a los 307 millones de euros en plusvalías obtenidos por el Gobierno de Navarra, invertidos en Iberdrola en unas condiciones más que discutibles. Entre las razones para justificar la venta, se adujo que ya había sido completado el mapa eólico de Navarra o que el plan estratégico de EHN preveía unas inversiones de 2.000 millones de euros que el sector público navarro no podía asumir. Y, sobre ellas, la fundamental, la más esclarecedora: era, en palabras de Sanz, «positiva para los intereses generales de los navarros». Dejando aparte esta última, por vacía e inconsistente, las otras dos tampoco tienen demasiada enjundia y parecen más bien dictadas por la necesidad de decir algo: la primera porque EHN estaba ya experimentando una expansión que, en la medida en que podía permitir la adquisición de una dimensión adecuada para enfrentarse a las necesidades financieras que impone mantenerse tecnológicamente en puestos de cabeza, ha de ser considerada saludable; la segunda, porque el mencionado plan fue elaborado estando ya Acciona en EHN y, seguramente, atendiendo a sus intereses corporativos.

No es raro que una empresa llegue a un punto en su existencia en el que se enfrente a la disyuntiva de dar el salto más allá de su mercado de origen (muchas veces regional o local) o desaparecer en el torbellino de la competencia internacional. Es, pues, una cuestión de pura supervivencia, que puede asegurarse (de tener éxito) por dos vías: el crecimiento a partir de los propios recursos o la integración en una empresa o grupo más grande, a menudo multinacional. El grupo cooperativo de Mondragón (con 4.000 empleos en Navarra) es un ejemplo de lo primero; la fuerte presencia de multinacionales en Navarra refleja, en parte, lo segundo). Que se opte por una u otra vía depende tanto de la idiosincrasia empresarial como del contexto, es decir, del sesgo de la política industrial y tecnológica (cuando existe).

Tradicionalmente la políticas de fomento han consistido en Navarra en la atracción de inversiones foráneas. Ello ha dado buenos resultados y ha permitido un crecimiento sostenido, con sus efectos ya conocidos sobre la renta y el empleo. A cambio, los centros de decisión están fuera. Además, los grupos multinacionales tienden a localizar sus actividades de I+D allí donde se ubica la sede social de la empresa, normalmente su lugar de origen. Navarra puede terminar, como consecuencia de este proceso, reducida a una región puramente manufacturera, con el riesgo consiguiente —esta vez sí— de deslocalización.

EHN reunía las condiciones para superar estos dos obstáculos. Por un lado, podía haber sido el centro de un grupo industrial potente con centro en Navarra (toma de decisiones, I+D); por otro, constituir el motor del desarrollo tecnológico en un campo tan sensible y con tantas posibilidades de futuro como el de las energías alternativas. A pesar del compromiso de Acciona, las decisiones de mayor trascendencia ya no se toman aquí y, en cualquier caso, se está al albur de la conveniencia de una empresa cuyo grado de compromiso puede variar por circunstancias que quedan fuera del control del Gobierno de Navarra. Cuando tantos gobiernos desearían tener una herramienta como EHN para incidir en el desarrollo económico y tecnológico, en Navarra se desperdicia con razones, las oficiales, de escaso fuste.

(Publicado en El Debate de Navarra el 10 de noviembre de 2007)

lunes, 5 de noviembre de 2007

¿Quién mató a Kennedy?: historias «verosímiles» sobre el 11-M

Hace ya algún tiempo que en Estados Unidos se exponen hipótesis variopintas, algunas peregrinas, sobre la autoría y la motivación de los atentados del 11 de septiembre. Así, hay quienes atribuyen la responsabilidad a la propia administración o a perversos intereses empresariales o políticos. Los motivos van desde forzar la intervención militar en Afganistán e Irak (el negocio de la droga y el petróleo; o incluso la pretensión iraquí de operar en euros y no en dólares) hasta la especulación por oscuras tramas inmobiliarias con los terrenos ocupados por el World Trade Center. Algunos niegan que se estrellara ningún avión contra el Pentágono o aventuran que las torres gemelas fueron voladas desde abajo, probablemente por judíos. Normalmente estas historias las propagan grupos marginales, iluminados o gentes con olfato para el negocio editorial.

Ya se sabe que el hombre no estuvo en la Luna: todo es un montaje de la NASA. El holocausto fue una invención de la internacional judía, cuyas intenciones quedaron patentes en los Protocolos de los Sabios de Sión. Y hay muchos más ejemplos. El truco es sencillo. Se trata de, a partir de hechos no discutidos, entretejer una maraña de medias verdades junto a puras invenciones hasta construir una historia con apariencia de verosimilitud. Nada nuevo. Es, por ejemplo, la base de la fortuna editorial de autores como J.J. Benítez o de los programas de Iker Jiménez en radio y televisión, contumaces en la manipulación y el vapuleo del método científico. Lo que no es habitual es que organizaciones «serias» —y mucho menos del stablishment— den pábulo a estas historias o, lo que es peor, que las generen.

Justamente es lo que ha ocurrido —y sigue ocurriendo tras conocerse la sentencia— con la actuación del PP en relación con los atentados del 11 de marzo. Se genera una explicación rocambolesca, pasando incluso por encima (y contra) los mandos policiales nombrados por el propio gobierno popular (y olvidando que era Acebes quien mandaba las fuerzas de seguridad), para encubrir un error garrafal, seguramente el mayor cometido por un gobierno en circunstancias similares y que le costó al PP las elecciones. Si Aznar hubiera aparecido a media mañana en la estación de Atocha en mangas de camisa y prometiendo mano dura contra los islamistas, hoy Rajoy presidiría el Gobierno español. Pero en vez de eso, opta por la solución que, pensaron, les sería más rentable, esto es, atribuir los atentados a ETA contra todas las evidencias y el parecer de los expertos, con una insistencia insultante para los ciudadanos.

La incapacidad para asumir el resultado electoral y la necesidad de justificarse lleva a urdir una historia delirante (de la que han sido principales exponentes Zaplana, Del Burgo y el bufón Martínez Pujalte), apuntalada mediante medias verdades y completas mentiras, dando credibilidad a testimonios de delincuentes procesados, aun a costa de socavar (quién lo iba a imaginar) las bases mismas del Estado, insinuando una oscura trama en la que se unen islamistas radicales, etarras, mandos policiales, servicios secretos españoles y marroquíes y políticos socialistas. Demasiado parecido al contubernio judeo-masónico-comunista de otros tiempos.

Bien pensado, no es tan difícil construir historias verosímiles. Se me ocurre un ejemplo (cualquier parecido con la realidad…): Madrid, 8 de marzo de 2004. Falta menos de una semana para las elecciones generales. Aunque la ley no permite difundir sondeos, nada impide que se hagan. Uno realizado apresuradamente esa mañana trae malas noticias para el PP y sus estrategas: el PSOE aparece como ganador, culminando la tendencia iniciada semanas antes de pérdida lenta pero inexorable de la ventaja con que había contado el PP tiempo atrás. De seguir así, el domingo 14 cabe esperar cualquier cosa, incluso una mayoría absoluta socialista.

El margen de maniobra es escaso, pero la pérdida del Gobierno resulta inadmisible. Demasiada basura que limpiar y que no se puede arrumbar u ocultar sin más debajo de las alfombras. Afortunadamente, siempre hay un roto para un descosido y no faltan conocedores avezados de las cloacas políticas, sociales y policiales. Un subalterno eficiente, de esos que andan permanentemente rumiando algún «plan B», pone encima de la mesa una solución. Drástica, pero solución al fin.

Se sabe que grupos de islamistas radicales andan instalándose en España, buscando la manera de responder a la intervención en Irak. Se les ha detectado por redes «paralelas», estando como está la policía atada de pies y manos por la doctrina oficial de que todos los males vienen de ETA. Ni siquiera hay un control riguroso de los explosivos, habida cuenta de que ETA se aprovisiona en Francia y no utiliza goma 2. Manipulando adecuadamente alguno de estos grupos, se puede conseguir que se inmolen a mayor gloria de Alá, dejando indicios que permitan culpar a ETA. Se trata de llegar al domingo cabalgando la ola de la indignación popular. Después ya se verá.

Se hacen consultas, siempre en círculos reducidos. Se recurre incluso a algún ideólogo vociferante, a fin de asegurarse su anuencia y la colaboración de medios afines para desviar responsabilidades. Hay que moverse rápido, porque los plazos apremian y las cosas deben suceder de manera que la población tenga justo el tiempo de asimilar lo sucedido y atribuir responsabilidades, sin mayores análisis.

Dicho y hecho. El engranaje se pone en marcha. La predisposición de algunos islamistas radicales facilita su manipulación. Enseguida empiezan a actuar como si la idea hubiera sido suya. Se decide actuar en los ferrocarriles, porque ese parecía ser el objetivo etarra en los últimos tiempos. Reciben instrucciones sobre cómo disimular la autoría y poder escapar. Pero es difícil controlar un mecanismo de este tipo cuando se pone en marcha. Lo que debía ser una explosión controlada en un tren semivacío, se convierte en una serie de atentados en trenes atestados, fruto de la «creatividad» de los islamistas.

Lo que vino después es de sobra conocido, con el Gobierno actuando según el guión previsto. Pero no coló. Algo había fallado. Los islamistas olvidaron detalles esenciales. Extraviaron las tarjetas del Grupo Mondragón que debían dejar en la furgoneta; como sonaba parecido, se hicieron con un disco compacto de la Orquesta Mondragón. Para colmo, se olvidaron la cinta con los versículos del Corán que les servía para motivarse. Alguna mochila no estalló y proporcionó información comprometedora. ETA y Batasuna negaban cualquier implicación. Demasiados indicios para un Gobierno inmovilizado, sin capacidad de reacción ante una situación que no era la esperada y que rápidamente se torna contra él. La opinión pública, que ante el desastre se vuelve con naturalidad hacia la autoridad, se siente insultada con un engaño tan evidente. A pesar de todo, la inseguridad creada evita el hundimiento total y asegura al PP algunos votos que de otra forma hubiera perdido.

Es otra visión de las cosas, tan verosímil como la difundida por el PP. Con un poco de creatividad y los recursos de un grupo editorial como el de El Mundo, sería cosa de no mucho tiempo. Pero, como dice Proust, «pese a la idea que se hace el mentiroso, la verosimilitud no es del todo la verdad». Hay, no obstante, más alternativas. Siempre está el recurso a los extraterrestres. O a los fantasmas del Reina Sofía, quizá perturbados en su descanso por el ruido de los trenes. Pero esos son andurriales más propios de Iker Jiménez. De haber seguido gobernando el PP, hoy tendríamos, en lugar de la sentencia del 11-M, un Informe Warren a la española. Y no se olvide que buena parte del mundo sigue preguntándose quién mató a Kennedy.

(Una versión muy similar de este texto apareció en Diario de Noticias el 16 de septiembre de 2006. La publicación de la sentencia del 11-M y las reacciones de los dirigentes del PP hacen que siga vigente, por lo que me permito reproducirlo con ligeras modificaciones)

martes, 16 de octubre de 2007

Empleo precario: economía precaria, sociedad precaria

Más allá de las proclamas políticas, de la propaganda o de presentaciones interesadas —por no decir manipuladas— de datos, la crisis de la empresa Sysmo pone de manifiesto con crudeza la realidad en la que nos toca movernos, los rasgos de la política industrial (por llamarla de alguna manera) que se ha venido realizando y, lo que es más grave, el marasmo profesional, laboral y humano a que se condena a buena parte de la mano de obra y especialmente a los más jóvenes.

Así, estamos acostumbrados a que se exhiba la buena evolución económica de Navarra, cifras de paro que nos sitúan de hecho en el pleno empleo (masculino) o una posición destacada en energías renovables. Las magnitudes macroeconómicas, las grandes cifras, son necesarias para estudiar, diagnosticar y, en su caso, diseñar medidas de política económica. Pero no deben tomarse como indicadores absolutos porque no son más que un resumen y, en cuanto tal, esconden situaciones que pueden ser muy dispares (la injusticia de las medias). Es, pues, necesario rascar en esas cifras para ver qué es lo que realmente contienen o si, como a veces ocurre, no son más que artefactos vacíos.

También es verdad que se tiende a demonizar a Volkswagen como si fuera la causa de todos los males industriales de Navarra. El sistema productivo no funciona como un apacible intercambio de cromos en el patio de un colegio; se asemeja más a una jungla en la que todos los actores intentan apoderarse del mayor trozo de pastel posible, en forma de beneficios, salarios u otras rentas. En ausencia de mecanismos sociales equilibradores, el más fuerte se termina por imponer. Seguramente esta forma de operar es más evidente en la industria del automóvil y, en parte, lo ocurrido con Sysmo es buen ejemplo de ello. Hubo un tiempo en que trabajar en ese sector significaba salarios elevados y buenas condiciones laborales. Eso ya sólo es cierto para algunas empresas, entre las que no se cuentan ni el propio ensamblador ni la mayoría de las instaladas en el parque de proveedores de Volkswagen que, en esencia, son talleres de montaje final, sin actividad productiva. Pero la situación se generaliza. En muchas actividades industriales y, por supuesto, en el sector servicios, el empleo que se crea es, en general, de muy baja calidad y mal pagado. La precarización es un hecho.

El primer problema que se plantea es que los bajos salarios no son una fuente duradera de ventajas competitivas, máxime en la industria, donde el peso de aquéllos en el coste total es pequeña, por lo que para obtener reducciones significativas de costes es necesario rebajar los salarios de forma notable. Y la reducción de salarios lleva consigo una menor calidad del empleo. Las consecuencias no afectan sólo a los directamente implicados (quienes pasan indiferentes ante las pancartas y manifestaciones de los trabajadores de Sysmo deberían reflexionar sobre ello) sino a la economía en su conjunto, cuya vulnerabilidad aumenta al reducirse la calidad del tejido productivo y, por tanto, la exposición a la competencia de países y regiones que siempre podrán ofrecer salarios más bajos.

Así pues, reducirlo todo a simples consideraciones logísticas o salariales, reclamar por enésima vez la liberalización del mercado de trabajo o respuestas similares impiden llegar a la raíz del problema. Tampoco hay que confiar en novedosos remedios mágicos fruto de la inspiración de iluminados. Los remedios son bien conocidos y nada espectaculares: se trata de mejorar la calidad de la inversión y la mano de obra, así como el nivel tecnológico de la economía. Hasta el consejero Miranda lo ha reconocido al hablar de un «nuevo modelo económico»: nuevo, con veinte años de retraso.

Ello requiere dos tipos de políticas: la industrial y tecnológica, por un lado, y la educativa por otro. En Navarra no ha existido, al menos en la última década, una política industrial merecedora de tal denominación. Las tímidas e inconexas actuaciones al respecto han tenido dos ejes: la industria del automóvil y la energía eólica. En el primer caso, el dinamismo del sector genera por sí mismo inversiones e implantaciones nuevas (no todas de igual calidad), por lo que las medidas públicas, especialmente si, como ha ocurrido, no son selectivas, tienen escaso efecto, subvencionándose actividades que surgirían igualmente sin esas ayudas. En el segundo, la claridad de ideas quedó de manifiesto palmariamente con la venta de EHN, un error de largo alcance, por la renuncia a desarrollar un sector con grandes posibilidades de futuro a partir de una empresa de gran tamaño y, lo que es más importante, con centro de decisión en Navarra. Entre otros efectos negativos, el Gobierno de Navarra contribuyó así a agudizar uno de los mayores problemas de nuestra economía, cual es que las decisiones de los principales agentes se toman en otros lugares y dando prioridad a otros intereses.

La política tecnológica, por su parte, sólo puede calificarse de tímida, a remolque de las circunstancias y aplicando patrones estandarizados, como si todo consistiera en rellenar formularios. El último plan tecnológico aprobado (el tercero) ganó algo en ambición y la proximidad de las elecciones no fue seguramente ajena a ello. Pero, en conjunto, los planes aplicados se han propuesto objetivos modestos, con un enfoque exclusivamente de demanda y renunciando a hacer apuestas de futuro.

Por último, el sistema educativo viene sufriendo un deterioro fruto tanto del menor esfuerzo presupuestario como del adelgazamiento del sistema público, que deja un campo tan sensible social y económicamente como el de la formación profesional a la intemperie. Las perspectivas no son halagüeñas, si nos atenemos a lo anunciado por Sanz en el discurso de investidura.

En última instancia, se trata de decidir en qué lugar insertar nuestra economía: si compitiendo salarialmente con otras de nivel de desarrollo medio o bajo, o bien con las áreas más avanzadas, mediante la tecnología y el capital físico y humano. A pesar de pronunciamientos y declaraciones (el papel lo aguanta todo), los datos objetivos indican que, de seguir así las cosas, es más probable terminar en el primero.

(Diario de Noticias, 16 de octubre de 2007)